viernes, 28 de diciembre de 2012

Ojos de Clavo

Tú, que ya no recuerdas cuando te sentías como un Vincent Maloy, aunque en otros años, y algo huraño. Cuando mi pelo era más largo de lo que puedo recordar, mis esperanzas jóvenes, y las tristezas vacías. Cuando sólo me invadía la melancolía y podíamos compartirla, desde mundos separados, opuestos y lejanos.
Días en que yo intentaba analizar desde el intelecto (maldita filosofía) las crecaciones artísticas, y tú te empeñabas en emocionarte con Eduardo Manostijeras. No entendías que yo te hablase inspirada por bandas sonoras, ni yo que tú "salieras a hacer fotos", y que no soportaras la gente.
"Probablemente he hablado más contigo que con nadie, en meses" me decías desde tu mundo, y el mío se me caía encima. Tú que me enseñaste a creer en César Vallejo, en los cementerios, en la soledad compartida, en la belleza de la tristeza, en los hombres grises sin ambiciones, con infusiones de cardamomo, en Bukowski, en flores rotas, en Lost in Translation, y en Virginia Woolf .



jueves, 27 de diciembre de 2012

La Sonrisa de Karenin

Tolstoi decía: "Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera". Yo en cambio pienso que es justo al revés.

Tal vez Tolstoi pensó de verdad que esta frase podría dar consuelo a los más desgraciados, a los Nadie que se agolpan en sus casas, con sus trabajos, con sus mentiras, y los gritos nefastos, por, al menos, sentirse únicos, originales, incomprendidos, y diferentes.
Pero yo creo que Todas las familias desgraciadas se parecen, pero las felices lo son cada una a su manera. Y es que todos rendimos culto al miedo, y nos codeamos con la batalla y la tensión diarias. Ya decía Galeano, que los derechos humanos  tendrían que empezar por casa.
En cambio, nadie sabe ser feliz. Pero, cuando uno realmente desea serlo, inventa, crea y descubre mil maneras de llegar a ese tesoro escondido.

(La tuya, tiene una casa de árbol, con ardillas. Tu felicidad es color celeste, llena de tragedias que se acaban, de juegos de guerra en la selva, y canciones compuestas por ti)


(Fuentes: Ana Karenina, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, la elegancia del Erizo de Muriel Barbery, extracto de Mujeres de Eduardo Galeano, No me acostumbro de El último de la fila, algunas canciones de Templeton)

Las Cuatro Fuentes de la Crisálida


Desde los lugares plácidos, las noches parecían oscuras, las calles desoladas, las miradas vacías. Allí comencé, cada día, a escuchar la serenata diurna, que al principio era un amargo (y largo) lamento, de años perdidos, de vidas soñadas, que agonizaban por no poder pasarlas a tu lado, de nuestro lado, y de todos los lados, con los espejos que sólo deseaban romperse, hacerse añicos, o reflejarte a ti, cualquier cosa, mientras me dejasen tranquila a mí. La rosa con su olor a cuestas, 'el recuerdo conmigo, y yo con nadie'.
Desde ese lugar plácido, desde el que un día decidí levantarme, con mi propio peso, por mi propio paso, con todas las voces que dormían conmigo, en mi seno, calladitas desde el principio de los tiempos.  Con toda la congoja, el desconsuelo, habiendo acabado una etapa, como una crisálida escondida, que tiene pánico a su metamorfosis, y vértigo a encontrarse con su su figura exultante de alas ante el espejo. ¿Y qué si tengo miedo? ¿y qué si no puedo aceptar lo que hay dentro? si siempre hay un mañana, y puedo acariciar mi herida, luego.
Ahora que sé que el Intelecto va por un lado. -Yo que quería saber, aunque duela, saber desde el dolor, en este mundo que agoniza-. Y es que el Deseo y el Corazón, viajan sin boleto, y cada uno por su lado. Pero no lo sabía, y el intelecto dolía, el deseo quemaba, el corazón gemía. Menos el Cuerpo, que aunque envejezca, se me alía, me acompaña, casi nunca me falla, que no se queja demasiado, que me acaricia cuando estoy triste, que me abraza cuando deseo estar dentro, y me apoya si quiero estar fuera.
Ahora, que no me peleo con mis cuatro fuentes, que le tiendo la mano al intelecto,  le doy las gracias al cuerpo, alimento al corazón y le doy alas al deseo, huérfano de padre, -no voy a permitirle que taladre-, y que no soy esclava de ninguno.
Desde la dimisión ante la evidencia necesaria de que tengo que luchar, no por ti, ni por pelearme con una pared infranqueable, sino por esa frase que leí, que era para mí, hace quince años:  'ojalá, todo lo que llevas dentro, lo puedas sacar'. Ahora que tus ojos me inspiran, que son un canal donde los sueños cobran vida, donde me transporto, y te transporto, cuando me dejo, cuando te dejas, hacia el lugar en que la belleza recorre cada hueco, donde la risa se vuelve sincera, sin máscara.
Desde esos lugares plácidos, que recién habito, cuando miro al fondo de tus ojos claros. Donde la esfinge ya no da miedo, donde aprendo cada día algo nuevo.
En este invierno, en que ya no temo quedarme en mi guarida, construida con mis dedos.


Fuentes: largo lamento de Pedro Salinas, Rayuela de Cortázar, un poema anónimo (va ya la rosa con su olos a cuestas...) , El silencio de los corderos, Galeano, Benedetti, Sabina, Mercedes Sosa, Michael Ende, y ante todo, la huella de Jodorowsky y las viejas palabras de Asia León

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Máscaras

Y dar gracias a la vida (...que me ha dado tanto) por leer en tus expresiones, por escuchar lo que no dices, sentir lo que me ocultas, y ver tan claro lo que es tan grande.
Lo que nos perdemos entre danzas de marionetas, de vidas con disfraces, de bosques de abedules, que nos impiden ver cada árbol con toda su singularidad.
Lo que nos gusta nuestra careta, y aferrarnos a lo que no nos identifica.
Si aceptáramos que lo que ocultamos es lo más grande que tenemos.
Si en vez de elegir el miedo, la maza, el consuelo, agachar la cabeza, la frente marchita, si en vez de eso te mostraras, me mostrara, yo no tendría que quedarme sin fuerzas y tú no tendrías que echarme de menos, yo podría conocerte de verdad y tú sentirías mi mano recorrerte entre risas, llantos, la dulzura de los arrecifes, de las caricias, dedicadas a eso que escondes,  que me reprochas, y que te inhibes.

(Fuentes: Gracias a la vida de Mercedes Sosa, el árbol de la ciencia Pío Baroja, la maza de Silvio Rodríguez, utopías de infancia, y la incomunicación)

martes, 25 de diciembre de 2012

La Melancólica Muerte de Rocamadour

La arena, el asfalto, las conchas, las nubes negras. los pasos que se alejan, las voces que se apagan, las farolas que se funden. Los chicos Ostra, que se han querido morir, en la soledad de las aceras, junto a los charcos. Esos niños que no entienden nada de lo que pasa, pero piensan que tienen la culpa de todo, y se encierran en su propio abismo, de ogros que aúllan, de polvo, heridas, y escaleras de caracol. Los solitarios que no necesitan zapatos, pero tal vez sí un hueco para dormir. Y sólo esperan que el tiempo pase, que los mayores les perdonen por sufrir, por soñar, por querer permanecer en ese refugio de soledad donde no hay lucha ni competición, donde sólo hay lugar para la imaginación, los colores y los grises, las hojas cayendo de los árboles, las noches estrelladas. Donde uno puede rebelarse contra el destino de Carlo, y arroparlo debajo del mar, junto a Rocamadour..
(Fuentes: Heráclito, Charles Bukowski, Noche Estrellada de Van Gogh)

"Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa...Porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin, y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, y te quiero tanto, Rocamadour, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete..." (Rayuela, capítulo 68)


lunes, 24 de diciembre de 2012

Invierno y Primavera

Todos llegamos al mundo por alguna razón.
Aunque también puede que desde las alturas haya un Dios ebrio, carente de empatía y lleno de sentido del humor, satisfecho de que seamos marionetas con las que pasar las horas entretenido, sin tener que plantearse qué debería hacer ahora, con el mundo y con nosotros, una vez que nos ha creado, y que le seguimos mirando desde abajo, entre dudas e interrogaciones, esperando que nos diga cuál es el siguiente paso, ahora que vivimos cómodos y está todo prácticamene inventado.
Algunas personas, la mayoría, llegan sin preguntar mucho, hacen lo que creen que tienen que hacer, y se van. Sin hacer ruido, sin molestar. Otras vienen encolerizadas, rompiéndolo todo a su paso, convirtiendo la belleza en ruinas, y culpando a otros por su comportamiento.
Hay muchas maneras de cambiar el mundo.  Los hay que tienen paciencia. Los hay que no pudieron esperar, y enfermaron de tristeza. Otros, sencillamente, no saben a lo que han venido. Y de esos, algunos están preocupados por descubrirlo, y otros no. Los que no están preocupados, viven en el mundo del ajetreo, del movimiento. Los que quieren saber, son los favoritos del Dios ebrio. Esos son los que más le divierten. Y de ahí salió la que conocemos como Primavera.
Y luego, están los que viven con prisa, aunque llegaron tarde. Son viejos porque no dejan un segundo de espacio, porque a todo momento están maquinando, pero son jóvenes, porque están muy vivos, entusiasmados con la vida y todo el frente y abismo de posibilidades, aunque se apartan del resto. Y viven como lobos esteparios. El Invierno pertenece a este grupo.
La Primavera, en cambio, nació despacio, serena, tranquila, tiene tanto que vivir aún, que es como si siempe se estuviese reservando para lo nuevo que llegará, y por eso parece eternamente joven.
El Dios ebrio se frota las manos cuando dos seres como estos, se juntan. Pues ¿Cómo pueden converger, el Invierno, que mora en las cavernas, que inventó el ukelele, que hace revivir las lenguas muertas, las costumbres antiguas, los atuendos raídos, las elegantes maneras, los países de sabios? ¿Cómo puede el Invierno prendarse por la Primavera, apacible, que nace, pace y muere en el mismo estado, en el mismo sitio, con cara joven aunque de edad avanzada? y mientras el ser de las cavernas heladas ha dado cincuenta pasos, el ser de primavera florecida ha dado cinco, y a veces, ni eso. La Primavera vive enojada consigo misma, porque siempre está fuera de la caverna, y cuando vuelve, ve que lo ha descuidado todo, y se pone a llorar. Y echa de menos lo que ha dejado en el exterior. No entiende que fuera haga sol, que la vida sea preciosa, maravillosa, pero que con eso no baste. Hay que crear algo, ser Primavera no es bastante. No es suficiente la alegría, la belleza, el sol, el lobo estepario.... Y el Dios ebrio se divierte.
Y Primavera se frustra. Se rebela contra ese destino. Ella que no entiende, que no sabe lo que tiene que hacer ahora, y no le importaría morar en el frío. Mientras que el Invierno ve tan diáfano el futuro, porque el frío aclara las ideas del corazón. En cambio la Primavera siempre anda en las nubes, embriagada del pólen de las flores, siguiendo el vuelo de las avejas... y el Invierno se había enamorado de este dejarse mirar, por eso no abandonaba a la Primavera, ella que quería ser verano cuando clamaba por estar cerca de él, porque pensaba que así el frío se notaría menos.
El frío había nacido con entusiasmo, joven y viejo, queriendo hacer figuras con su hielo. Y ella, primavera, que se ponía a jugar y luego no quedaba nada, porque era intempestiva, y a veces llovía y el agua se llevaba todas sus ideas.
Cuando el invierno llegó a consolarla, la primavera se lanzó al vacío, sin pensar. Claro que sí, mi amor, iré donde tú me digas. Sus amigas, las flores, le decían que no le hiciera caso, que ellas eran expertas y sabían que el invierno es traicionero, que al principio es suave y soleado, pero luego se vuelve duro, y entonces te da escalofríos. Te acurrucas y te abrazas a tus rodillas, pero ese frío ya no se va, y te deja helado el corazón. Primavera se encerraba a llorar en su cuarto, porque Invierno la abandonaba cada dos días, y ella siempre temía que no volviera nunca. Se había acostumbrado a esa risa gélida, a ese ukelele con cuerdas de vaho. Pero el Invierno estaba tan entusiasmado con la vida, tenía tanto por hacer, y estaba tan seguro de que siempre estaría con Primavera, y que ambos tendrían Otoños y Veranos después... Pero ella estaba desconsolada, se había vuelto gris, vivía despacio y no entendía que el ritmo del sol y la tierra fuesen distintos.
Hasta que un día, ella lo entendió todo, y dejó de llorar. Era uno de esos días en los que Invierno la llamaba para decirle que la quería y que siempre estarían juntos, después de haber desaparecido unos días, cuando ella había perdido toda esperanza. Y entonces lo vio: ella estaba hecha de luz, de calor, por eso Invierno no había podido resistirse. Porque la primavera es de donde las plantas florecen y los galanes de noche encuentran su morada, donde la esencia vive y se hace perfume. El olor a frescas montañas, a ríos tranquilos donde el Invierno se baña cuando está de vacaciones.

(Fuentes: Cuadernos de viaje de Heinrich Heine, reflexiones de Cicerón, el pantano de la tristeza de Michael Ende,  Kierkegaard y el abismo que da vértigo, Herman Hesse)

martes, 11 de diciembre de 2012

Eli(s)a Cuddy



- Sentirte culpable es perverso y te hace ser mala médica... pero, está bien, para ser directora. ¿El mundo mejoraría si todos nos sintiéramos culpables? el sexo mejora... Sé que esto no fue sólo por tu tejado. Cuddy, tú ves el mundo como es, y, además, como podría ser. Lo que no ves, es lo que ven los demás. El gigantesco abismo que hay en medio. No eres feliz si algo va mal, lo que significa dos cosas: que eres una buena jefa... y que nunca serás feliz.

- ¿No será que tal vez ahora tenga demasiado futuro? no te atraía que estuviese dispuesto a morir por una causa,  te atraía, que, en efecto, se moría por la causa..
- Cierto, así de simple
 -¿Eso era simple?
-Le pongo una etiqueta y me guío por eso.
- Todo el mundo lo hace. Somos lo que creen que somos. La realidad es irrelevante.




domingo, 9 de diciembre de 2012

Un jardín en el Mar

Érase una vez una princesa solitaria, una princesa que vivía en un castillo oscuro, triste, empantanado. Los días de la princesa pasaban sin saber exactamente cómo, encerrada, pensativa, rodeada de un silencio absoluto. Y el tiempo se escurría entre sus dedos.
A veces, algunos reyes venían a visitarla. Pero ella nunca quería ver a nadie. La tristeza del pantano había inundado su corazón. .
Pero, un día, se coló un duende en la corte. Un duende que venía de muy lejos de allí, un duende que vivía entre los setos más lejanos y florecidos. Pero, a diferencia de la princesa, éste era un duende feliz, lleno de lontananza y de entusiasmo por vivir.
El duende no buscaba a la princesa, él vivía para hacer reír a los demás, y para ello había aprendido cinco idiomas: élfico, alemán, princesil, cortesal y portugués. Era un duende entrañable, muy divertido. Pero tenía una máscara que ocultaba su verdadero rostro. El duende, como la princesa, también tenía algo que quería ocultar. Y es que le resultaba cansado tener que estar siempre feliz para los demás, y, de vez en cuando, también tenía ganas de llorar.
La princesa vivía entre libros y canciones, pero no le quedaban fuerzas, y las lágrimas habían acabado con el brillo de sus ojos. Y así se encontraba, llorando en un rincón, cuando el duende la descubrió. Le dijo:
-Pero, princesa, ¿por qué lloras?
Y, justo en ese instante, una ardilla pasó entre los dos, de tal suerte que asustó a la princesa, que se levantó de un salto. Pero esta inquieta ardilla ni había reparado en la princesa, y se quedó allí, parada, porque se había prendado de los encantos del duende, lo cual divirtió mucho a la princesa, que volvía a reír, entusiasmada, tras años de total apatía hacia el mundo y su devenir. Los dos empezaron a hablar a causa de esta traviesa ardilla que se había cruzado entre ambos.
Hablaron hasta que se hizo de día. La princesa comenzaba a recordar cosas de cuando aún se sentía viva, alegre y feliz. Le contó al duende cuánto le gustaban las ardillas, cómo ella siempre había soñado con convertirse en una, y así poder vivir entre las ramas, y hacerse un escondrijo dentro de un árbol. O ser un pez, y vivir escondida en un barco fruto de un naufragio. También le contó que cuando era pequeña había soñado con poder volar.
Y el duende, a su vez, le contó cómo una vez estuvo enamorado de una ardilla, y que por eso no le gustaba que se le acercara ninguna, y, desde entonces, ya no creía en el amor.
Así pasaban las horas. "Baila una vez más para mí, por favor" le decía la princesa, cuando el duende anunciaba su retirada.
El duende, atrapado dentro del castillo, iba a visitar a la princesa todas las noches. Los dos cobraban vida cuando se encontraban cerca. Un día de entre los días, el duende le dijo:
- Pero,  princesa... ¿qué me está pasando?
Y es que, lo que el duende no podía imaginar, es que se estaba enamorando.
- Princesa, tú y yo tenemos que casarnos... Yo me voy a enamorar de ti. Voy a escribirte un poema... y mañana volveré, y lo leeré para ti.
Dicho esto, el duende desapareció.
La princesa, cuyos ojos aún seguían apagados, no creyó nada de lo que el duende le había dicho. Pensó que en el fondo era un duende que siempre estaba actuando, que vivía de eso, y que era la  manera en que conquistaba los corazones de la gente y se ganaba la vida.
Pero había algo que le pasaba al duende y que la princesa aún no había sido capaz de percibir.
Cuando los dos se encontraban juntos, se encendía una luz en los ojos del duende, que venía desde la Luna, y su máscara se derretía ante la voz de ella.
Como si aquella ardilla que se cruzó la primera vez que la vio, hubiese conjurado un hechizo. Y con ella se quitaba ese manto de ficción, y le decía la verdad.
La princesa, que seguía en su pantano de cieno y tristeza, pensaba que el duende ya no volvería a visitarla, que no tendría un poema que regalarle, porque le había mentido. Pasaron los días, y, efectivamente, el duende no aparecía.
Pero, un día, volvió. Repitiendo las mismas palabras de la última vez que estuvo con ella:
-Princesa, yo me tengo que enamorar de ti. Nosotros nos vamos a casar.
La princesa empezó a reír, incrédula pero divertida ante la insistencia del duende.
- Es tan triste, princesa, que no me creas... Voy a llevarte lejos de este castillo de tristeza, a las alturas de mi montaña, a los setos de mi morada. Princesa, tú y yo vamos a casarnos. Voy a construir una casa de árbol para ti. Para nosotros.
Ella no quería ni podía creer nada. Pero, un día, poco a poco, se fue imaginando la vida que él le proponía, y su corazón comenzó a tener ilusión de nuevo. Y le llamó, desde las alturas de su castillo.
-Duende, llévame contigo...
Y esto le hizo el duende más feliz de su reino. Saltó y cantó de felicidad ante la petición de la princesa, los dos lloraron de la emoción.
La princesa volvía a creer en el amor. Estaba dispuesta a volar, a enamorarse, a irse lejos, a vivir, a su lado.
Pero, entonces... como si le hubiese contagiado los miedos...
El duende desapareció. Ahora era él el que no quería, el que no confiaba, el que se encontraba dentro del pantano de la tristeza.
Ahora eran los ojos de la princesa los que echaban fuego de pasión, de ganas, de valor, de voluntad, de anhelo. Y ahora era ella la que tenía que convencer al duende de que sí, de que era lo mejor, de que habían nacido para perseguir ardillas, para construir casas en el cielo y jardines en el mar.

(Fuentes: Neverending story y Momo, de Michael Ende, Tiempo y Silencio, Gabriel Muñoz, Maldita Dulzura de Vetusta Morla, el enano y la princesa de Oscar Wilde)