martes, 4 de agosto de 2015

Jonás



A veces los demás se vuelven un desafío que nunca hubiera esperado. Que me oyen como un arrullo lejano, que me ven pero como a través de una pantalla. Y yo me pregunto cuál es el mecanismo que lleva a ese ensimismamiento, a ese complejo de Jonás y esa piedra-losa de Sísifo. No puedo evitar hermanarme con toda esa ciénaga, pero me protejo. No puedo quedarme cerca porque me destrozaría si estuviera tan pegada que pudiera sentir aún más la incapacidad para ver, para estar ahí de verdad. Yo también necesito seguir mi propia senda, porque en la tuya, o en medio de las dos, me hago daño. Y no voy a seguir pensando en las posibilidades, si podrías ser de otra manera, dejar de hablar del pasado como tu tesoro más preciado, si podrías tratarme como yo quisiera, si antes, con otros, has sido de otra forma, y estabas ahí de verdad. Voy a quedarme sólo con el amanecer, aunque eso suponga dejar  de lado una parte de mí, esa que puedo compartir con todos, menos contigo. Y es que a veces no sé si lidio con un monstruo, con un pobre ser, o con un genio frustrado; o todas esas cosas a la vez. 


Julio contaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.