viernes, 28 de diciembre de 2012

Ojos de Clavo

Tú, que ya no recuerdas cuando te sentías como un Vincent Maloy, aunque en otros años, y algo huraño. Cuando mi pelo era más largo de lo que puedo recordar, mis esperanzas jóvenes, y las tristezas vacías. Cuando sólo me invadía la melancolía y podíamos compartirla, desde mundos separados, opuestos y lejanos.
Días en que yo intentaba analizar desde el intelecto (maldita filosofía) las crecaciones artísticas, y tú te empeñabas en emocionarte con Eduardo Manostijeras. No entendías que yo te hablase inspirada por bandas sonoras, ni yo que tú "salieras a hacer fotos", y que no soportaras la gente.
"Probablemente he hablado más contigo que con nadie, en meses" me decías desde tu mundo, y el mío se me caía encima. Tú que me enseñaste a creer en César Vallejo, en los cementerios, en la soledad compartida, en la belleza de la tristeza, en los hombres grises sin ambiciones, con infusiones de cardamomo, en Bukowski, en flores rotas, en Lost in Translation, y en Virginia Woolf .



jueves, 27 de diciembre de 2012

La Sonrisa de Karenin

Tolstoi decía: "Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera". Yo en cambio pienso que es justo al revés.

Tal vez Tolstoi pensó de verdad que esta frase podría dar consuelo a los más desgraciados, a los Nadie que se agolpan en sus casas, con sus trabajos, con sus mentiras, y los gritos nefastos, por, al menos, sentirse únicos, originales, incomprendidos, y diferentes.
Pero yo creo que Todas las familias desgraciadas se parecen, pero las felices lo son cada una a su manera. Y es que todos rendimos culto al miedo, y nos codeamos con la batalla y la tensión diarias. Ya decía Galeano, que los derechos humanos  tendrían que empezar por casa.
En cambio, nadie sabe ser feliz. Pero, cuando uno realmente desea serlo, inventa, crea y descubre mil maneras de llegar a ese tesoro escondido.

(La tuya, tiene una casa de árbol, con ardillas. Tu felicidad es color celeste, llena de tragedias que se acaban, de juegos de guerra en la selva, y canciones compuestas por ti)


(Fuentes: Ana Karenina, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, la elegancia del Erizo de Muriel Barbery, extracto de Mujeres de Eduardo Galeano, No me acostumbro de El último de la fila, algunas canciones de Templeton)

Las Cuatro Fuentes de la Crisálida


Desde los lugares plácidos, las noches parecían oscuras, las calles desoladas, las miradas vacías. Allí comencé, cada día, a escuchar la serenata diurna, que al principio era un amargo (y largo) lamento, de años perdidos, de vidas soñadas, que agonizaban por no poder pasarlas a tu lado, de nuestro lado, y de todos los lados, con los espejos que sólo deseaban romperse, hacerse añicos, o reflejarte a ti, cualquier cosa, mientras me dejasen tranquila a mí. La rosa con su olor a cuestas, 'el recuerdo conmigo, y yo con nadie'.
Desde ese lugar plácido, desde el que un día decidí levantarme, con mi propio peso, por mi propio paso, con todas las voces que dormían conmigo, en mi seno, calladitas desde el principio de los tiempos.  Con toda la congoja, el desconsuelo, habiendo acabado una etapa, como una crisálida escondida, que tiene pánico a su metamorfosis, y vértigo a encontrarse con su su figura exultante de alas ante el espejo. ¿Y qué si tengo miedo? ¿y qué si no puedo aceptar lo que hay dentro? si siempre hay un mañana, y puedo acariciar mi herida, luego.
Ahora que sé que el Intelecto va por un lado. -Yo que quería saber, aunque duela, saber desde el dolor, en este mundo que agoniza-. Y es que el Deseo y el Corazón, viajan sin boleto, y cada uno por su lado. Pero no lo sabía, y el intelecto dolía, el deseo quemaba, el corazón gemía. Menos el Cuerpo, que aunque envejezca, se me alía, me acompaña, casi nunca me falla, que no se queja demasiado, que me acaricia cuando estoy triste, que me abraza cuando deseo estar dentro, y me apoya si quiero estar fuera.
Ahora, que no me peleo con mis cuatro fuentes, que le tiendo la mano al intelecto,  le doy las gracias al cuerpo, alimento al corazón y le doy alas al deseo, huérfano de padre, -no voy a permitirle que taladre-, y que no soy esclava de ninguno.
Desde la dimisión ante la evidencia necesaria de que tengo que luchar, no por ti, ni por pelearme con una pared infranqueable, sino por esa frase que leí, que era para mí, hace quince años:  'ojalá, todo lo que llevas dentro, lo puedas sacar'. Ahora que tus ojos me inspiran, que son un canal donde los sueños cobran vida, donde me transporto, y te transporto, cuando me dejo, cuando te dejas, hacia el lugar en que la belleza recorre cada hueco, donde la risa se vuelve sincera, sin máscara.
Desde esos lugares plácidos, que recién habito, cuando miro al fondo de tus ojos claros. Donde la esfinge ya no da miedo, donde aprendo cada día algo nuevo.
En este invierno, en que ya no temo quedarme en mi guarida, construida con mis dedos.


Fuentes: largo lamento de Pedro Salinas, Rayuela de Cortázar, un poema anónimo (va ya la rosa con su olos a cuestas...) , El silencio de los corderos, Galeano, Benedetti, Sabina, Mercedes Sosa, Michael Ende, y ante todo, la huella de Jodorowsky y las viejas palabras de Asia León

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Máscaras

Y dar gracias a la vida (...que me ha dado tanto) por leer en tus expresiones, por escuchar lo que no dices, sentir lo que me ocultas, y ver tan claro lo que es tan grande.
Lo que nos perdemos entre danzas de marionetas, de vidas con disfraces, de bosques de abedules, que nos impiden ver cada árbol con toda su singularidad.
Lo que nos gusta nuestra careta, y aferrarnos a lo que no nos identifica.
Si aceptáramos que lo que ocultamos es lo más grande que tenemos.
Si en vez de elegir el miedo, la maza, el consuelo, agachar la cabeza, la frente marchita, si en vez de eso te mostraras, me mostrara, yo no tendría que quedarme sin fuerzas y tú no tendrías que echarme de menos, yo podría conocerte de verdad y tú sentirías mi mano recorrerte entre risas, llantos, la dulzura de los arrecifes, de las caricias, dedicadas a eso que escondes,  que me reprochas, y que te inhibes.

(Fuentes: Gracias a la vida de Mercedes Sosa, el árbol de la ciencia Pío Baroja, la maza de Silvio Rodríguez, utopías de infancia, y la incomunicación)

martes, 25 de diciembre de 2012

La Melancólica Muerte de Rocamadour

La arena, el asfalto, las conchas, las nubes negras. los pasos que se alejan, las voces que se apagan, las farolas que se funden. Los chicos Ostra, que se han querido morir, en la soledad de las aceras, junto a los charcos. Esos niños que no entienden nada de lo que pasa, pero piensan que tienen la culpa de todo, y se encierran en su propio abismo, de ogros que aúllan, de polvo, heridas, y escaleras de caracol. Los solitarios que no necesitan zapatos, pero tal vez sí un hueco para dormir. Y sólo esperan que el tiempo pase, que los mayores les perdonen por sufrir, por soñar, por querer permanecer en ese refugio de soledad donde no hay lucha ni competición, donde sólo hay lugar para la imaginación, los colores y los grises, las hojas cayendo de los árboles, las noches estrelladas. Donde uno puede rebelarse contra el destino de Carlo, y arroparlo debajo del mar, junto a Rocamadour..
(Fuentes: Heráclito, Charles Bukowski, Noche Estrellada de Van Gogh)

"Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa...Porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin, y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, y te quiero tanto, Rocamadour, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete..." (Rayuela, capítulo 68)


lunes, 24 de diciembre de 2012

Invierno y Primavera

Todos llegamos al mundo por alguna razón.
Aunque también puede que desde las alturas haya un Dios ebrio, carente de empatía y lleno de sentido del humor, satisfecho de que seamos marionetas con las que pasar las horas entretenido, sin tener que plantearse qué debería hacer ahora, con el mundo y con nosotros, una vez que nos ha creado, y que le seguimos mirando desde abajo, entre dudas e interrogaciones, esperando que nos diga cuál es el siguiente paso, ahora que vivimos cómodos y está todo prácticamene inventado.
Algunas personas, la mayoría, llegan sin preguntar mucho, hacen lo que creen que tienen que hacer, y se van. Sin hacer ruido, sin molestar. Otras vienen encolerizadas, rompiéndolo todo a su paso, convirtiendo la belleza en ruinas, y culpando a otros por su comportamiento.
Hay muchas maneras de cambiar el mundo.  Los hay que tienen paciencia. Los hay que no pudieron esperar, y enfermaron de tristeza. Otros, sencillamente, no saben a lo que han venido. Y de esos, algunos están preocupados por descubrirlo, y otros no. Los que no están preocupados, viven en el mundo del ajetreo, del movimiento. Los que quieren saber, son los favoritos del Dios ebrio. Esos son los que más le divierten. Y de ahí salió la que conocemos como Primavera.
Y luego, están los que viven con prisa, aunque llegaron tarde. Son viejos porque no dejan un segundo de espacio, porque a todo momento están maquinando, pero son jóvenes, porque están muy vivos, entusiasmados con la vida y todo el frente y abismo de posibilidades, aunque se apartan del resto. Y viven como lobos esteparios. El Invierno pertenece a este grupo.
La Primavera, en cambio, nació despacio, serena, tranquila, tiene tanto que vivir aún, que es como si siempe se estuviese reservando para lo nuevo que llegará, y por eso parece eternamente joven.
El Dios ebrio se frota las manos cuando dos seres como estos, se juntan. Pues ¿Cómo pueden converger, el Invierno, que mora en las cavernas, que inventó el ukelele, que hace revivir las lenguas muertas, las costumbres antiguas, los atuendos raídos, las elegantes maneras, los países de sabios? ¿Cómo puede el Invierno prendarse por la Primavera, apacible, que nace, pace y muere en el mismo estado, en el mismo sitio, con cara joven aunque de edad avanzada? y mientras el ser de las cavernas heladas ha dado cincuenta pasos, el ser de primavera florecida ha dado cinco, y a veces, ni eso. La Primavera vive enojada consigo misma, porque siempre está fuera de la caverna, y cuando vuelve, ve que lo ha descuidado todo, y se pone a llorar. Y echa de menos lo que ha dejado en el exterior. No entiende que fuera haga sol, que la vida sea preciosa, maravillosa, pero que con eso no baste. Hay que crear algo, ser Primavera no es bastante. No es suficiente la alegría, la belleza, el sol, el lobo estepario.... Y el Dios ebrio se divierte.
Y Primavera se frustra. Se rebela contra ese destino. Ella que no entiende, que no sabe lo que tiene que hacer ahora, y no le importaría morar en el frío. Mientras que el Invierno ve tan diáfano el futuro, porque el frío aclara las ideas del corazón. En cambio la Primavera siempre anda en las nubes, embriagada del pólen de las flores, siguiendo el vuelo de las avejas... y el Invierno se había enamorado de este dejarse mirar, por eso no abandonaba a la Primavera, ella que quería ser verano cuando clamaba por estar cerca de él, porque pensaba que así el frío se notaría menos.
El frío había nacido con entusiasmo, joven y viejo, queriendo hacer figuras con su hielo. Y ella, primavera, que se ponía a jugar y luego no quedaba nada, porque era intempestiva, y a veces llovía y el agua se llevaba todas sus ideas.
Cuando el invierno llegó a consolarla, la primavera se lanzó al vacío, sin pensar. Claro que sí, mi amor, iré donde tú me digas. Sus amigas, las flores, le decían que no le hiciera caso, que ellas eran expertas y sabían que el invierno es traicionero, que al principio es suave y soleado, pero luego se vuelve duro, y entonces te da escalofríos. Te acurrucas y te abrazas a tus rodillas, pero ese frío ya no se va, y te deja helado el corazón. Primavera se encerraba a llorar en su cuarto, porque Invierno la abandonaba cada dos días, y ella siempre temía que no volviera nunca. Se había acostumbrado a esa risa gélida, a ese ukelele con cuerdas de vaho. Pero el Invierno estaba tan entusiasmado con la vida, tenía tanto por hacer, y estaba tan seguro de que siempre estaría con Primavera, y que ambos tendrían Otoños y Veranos después... Pero ella estaba desconsolada, se había vuelto gris, vivía despacio y no entendía que el ritmo del sol y la tierra fuesen distintos.
Hasta que un día, ella lo entendió todo, y dejó de llorar. Era uno de esos días en los que Invierno la llamaba para decirle que la quería y que siempre estarían juntos, después de haber desaparecido unos días, cuando ella había perdido toda esperanza. Y entonces lo vio: ella estaba hecha de luz, de calor, por eso Invierno no había podido resistirse. Porque la primavera es de donde las plantas florecen y los galanes de noche encuentran su morada, donde la esencia vive y se hace perfume. El olor a frescas montañas, a ríos tranquilos donde el Invierno se baña cuando está de vacaciones.

(Fuentes: Cuadernos de viaje de Heinrich Heine, reflexiones de Cicerón, el pantano de la tristeza de Michael Ende,  Kierkegaard y el abismo que da vértigo, Herman Hesse)

martes, 11 de diciembre de 2012

Eli(s)a Cuddy



- Sentirte culpable es perverso y te hace ser mala médica... pero, está bien, para ser directora. ¿El mundo mejoraría si todos nos sintiéramos culpables? el sexo mejora... Sé que esto no fue sólo por tu tejado. Cuddy, tú ves el mundo como es, y, además, como podría ser. Lo que no ves, es lo que ven los demás. El gigantesco abismo que hay en medio. No eres feliz si algo va mal, lo que significa dos cosas: que eres una buena jefa... y que nunca serás feliz.

- ¿No será que tal vez ahora tenga demasiado futuro? no te atraía que estuviese dispuesto a morir por una causa,  te atraía, que, en efecto, se moría por la causa..
- Cierto, así de simple
 -¿Eso era simple?
-Le pongo una etiqueta y me guío por eso.
- Todo el mundo lo hace. Somos lo que creen que somos. La realidad es irrelevante.




domingo, 9 de diciembre de 2012

Un jardín en el Mar

Érase una vez una princesa solitaria, una princesa que vivía en un castillo oscuro, triste, empantanado. Los días de la princesa pasaban sin saber exactamente cómo, encerrada, pensativa, rodeada de un silencio absoluto. Y el tiempo se escurría entre sus dedos.
A veces, algunos reyes venían a visitarla. Pero ella nunca quería ver a nadie. La tristeza del pantano había inundado su corazón. .
Pero, un día, se coló un duende en la corte. Un duende que venía de muy lejos de allí, un duende que vivía entre los setos más lejanos y florecidos. Pero, a diferencia de la princesa, éste era un duende feliz, lleno de lontananza y de entusiasmo por vivir.
El duende no buscaba a la princesa, él vivía para hacer reír a los demás, y para ello había aprendido cinco idiomas: élfico, alemán, princesil, cortesal y portugués. Era un duende entrañable, muy divertido. Pero tenía una máscara que ocultaba su verdadero rostro. El duende, como la princesa, también tenía algo que quería ocultar. Y es que le resultaba cansado tener que estar siempre feliz para los demás, y, de vez en cuando, también tenía ganas de llorar.
La princesa vivía entre libros y canciones, pero no le quedaban fuerzas, y las lágrimas habían acabado con el brillo de sus ojos. Y así se encontraba, llorando en un rincón, cuando el duende la descubrió. Le dijo:
-Pero, princesa, ¿por qué lloras?
Y, justo en ese instante, una ardilla pasó entre los dos, de tal suerte que asustó a la princesa, que se levantó de un salto. Pero esta inquieta ardilla ni había reparado en la princesa, y se quedó allí, parada, porque se había prendado de los encantos del duende, lo cual divirtió mucho a la princesa, que volvía a reír, entusiasmada, tras años de total apatía hacia el mundo y su devenir. Los dos empezaron a hablar a causa de esta traviesa ardilla que se había cruzado entre ambos.
Hablaron hasta que se hizo de día. La princesa comenzaba a recordar cosas de cuando aún se sentía viva, alegre y feliz. Le contó al duende cuánto le gustaban las ardillas, cómo ella siempre había soñado con convertirse en una, y así poder vivir entre las ramas, y hacerse un escondrijo dentro de un árbol. O ser un pez, y vivir escondida en un barco fruto de un naufragio. También le contó que cuando era pequeña había soñado con poder volar.
Y el duende, a su vez, le contó cómo una vez estuvo enamorado de una ardilla, y que por eso no le gustaba que se le acercara ninguna, y, desde entonces, ya no creía en el amor.
Así pasaban las horas. "Baila una vez más para mí, por favor" le decía la princesa, cuando el duende anunciaba su retirada.
El duende, atrapado dentro del castillo, iba a visitar a la princesa todas las noches. Los dos cobraban vida cuando se encontraban cerca. Un día de entre los días, el duende le dijo:
- Pero,  princesa... ¿qué me está pasando?
Y es que, lo que el duende no podía imaginar, es que se estaba enamorando.
- Princesa, tú y yo tenemos que casarnos... Yo me voy a enamorar de ti. Voy a escribirte un poema... y mañana volveré, y lo leeré para ti.
Dicho esto, el duende desapareció.
La princesa, cuyos ojos aún seguían apagados, no creyó nada de lo que el duende le había dicho. Pensó que en el fondo era un duende que siempre estaba actuando, que vivía de eso, y que era la  manera en que conquistaba los corazones de la gente y se ganaba la vida.
Pero había algo que le pasaba al duende y que la princesa aún no había sido capaz de percibir.
Cuando los dos se encontraban juntos, se encendía una luz en los ojos del duende, que venía desde la Luna, y su máscara se derretía ante la voz de ella.
Como si aquella ardilla que se cruzó la primera vez que la vio, hubiese conjurado un hechizo. Y con ella se quitaba ese manto de ficción, y le decía la verdad.
La princesa, que seguía en su pantano de cieno y tristeza, pensaba que el duende ya no volvería a visitarla, que no tendría un poema que regalarle, porque le había mentido. Pasaron los días, y, efectivamente, el duende no aparecía.
Pero, un día, volvió. Repitiendo las mismas palabras de la última vez que estuvo con ella:
-Princesa, yo me tengo que enamorar de ti. Nosotros nos vamos a casar.
La princesa empezó a reír, incrédula pero divertida ante la insistencia del duende.
- Es tan triste, princesa, que no me creas... Voy a llevarte lejos de este castillo de tristeza, a las alturas de mi montaña, a los setos de mi morada. Princesa, tú y yo vamos a casarnos. Voy a construir una casa de árbol para ti. Para nosotros.
Ella no quería ni podía creer nada. Pero, un día, poco a poco, se fue imaginando la vida que él le proponía, y su corazón comenzó a tener ilusión de nuevo. Y le llamó, desde las alturas de su castillo.
-Duende, llévame contigo...
Y esto le hizo el duende más feliz de su reino. Saltó y cantó de felicidad ante la petición de la princesa, los dos lloraron de la emoción.
La princesa volvía a creer en el amor. Estaba dispuesta a volar, a enamorarse, a irse lejos, a vivir, a su lado.
Pero, entonces... como si le hubiese contagiado los miedos...
El duende desapareció. Ahora era él el que no quería, el que no confiaba, el que se encontraba dentro del pantano de la tristeza.
Ahora eran los ojos de la princesa los que echaban fuego de pasión, de ganas, de valor, de voluntad, de anhelo. Y ahora era ella la que tenía que convencer al duende de que sí, de que era lo mejor, de que habían nacido para perseguir ardillas, para construir casas en el cielo y jardines en el mar.

(Fuentes: Neverending story y Momo, de Michael Ende, Tiempo y Silencio, Gabriel Muñoz, Maldita Dulzura de Vetusta Morla, el enano y la princesa de Oscar Wilde)

sábado, 24 de noviembre de 2012

La llama que quería ser cerilla

Los fueguitos saltaban y bailaban, reían sin cesar, conscientes del río de la vida que iban dejando pasar. Así que, mientras tanto, al observarlos, la llamita, -el fuego pequeñito-, se dio cuenta de que no podía seguir esperando, soñando... y fue consciente de que tenía que jugar. Que de nada servía pararse y mirar, deseando otras fogatas, otras hogueras compartidas donde poder acabar convertida en cenizas de felicidad. No veía cuánto necesitaba dejar de imaginar, de pensar... y aceptar su destino, fuera el que fuera, sin esperar nada, sabiendo que éste estaba lleno de sorpresas, aunque ella aún no pudiese verlas. Pero era justo para el mundo que dejara que su llama brillara como las demás. No tenía que tenerla reservada para un futuro, próximo o lejano, para un mundo que ni siquiera sabía si existía. La llama quería aprender a jugar, de nuevo, como cuando aprenden los niños pequeños. Siempre había estado muy ansiosa por jugar, sin entender que cada uno tiene su momento, y que no podía programar el suyo. Te llama sin avisar. Por eso, mientras tanto, y por si nunca llegara, la llama decidió no dejar de saltar, de bailar, de cantar. Y el resto de fogatas, de fogones, no puedieron dejar de admirar su brillo, en todo su esplendor.


Inspiración: Fueguitos de Eduardo Galeano, la historia de Palillo y Cerilla de Tim Burton, Heráclito y su río, una noche en Shantí Vasundhara, el río de mi vida, y la elegancia de mi amiga Veronica

martes, 13 de noviembre de 2012

El Pájaro Sin Caparazón

Cuando se encontraron, ella no supo qué hacer con él. De repente, se preguntó si sería capaz de almacenar tanto afecto, y tantas aventuras aún por descubrir. No se lo quería reconocer a sí misma, pero el pasado había dejado en su interior un poso de amargura, una sombra de desconfianza que la acompañaba allá donde fuera... y pensaba que no sería capaz de volver a crear una historia a su medida. Y, además, se sentía muy culpable. sólo se daba cuenta al final de cada suspiro de despecho, de rabia, que ella no se estaba dejando sentir, no se dejaba confiar. Y toda la realidad la dejaba insatisfecha, le parecía poco lo que el mundo, o su mundo, era capaz de ofrecer. Sabía que eran sus sueños, los que le impedían disfrutar de esa realidad, que también estaba compuesta de esa belleza, pero silenciosa, escondida, que debía buscar, y darle sentido, así, a cada uno de sus días.
Sabía que tal vez pedía mucho. Al final, su vida se volvía como esos sueños en los que el viento no la dejaba avanzar. Pero no sabía parar ese viento
Quisiera que aquél al que espera fuese de verdad el cuento lleno de ventajas en el que sumergirse para siempre. Con el que hacer de su vida una obra de arte. Y quisiera estar en paz con aquél, el pájaro que había dado lo que podía, más que nada, amor. Un amor apagado, cansado y triste. Quería acariciar esas heridas, y que él la perdonase, por no quedarse tan cerca. Ella, que le admiraba, que hubiese querido levantarle con sus propios brazos. Pero no podía. Ella veía su alma. Él había visto la de ella. Y los dos adoraban el alma del otro, y querían darse fuerzas, y armarse de valor, para seguir adelante. Pero no podía quedarse cerca. Le hubiese encantado que fuese su cuento, el suyo, la casualidad que estaba esperando. Y no podía. Se hacía daño intentando disfrazarlo, hacerlo más bonito. Como disfrazar a un perro de mago. Como ponerle caparazón a un pájaro. Ella estaba intentando lo que no podía ser, lo que no era su naturaleza. Y él, el hombre-pájaro, lo intentaba, quería ponerse ese caparazón para agradarla, para hacerla feliz.
Y ella de repente lo vio claro. Se echó las manos a la cara. Le miró con ternura, le acarició las alas, rotas de haber volado tanto, y tan alto. "Venimos de tierras tan distintas", pensaba ella...
Y eso que le hubiese gustado estar cerca, antes.
Los pájaros de ala rota vienen de países muy lejanos, han visto cosas que los demás jamás imaginaríamos. Pero ahora están cansados, tristes, desolados. Porque han dejado todo ese mundo atrás. Y los erizos que se cruzan, le reciben con los brazos abiertos, viven y sienten su vida como si estuviesen ante una pantalla de cine, se fascinan y ven toda esa luz proyectada en sus retinas. Y quieren estar cerca, confían en que esa melancolía desaparecerá con el tiempo. Porque un pájaro así ha de brillar. Los erizos son muy curiosos, y persistentes, y preguntan, e insisten, y sacan fuerzas de donde no las tienen cuando dan con un pájaro que viene de las alturas. El erizo siempre se queda cerca, cuidándole, haciéndole salir del nido y volver a volar. Mientras, el erizo iba escuchando todo eso que atormentaba al pobre pájaro, las pesadillas de crías caídas del nido, de pájaros que habían abandonado su camino, de tormentas que habían dejado sin resguardo a su corazón, y los nidos que con tanto amor él había construido. Con toda la creatividad de que era capaz. Y ahora, el pobre pájaro, estaba dispuesto a amar, a enmendar su vida. A darle a la vida, y a sí mismo, una oportunidad. Después de haber dejado en el pasado de confiar en las dos. Pero llegó ese pequeño erizo, lleno de cuentos y con el corazón abierto. Pero ni el pájaro podía vivir bajo tierra, ni el erizo sobre el cielo. Los dos lo intentaron. Y, siempre que podía, el erizo salía de su madriguera, para reunirse con el pájaro, que seguía inventando mil maneras de construir nidos, de todas las maneras que nadie más era capaz de pensar. Sólo a él se le ocurrían las formas más disparatadas, divertidas e inteligentes de crear formas de vida entre las aves. Algunos lo tomaban por loco. Otros le admiraban. Pero a nadie dejaba indiferente este pajarillo.

Fuentes:  Nietzsche, Lucía y el sexo y Los amantes del círculo polar de Medem, pequeño vals vienés de Federico García Lorca, Blade Runner, melancolía de Lars Von Trier, y El erizo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

-¿Por qué está tan Oscuro? -Al principio siempre está Oscuro...

Como queriendo ordenar mis pensamientos... Una vez que han pasado años. Que llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, y se supone que soy más fuerte. Pero lo cierto es que aún despierto por las noches sin aliento, sin entender qué es lo Importante.
Ni si es bueno o normal que la fatalidad del presente en un mundo gobernado de forma que no he elegido sea estrictamente la causa de que yo haya perdido el norte. Y no saber, por ello, en qué debo centrarme. Pensar, pensar y pensar, sin dejar hueco a sentir de forma genuina.
Y, así, dejarme llevar por la corriente de la inercia. Siendo incapaz de saber lo que realmente quiero. Porque son demasiadas cosas con las que tengo que lidiar. Pero la culpa y la falta de lógica en un mundo desquiciado perturban mi sentido común, a mi Yo esencial.
Y así no puedo centrarme, sin que pasen los días sin saber exactamente cómo, en una espiral de lo que ayer no hice, y dejé para un mañana que nunca llega. En el que todos los días son arrepentimientos y futuras promesas, porque nunca sé cómo, ni por dónde, empezar.
Ojalá supiera cómo hacer un reset en mi cabeza para poder ponerlo todo en orden de nuevo. Lo vuelvo a dejar todo desordenado, esperando, esperanzada, que llegue un nuevo día que me de la luz, la lucidez suficiente para, en un instante, saber lo que tengo que hacer. A qué he venido a este mundo, y tener el valor para hacerlo.
Mientras el tiempo se me escurre entre los dedos y yo sólo busco una anestesia diaria. Lo difícil que puede llegar a ser, simplemente, cambiar un hábito, una rutina, una pauta. Y yo, que siempre me he burlado de las personas que no sabían hacerlo.
Y querría saber cuál es la mejor pauta, la mejor rutina, para mí.

- ¿Por qué está tan oscuro?
- Al principio, siempre está oscuro...

Fuentes: Jean-Paul Sartre,: la vida auténtica, la libertad sin excusas, el concepto de Culpa, el final de La historia interminable, Maldita Dulzura

martes, 23 de octubre de 2012

El Lobo Estepario



Como una coleccionista de vidas rotas, me gustaría haber estado para oler la música, sentir el arrullo, tocar los juegos, saborear el fuego. Donde parecíais llenos, y todo cobraba sentido, entre otros mundos, inventados y construídos por vosotros. Llenos de la llama que se aviva al mínimo roce. Que me recomen los celos, de haber podido estar, de haber podido ser... y no sentir que he perdido tanto el tiempo. Pero todo parece muerto. Hubiese querido esa vida, hubiese deseado sentirme viva de esa manera. No quisiera que las viejas cintas de vídeo lleguen a mí cuando sean cenizas de lo que un día fueron.
Y tal vez sea una niña, porque ahora todo está mal y yo sólo sueño con que de verdad seas un lobo estepario, un diablo nocturno, con que en tu seno pueda ver un abismo inmenso. Que quiero perderme en ese azul ciénaga, dulce y verdoso, donde ya no tenga que preguntarme nada. Donde mis pasos sean lentos, pero seguros, y ser siempre esa que se mira, en esos ojos que pueden llevarme a la ruina, si se manifiesta, si realmente quiere estar ahí, de verdad, el lobo que baje de las cavernas a visitarme cada noche, y a darme alas nuevas cada día.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Fantasmas

Otra madrugada, 3:47, y todos los miedos que me echaban de menos, esta noche han decidido venir  a hacerme compañía. Y repartirse por mi cuerpo.
Algunos han invadido mi corazón, y éste, incómodo y molesto, late cada vez más fuerte. Otros me están dejando la boca seca, hecha un trapo. Y el resto, los más antiguos y familiares, han ido directos al estómago, que me habla, siempre, como un pájaro de mal agüero.
Y mi cerebro no entiende, se resiste, porque él mantiene la imagen de cuando era pequeñito, lúcido y sano. Le pregunta a mi cuerpo cómo ha podido pasar esto, cuándo se fue por su lado,  cómo dejé de ser cuerda, y de tocar el suelo. Y eso, -se dice-, que siempre nos gustó volar. A él, y a mí.
Porque ahora mis entrañas viajan -sin boleto- a lugares que mi mente no ha elegido, a regiones que me torturan, donde sólo hay lugar para la ansiedad, el pánico, y el Corazón Delator. Donde ni siquiera nos queda el consuelo de la cercanía, de los sueños, donde antes podía sentirme cómoda, segura.
Y avanzo por laberintos de desconfianza, donde jamás había estado, y donde no quiero estar.
(Y no te quiero, y no me quiero estafar).
Cuando tus fantasmas se acercaron, no me importó recibirlos. Les preparé una taza de café, abrí mis brazos. Es cierto que al principio me asusté un poco, pues no acostumbro a familiarizarme con fantasmas ajenos, y menos, con tantas ganas. Pero esta vez era distinto. Todo era diferente. Por ser los tuyos. Despertaron en mí una curiosidad inusitada.De una manera que aún no alcanzo a entender, conseguí comunicarme con ellos, e incluso, a veces, convencerlos para que te dejasen tranquilo. Me explicaban todo el tiempo las dificultades, la lucha diaria, con fórmulas indescifrables, que yo, con una ligera caricia, desde la yema de los dedos, conseguía calmar, e incluso, a veces, disipar.
Ellos, no obstante, insistían en quedarse, y cuanto más se empeñaban, con más fuerza me sentía yo para hacerles frente, y defenderte.
Me quedé con ellos tanto tiempo, que decidí presentarles a los míos, en vez de salir corriendo. Quería acariciar cada milímetro, redimir con ese acto todos los tropiezos pasados, enfocando en esta meta todo el tiempo perdido, todo el sinsentido que nos había acompañado, todo el amor perdido en las aceras de mi pensamiento.
Y eso consiguió hacerme sentir viva, a mí y a mis fantasmas... Aunque, ellos, se llaman así por algo: Como siempre, dejé mi parte racional a un lado, prestando atención sólo a mis necesidades límbicas, y a las de tus fantasmas. Yendo directa a lo que duele. A la carne viva.
Y no sé si voy a poder lidiar con ellos. Con todos, y conmigo. No sé si lo que llevo dentro será suficiente para, si no vencerlos, al menos, conseguir que se hagan amigos.
No quiero que me destrocen. No quiero que los míos siembren la muerte y el gemido, y te destrocen a ti.
La parte viva de mi cerebro, la que aún perdura, está andando en direcciones inexploradas, pero quiere mantener el lado cuerdo, el del Cronopio pequeñito, y hacer de los fantasmas unas sábanas blancas con las que arroparnos, y comernos... el corazón delator, el estómago de mal agüero y la lengua de trapo. Para que la mente viaje, al fin, y nos deje tranquilos.

Fuentes: El corazón delator de Allan-Poe,  Galeano, Ahora yo de Mario Alonso Puig, Historia de Cronopios y Famas, de Cortázar, y el cañón llamado Rosita Wicke, que siembra la muerte y el gemido.

Fueguitos

Lo primero, fue el silencio. Luego, los disparos, los empujones, las lágrimas, y los guantazos. Por último, el desconsuelo. 
No sabía de dónde venían, ni cómo podía luchar contra ellos, o evitarlos.
Era como si perteneciese a una especie desconocida, que, por algún milagro, había logrado sobrevivir. Y como tal, las demás especies, fuertes y enraizadas, aprovechaban la coyuntura para demostrar su superioridad, intentando acabar con él. Pero, por alguna razón que sólo la mente humana podría explicar, o al menos entender, había algunas especies que no sólo lo toleraban, sino que, y sin motivo justificable, lo cuidaban. Y cuando aquél fueguito preguntaba ¿Por qué? esas especies raras le decían: "Tú no te puedes ver. Ellos sí. Por eso intentan destruirte. Ven lo peor de ellos, reflejado en tus ojos. No lo pueden soportar. Y yo te veo a ti, escondido bajo millones de capas, de llamas, y todas las máscaras."

 Luego, empezaron los abrazos. 

Fuentes: Galeano, Ibiza, el miedo, y mi lugar en el mundo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El Extraño Tesoro


Érase un niño que tenía un tesoro. Pasara lo que pasara, jamás dejaba que nadie lo viese. Lo ocultaba con su vida, con uñas y dientes, siempre temeroso de que, al sacarlo a la luz, una ráfaga de viento se lo llevara, o se derritiera con los rayos de sol. Además, los demás niños siempre eran crueles, rompían los sueños y juegos de otros, y se los daban de comer a los perros.
Mario era un niño solitario. A veces, imaginaba cómo los naranjos brillaban en medio de una danza de luces al atardecer, con Antonio López aprovechando la ocasión para inmortalizar el momento... y una pareja de enamorados, de esos que sí que existen, aunque a Mario, sus padres separados, le contasen lo contrario.
Mario quería nadar con su tesoro, hablarle debajo del agua, arroparlo por las noches. Pero su madre le decía que eso no podía ser... así que los deseos de Mario se fueron marchitando con los años. Y con ellos, su tesoro. Intentaba alejarse de él. Pero no podía ni sabía poner el mar entre los dos, ni tampoco sabía cómo dar a conocer su tesoro, cómo presentarlo en sociedad, sin lastimarlo. "Demasiada responsabilidad para un niño pequeño" -pensaba él.
Con el tiempo, Mario acudió a psicólogos, hechiceros, visionarios, magos, pero nadie podía ayudarle. Su tesoro seguía ahí, invisible para sus ojos, sin saber para qué servía ni qué hacer con él. Siempre cargado con su lastre, mientras los demás le decían lo afortunado que era por tenerlo. Porque ellos sí podían verlo, aunque no lo viesen. No sabían decir para qué servía, pero todos daban ideas a Mario:
- "Podrías hacerte un vestido de lentejuelas con él". Pero a Mario le horrorizaba la idea. "Sería una granja estupenda" o incluso un "arrecife coralino sin igual".
A veces se convertía en su escondite perfecto. Porque en su tesoro se refugiaba y no tenía que explicar nada, sólo esconder la cabeza y no tener miedo desacar toda la ansiedad acumulada que llevaba dentro; de cómo mostrar el tesoro, dónde, cuándo, y ante quién. Y sobre todo, descrubrir qué era. Y hacerlo bien.
Allí metía su cabecita y se convertía en una pequeña avestruz, para diversión de su tesoro... -¡No te rías! -le gritaba Mario. Pero su tesoro no le hacía caso.
A veces, parecía que Mario estaba loco. Porque hablaba con él por la calle, y nadie sabía con quién. Le veían reír, jugar, gritar... Y, cuando parecía normal, era porque estaba enfadado con su tesoro, y no le hablaba.
A veces, Mario no sabía si llevárselo de paseo o si dejarlo en casa, y al final se cabreaba, se cruzaba de brazos y se quedaba en casa sin salir. El tesoro, de nuevo, se divertía muchísimo. Nunca le decía nada, porque era el niño quien tenía que descubrir cuál era la misión; el tesoro no podía desvelarle su cometido, y además, tampoco habría sabido hacerlo.
Otras veces, Mario lo dejaba solo en casa, y se iba a pasear, a meditar, y volvía lleno de ilusiones pensando que iba a descubrir el método, la fórmula del escondite perfecto, de una vez por todas.
Pero todo era en vano. Mario acababa yéndose de farra, ahogando sus penas en alcohol. Con su tesoro calladito en el bolsillo, que sólo le daba pellizcos, de vez en cuando, cuando se pasaba de ,a raya con las chicas, o cuando les mentía. Pero Mario nunca le hacía caso. Y por las mañanas se miraba al espejo, hecho un despojo, y su tesoro le miraba, sin juzgarle, calladito.
Y como decíamos al principio, los dos cayeron, con los años, en un profundo sueño de un Dios ebrio.
La vida para Mario se había convertido en algo que, simplemente, pasaba a su alrededor. Ya no recordaba las noches en las que acababa sentado a la luz de una farola, como un melancólico chico-ostra. Y es que Carlo había desaprendido a hablar consigo mismo. Y ya nmo recordaba que tenía un tesoro, escondido. Había entrado en un permanente olvido del ser, del que ni Heidegger habría sabido sacarle. Olvidó a los osos, los cuentos polares, las ballenas que aún no había visto, los misterios que ocultaba el fondo del mar. Y se olvidó de que un día había querido borrar las señales del vuelo, para que los pájaros fuesen dueños del cielo.
Tanto había añorado, deseado, ansiado todas esas cosas y su hueco en el mundo, que entró en un profundo sueño por agotamiento, en una inercia de bacanales y noches sinsentido, donde los días eran un letargo que pasaba lento.
Las tardes pasaban, y la útima anunciaba tormenta. Corría una ráfaga de aire solitario, y entonces la vio. Ella se confundía entre los pinos y los abetos. El aire se escurría entre sus dedos y las lágrimas desafiaban la gravedad, bailando con el viento, al son de las sedientas hojas de los árboles.


jueves, 16 de agosto de 2012

Hasta Mañana

El dieciséis de Agosto, ella abre los ojos, con dificultad, tras el sueño, algo más tarde de lo que le hubiese gustado, pero es que su sueño estaba muy interesante. Atontada aún, y cansada, se lava la cara, y se mira al espejo. Esta mañana no se gusta mucho. Por su mente pasa la batalla diaria que le espera, la ve reflejada, y aparta la vista.
Coge cinco libros, los mete en su bolso, y sale a la calle, dispuesta a seguir construyendo un espejismo llamado rutina diaria. Huye a su lugar de escapada, el café de todos los días, que siempre había sido solitario, pero lleno de fantasmas... hasta el día en que él apareció. Como un reloj, todos los días, a las diez en punto de la mañana.
Ella ya lo sabe, él a las diez y media se marchará, para volver a su propia batalla. Desde que él llegó, ella finge ya que sólo va a leer. Levanta su libro, y la vista, porque él está también.
Y ella, sueña que sueña, se lo lleva de escapada. Le coge de la mano y le propone volar a tierras lejanas en su media hora de descanso, en lugar de estar, cada uno, en su mesa de todos los días. Él, con su zumo, su tostada, su periódico y su café, ella con su granizado y sus cinco libros... Pero esta vez, ella le coge del brazo, y le propone montar una campaña, en la India. `Nos vamos a la India. Y vamos a convertir en una escuela para niños pobres el Tahmahal`. Entonces él la mira, serio, con sus ojitos azules que empiezan a brillar, y sus rizos de oro. 'Eso está hecho, Lucía...'.
Cuando llegan, ella le señala con el dedo a sus futuros hijos, que corretean por el patio del jardín, en el atardecer de la India. ¡Cuidado... no os hagáis daño! grita él, como buen padre preocupado.
De repente, el tiempo vuelve. Él  arrastra su silla. Se levanta. Pide la cuenta, y empieza a caminar. La mira. Le mira. Se miran. Son cinco segundos. Las diez y media. "Hasta mañana".
Y ella, en ese libro que finge leer, sin darse cuenta, escribe: "No te vayas. Quédate conmigo".
Después,  observa su mesa, ahora vacía, y llena de ausencia. "Hasta mañana, mon amour".
Y el mundo retorna su giro. Hasta las diez del día siguiente.
Ella sonríe, complacida, porque Galeano le ha acariciado su rostro, y su herida, con esta frase: "menos mal que la mente viaja sin boleto..."

lunes, 7 de mayo de 2012

Te veré en mis Sueños

La Vida es Sueño...
Y, los sueños, sueños son.
Era una noche fría, de esas en las que lo único que apetece es quedarse en casa, arropados bajo una manta. Pero yo estaba trazando un camino, un camino forzado pero necesario, que no podía dejar de seguir. Salí de casa y me dirigí a mi zona favorita, donde el tiempo se detiene cuando es de madrugada y las calles están desoladas y vacías. Mi escondite perfecto, sentarme en un muro, frente a la Catedral. No lo había premeditado, pero siempre huyo de quedarme a solas conmigo misma, y mi interior quería enfrentarse a su propio espejo; así que decidí quedarme allí, parada, y mirar esa catedral que un día, en sueños, me había perseguido por toda la ciudad, arrasándolo  todo a su paso, para terminar delante de mí, con una risa tétrica, cayéndoseme encima. Porque desde ese día todo fue a peor. Lo veía todo oscuro, y mi única reacción posible, era la misma que tuve en ese sueño: tumbarme en el suelo a esperar que pasara; aceptar mi destino, mi derrota. Como estar dormida, debajo del mar. Con el susurro del agua y el murmullo de los peces. Con la culpa de mi subjetividad, y con la del universo entero, a mis espaldas.
Cuando quise despertar, me di cuenta de todo lo que había soñado: Soñé con héroes vencidos, con noches antiguas, con música lejana. Soñé con todos los libros que había leído, con todos mis miedos, con todo el viento que no me dejaba avanzar cuando intentaba llegar a mi destino. Soñé con los sucesos que simplemente pasaban a mi alrededor, con mi vida sin mí. Soñé con bohemios, sabios y escritores que, desde el centro de la tierra, mandaban mensajes cifrados que yo no sabía interpretar. 
Y entonces, desperté. Pero lo que me encontré al hacerlo fue algo muy raro; me veía como desde una pantalla, sólo que, esta vez, haciendo todas esas cosas que la Catedral y el fondo del mar siempre me habían impedido hacer. Desperté en esa noche oscura y fría, y me vi huyendo de las sombras, pensando en la vida y la muerte. Con una versión de mí que tenía algo que decir. 
“Los muertos no necesitan zapatos, supongo. Pero tal vez sí necesiten un hueco donde dormir” decía Bukowski. Los filósofos no buscan ser felices, solo buscan aprender, saber, conocer. “No es sueño la vida… ¡alerta, alerta, alerta!” gritaba García Lorca." ¿Por qué -me preguntaba- los antiguos hablaban de aprender a morir? ¿Qué era eso? Para ellos, todo lo que necesitamos saber, se encuentra dormido en nuestro interior, y solo hemos de atrevernos a conocernos de verdad. Un universo eterno, sin principio ni fin. Una inmutabilidad perfecta, un motor inmóvil.
Bajo estas reflexiones, seguí andando, sola; al ver el caos, el mundo de la locura y la locura del mundo, no supe cómo encajarlo, todo me parecía demasiado complicado para mi pequeño cascarón. 
Me sentía responsable de todas las injusticias que ocurrían, pensaba que debía dar respuesta a todas las dudas acerca de las grandes preguntas del hombre, de los grandes enigmas sin resolver. Quería ser una pequeña Amêlie Poulain, y ocuparme de la vida de los demás. Porque ya de niña, me encerraba en pequeños cuartos y buscaba rincones para leer, y para imaginar, y en mi cabeza pasaba toda mi vida, todas las cosas que no pasaban de verdad; todos los compañeros del colegio formaban parte de esos libros que leía, todos tenían identidad dentro de ese universo ficticio que me daba vida, lejos del mundo, y cerca de los sueños. 
Veía, dentro de un libro, a esa compañera acomplejada del colegio, que siempre era desagradable, mirándose al espejo y, de repente, descubriendo la belleza que había detrás de su acné juvenil... Y yo me veía en un cuadro de Renoir, observadora eterna de las desgracias y desdichas de los demás. “Y de ella… ¿quién se ocupará?” le preguntaba el hombre de cristal. Y mis amigos de verdad.

Y así habían pasado sus años, viviendo como Schopenhauer: mirando siempre a través de una ventana, observando caer la lluvia. Sin voluntad, o escondida y reprimida. Nietzsche me daba demasiado miedo. Pero había llegado el momento de enfrentarme al Amor Fati... y de hacer de mi vida... una Obra de Arte.

Y la Luna se Llama...


Érase una vez dos amantes que no podían estar juntos. Cuando alguna vez estaban cerca, sentían tal electricidad que salían disparados al vacío. Los dos se miraban desde lejos, con pena, porque se atraían tanto como se repelían.
Ella le había visto por primera vez en un parque, a plena luz del día.
Mientras él leía sentado en un banco, abstraído, ella paseaba a su perro y observaba los patos del lago y los niños jugando.
Cuando el perro de Luna se acercó a olerle, se puso a ladrar y llorar desconsolado, a ella le extrañó tanto que se acercó a ver lo que le pasaba a su pobre perrito, acostumbrado a ser siempre simpático con los desconocidos.
Pero algo pasó. Él la llevaba mirando ya un rato, mientras hacía como que leía la elegancia del erizo. Ella solo había visto la película y no sabía de la existencia del libro. –una pena- habría pensado él de haberlo sabido.
Mientras disimulaba leer este gran clásico, la veía andar, acercarse, observaba la suavidad de su piel brillante, su pelo liso y negro, y quedó paralizado. Se le vino aquella imagen de la ardilla roja de Julio Medem: “Yo soy su ángel. Sin el amor de Sofía no existo. Mi cabeza se ahueca Mis huesos se doblan Y deja de correr sangre por mis venas. La quiero desde mis entrañas. La necesito igual que a mi vida,  a mi cerebro, a mis ojos. Sin ella se me rompen los huesos, se me derriten los pulmones, y no puedo respirar.”
Y realmente, era así, él no podía respirar y casi se ahoga cuando ella se fue acercando para ver a su perro. Luna se fue alarmando a medida que se acercaba, de verle tan rojo y asustado, pero a partir de ahí todo fue a peor. Él se fue corriendo, (a Carlos no le gustaba perder el control), y ella le siguió, decidida a ayudarle, pero cual fue su sorpresa cuando al hacerlo, sintió una punzada en las puntas de sus dedos, de los pies y de las manos. Y sólo por un segundo, antes de salir disparada, pudo mirarle a los ojos. Y entonces vio el infinito, y el universo, y más allá. Sintió como si toda su vida pasase ante sus ojos. Como si él hubiese rozado su alma con la punta de sus dedos, sólo con mirarla.
No pudo desprenderse por días de esa sensación. Llegaba a casa, al trabajo, y ya nada era igual. Se preguntaba qué había sido aquello, si la naturaleza había tenido algo que ver, si la biología, si la química, si la física cuántica… o vete tú a saber. No podía comer ni dormir, tan intenso había sido el sentimiento, que nada parecido había vivido en su vida.
Hasta que pensó en volver a aquel parque, a encontrarle, para ver si eso se repetía y cuál era el su significado. Las primeras veces no lo encontró. Luna se sintió como Juan Pablo Castel en el Túnel, y como Martín en Sobre héroes y tumbas, siempre persiguiendo a María, o a Alejandra. Sigilosa, atenta e infeliz.
Hasta que el día llegó. Se vieron de lejos. Él también parecía ansioso cuando la vio, y ambos, de nuevo, se acercaron. Los dos se sonreían y avanzaban lentamente, pero fue inútil. Esta vez, Luna sintió mucho más profundamente la huida, que la cercanía. Y se asustó. Los dos, para sorpresa de los transeúntes solitarios, volaron por los aires, una vez más.
Ambos quedaron boquiabiertos y tristes, en el suelo, y se miraron. Él acertó a sacar un papel de su cartera, y escribió algo en él, y se lo lanzó a Luna por los aires, hasta que le llegó.
En él le proponía mandarse aviones de papel, y hablar desde ventanas contiguas, de edificios cercanos.
Encontraron el modo de escribirse cartas desde lejos.
Los lugares ahora le parecían vacíos, siniestros, faltos de sentido. Ella se convirtió en Luna, o la que no podía llorar. Toda su vulnerabilidad e ilusiones se convirtieron en algo escondido, muy pequeñito, en lo más profundo de sus entrañas. Lo único que podían acertar a percibir los demás era un poso de desengaño y de amargura en su mirada. Pocas personas, las que estaban cerca de verdad, se daban cuenta de la fuerza que albergaba su interior, que pugnaba por salir a cada desengaño que ella experimentase. Esas personas le hablaban de su fuerza. De que era capaz de hacer tronar cuando todo estaba mal a su alrededor. Y de hacer salir el sol cuando estaba ilusionada y contenta. Las pocas veces que eso pasaba, causaba la alegría y el amor a su alrededor, de repente todo el mundo que quería parecía llevar carteles donde pusiera que se regalaban abrazos.
Pero Luna no veía nada de esto, y se encogía, cada vez más, en su guarida. No quería ver el sol, no quería que nadie la tocara, que nadie pudiera sospechar de esa vulnerabilidad que la embargaba
No obstante, algunas noches, al dormir, soñaba. Normalmente no tenía sueños dormida, y menos despierta. Pero cuando alguna vez los tenía, encontraba paraísos desiertos donde sobrevolaban alimoches y quebrantahuesos. Donde el sol se escondía sólo cuando ella lo deseaba y donde el arrullo del viento estaba ahí para acariciarla. Un lugar solitario en el que se permitía sacar todo lo que llevaba dentro. Y el viento la mecía para que durmiera, y le decía, a ella y al mundo, estas palabras, en silbidos: “Sus ojos son un mar de gran profundidad, que guardan un secreto aterrador. Su cuerpo es un volcán donde algo ocurrió, y el fuego se apagó en su interior. Déjame quedarme junto a ti. Yo vigilaré mientras te duermes. Yo te ayudaré a vencerlos, déjame quedarme junto a ti, nadie vendrá a robar tus sueños. 
Ella quiere marchar. Irse a otro lugar. Y no volver jamás la vista atrás. No puede entender que ya no puede ser, no queda ningún sitio a donde huir. Una fuerza oscura dentro de tu mente, algo dentro espera para salir. No me tengas miedo. Cruza la barrera. Sabes que yo creo en ti.”
Pero cuando despertaba daba lo mismo, no podía creer que ese, su gran amor, no pudiera estar cerca de ella. Cuando tenía dieciséis años, había escrito para un trabajo de clase que lo que le hacía feliz era Amar. ¿Cómo voy a privarme de esto? Pero, a veces, se ayudaba. Y se decía cuánto amor podía albergar hacia sí misma, hacia su vida, hasta que encontrara la manera de poder estar cerca de su amante.
En esas notas que se mandaban, Luna le decía cuántas ganas tenía de abrazarle, de admirarle, de sentirle. Sus notas siempre estaba mojadas con lágrimas, porque para ella, todo a su alrededor era oscuro. Así que cuando él las leía, no entendía la mitad de las palabras, emborronadas siempre con esas gotas saladas que ella le dejaba de recuerdo. Carlos al principio tampoco sabía encajarlo, tampoco aceptaba que el universo, o lo que fuera, no les dejase estar juntos, y como buen romántico, se acordó de la historia de Abelardo y Eloísa. Los dos amantes que no podían estar juntos. Cada uno, encerrado en sus aposentos, como lobos esteparios, y escribiéndose cartas que nadie podía leer, porque de ser así, recibirían un castigo humano, y otro divino. Y Carlos le hablaba de esta historia contada en algunas películas con marionetas, y, de esa forma, secar sus lágrimas, acariciar sus entrañas, y dar cobijo a su corazón.



Árbol de Hoja Caduca


Esta noche tus manos se contonean alrededor de mis entrañas, las acarician, y a veces las desgarran.
Quisiera que fuera dulce, delicado, que adivinase cada movimiento que quisiera compartir, al son que pugna por ser liberado, digno.
Pero sólo siento que las mariposas se marean, chocan entre ellas, y quieren convertirse en capullo pronto. Antes de volver a sentirse gusano, mortal, moribundo insecto. Y todo vuelva a empezar.
Eres como un enigma, como un código, y a la vez, cercano. La hoja de morera, el árbol al que me hubiera subido, donde me habría balanceado, tranquila, segura…
Pero ahora me dueles, y sólo quiero esperar, sabiendo que el otoño llegará, y que tú eres un árbol de hoja caduca.

Certezas que Desayunan Dudas


Quiero vivir una historia nueva, entender todo lo que he aprendido, no enquistarme en una idea, y no llegar a la conclusión de que sólo soy capaz de admirar, de desear, y de adorar aquello que no puedo alcanzar. Dejar el escepticismo a un lado, y no convertir lo real, fructuoso, en algo efímero y vulgar.
Quiero que penetres en mi inconsciente, que dejes de ser vacuo para mí, que me estimules a escribir por ti y para ti, que el hecho de que tú lo hagas no sea un freno, una coartada, para no hacerlo yo. Me gustaría dejar de pedirte, dejar de necesitar sentir esa insalvable soledad, para empezar a sentirte de verdad, el el mudo dolor del vacío.
Que este nudo en mi garganta se transforme en dicha, en mis ojos llameantes buscándote, en mi estómago pugnando por encontrarte. Y construir así mi cuento lleno de ventajas..
Aunque te intuyo como una ola capaz de inundarlo todo, no te temo. Porque te miro y lo sé; sé que lo mismo que me puede, lo mismo que me hace caer en tus brazos, es lo que nos separa. Porque ya no puedo, ya no tengo que luchar por ti.
Y no quiero que mis certezas desayunen dudas todas las mañanas. No quiero mirarte añorando el muñón que me falta, ni sentir la falta de un muñón –que en realidad no existe, ni tengo-.
Quiero que me conquistes cada día, que cada día sea nuevo y me convenzas otra vez.