lunes, 27 de mayo de 2013

No es verdad... que no quiero querer más

Y parece que eres tú, en cambio,
el que nunca debe olvidar,
el que llegó de casualidad.
Pero no voy a analizar los aspavientos
ni las miradas vacías,
las tardes perdidas ni los gestos rotos.
Ahora que de golpe estás aquí,
que no puedo ni sé materializarte en palabras,
tendrás que conformarte
con que te abrace con las manos,
 con que te hable al oído,
con que la realidad sea más fuerte y más grande
de lo que nunca me podría imaginar.
Que no quiero pensar, que no quiero creer.

lunes, 20 de mayo de 2013

Bailo con Serpientes

Dejar de cantar para mí,
hombre de la pandereta.
Tienes que dejar de bailar para mí, Salma.
Y yo, un día de estos, tengo que abandonar la risa floja, la risa tonta
que me viene con viento gélido, mañanas sobrias,
y noches de vino blanco.
Un día de estos me va a delatar la sonrisa
entre saxofones y noches de museos.
Antes de que sea demasiado tarde, porque
algunos  ya se han dado cuenta
de que, últimamente, he empezado
a bailar con serpientes.


sábado, 11 de mayo de 2013

Estrella Polar

Hay muchas cosas que merecen que yo dedique mi tiempo, mis días, mis palabras. Hay otras muchas que no merecen para nada que lo haga. Y es verdad que a veces no delimito bien el camino, que se interponen y se cruzan ambas, que confundo molinos con gigantes. O que yo quiero siempre, convertir molinos en gigantes, perseguir imposibles, descuidar mi huerto, colmar de regalos otros, cuando ni siquiera me lo han pedido. Mi buena estrella piensa que soy altruista, que regalo mi tiempo a los demás porque soy así de encantadora. Pobrecito mi querido bestia parda, cuánto debe de quererme. No sabe que me acerco a la ciénaga por voluntad propia, como un impulso que me llama desde dentro, porque desde pequeña siento que ése es mi lugar. Como si una parte de mí se resistiera desde lo más profundo a avanzar, a dejar atrás una condena que ya no existe, que ya no es tal, y debió haberse ido hace tanto que ni lo recuerdo, pero se me agarró por dentro como un parásito, y yo pensé, yo creí, que esa era mi identidad.
Echo de menos la claridad de cuando se tiene un espíruto transparente, joven, aún por llenar. Cuando puedes ver el mundo con más objetividad, antes de entrar en el mundo del viento donde te das cuenta de lo mal que hemos diseñado el mundo, lo difícil que nos hemos puesto una meta que debería ser tan básica y normal, como es la independencia, la utilidad, la autosuficiencia, la autorrealización. Mientras el pobre tercer mundo agoniza, nosotros estamos enfrascados en nuestros microproblemas. La situación del mundo es un reflejo de lo que somos nosotros. Dado que no sabemos cuidar de nosotros mismos, tampoco podemos ayudar, ni salvar, a los más débiles, los que están peor que nosotros. Y eso se traduce a cada situación social, de lo más básico a lo más complejo. Si partimos de esa base tal vez puedas entender por qué una se pierde en ese vendaval, por qué yo ya no sé cuál debe ser mi brújula. De pequeña sabía que quería ayudar, que quería que no hubiese hambre, que los animales no sufrieran, veía las cosas tan claras. Tenía tanta sensibilidad. Pero este mundo nos contamina, y tal vez tendríamos que hacer como Nietzsche e irnos a vivir a una montaña, solos, un tiempo, para recobrar toda esa lucidez que la mayoría hemos perdido. Somos incapaces de entendernos entre nosotros. No hay bases desde las que partamos todos, para mejorar, para avanzar.
Claro que hay cosas que nos apasionan, pero eso no es suficiente, no para mí. no como yo lo veo. Yo necesito sentir que hay algo, que hay un Sentido detrás. Que con mi vida contribuyo a que la tierra mejore, que sea más habitable. Y hemos construido un mundo en el que ser útil es el privilegio de unos pocos, donde tienes que pelear por las cosas más básicas.
Lo único que no se lleva el viento en mi vida, es el amor que proceso y que me procesan los demás. El sentido viene acompañado por la calidez de mis raíces. Raíces de las que no quiero depender, raíces a las que quiero ayudar. Mi corazón se colma y se ofrece con suma facilidad, y tengo un radar para las personas que tampoco saben cuidar, que se perdieron, pero ellos ni siquiera lo saben. Y tal vez yo deba tomarlo todo como viene, pensar que ese es mi papel, ayudar, porque de otro modo no (ha) lugar para ser siempre un imán. Estoy rodeada de luceros y lucecitas. Mi Ardid, mi abuela Remedios, se está haciendo cada día más pequeñita por fuera, pero me acompaña siempre por dentro, quiero aprender su idioma, aprender a tener su fuerza, dejarla salir de dentro de mí, porque sé que la llevo. Ella es mi raíz, y yo sólo tengo que escuchar con el corazón, con su querido corazón, que es fiel, servicial, el corazón de una leona que  cuida de sus crías. Fuerte, superviviente, poderosa, risueña, se ríe de sí misma. No sabe hasta qué punto la llevo conmigo. No sabe hasta qué punto siento no estar a la altura, perdida en este pantano, y viendola desde abajo, como una estrella polar.



Bucear en las Aguas

A veces es sólo cuestión de un momento, sólo cuestión de un segundo, pasar de la tormenta a la calma. Puedes habitar en el bosque inhóspito de aullidos y de repente, encontrarte en el jardín de las hadas. Y eres capaz de llegar sin apenas abrir los ojos, como si tus retinas se  supieran el camino y te llevasen de un salto, sin que tengas que pensar. Y vuelve la calma, el lago de Sanabria, las playas de Formentera. Quedan atrás las casas en ruinas rodeadas de grúas, donde aún puedes contemplar trozos de una vida que se fue, parte de una cocina, los juguetes rotos de los niños. Siempre te paras en mitad de la calle cuando ves una casa derruida, una vida rota. Las ruinas tienen su encanto, pero no podemos quedarnos en ellas, porque te consumen y acabas viendo el mundo del revés, y no se puede ordenar el caos desde las alturas de una grúa.
Mirar las ruinas no es una condena, ni tampoco una culpa. Es algo que se puede domesticar. Hasta se pueden mirar con cariño y nostalgia, porque es verdad que tienen un halo misteriosamente romántico, que nos engancha desde las entrañas cuando tenemos debilidad por la belleza cuando está triste.
La visión va cambiando ya, en el momento en que puedes pronunciar estas palabras, porque el lenguaje aleja, describe, objetiva. Y objetivando recobramos el acierto. Quien nombra, llama. Y es cuando debemos aprovechar la oportunidad que nos brinda nuestro propio entendimiento, el que a veces se cuela por un agujero y hace que podamos vernos a nosotros mismos como desde una isla, aislados, fuera de la influencia ajena, externa y necesaria, cuando nos quedamos a solas y encontramos la clave perdida que llevábamos buscando dentro, y fuera, de nosotros.
Cada uno sabe su trayectoria, cómo ha sido su vida, en qué punto se encuentra, si coincide el ideal que se tiene de uno mismo, con lo que en realidad se es. Si nos ayudamos, o somos nuestros peores jueces. Si no nos equivocamos, o si nos perdonamos cuando lo hacemos, si somos capaces de darnos una nueva oportunidad cada día, y el peso que tiene el pasado en nuestro presente. La prioridad que le damos a las cosas que sabemos en nuestro fuero interno que son lo más importante, o si dejamos que sean otras cosas las que invadan nuestro tiempo. Si estamos ardiendo a un clavo, o por el contrario nos amarramos a una solidez difícil, dura pero necesaria. La solidez de no dejarse arrastrar por la corriente, de conseguir mantener el equilibro aunque la corriente apriete, tener clara y aprendida de una forma artificial, esa forma de mirar, de sacar fuerzas fruto de una fe, de un amor que rodea cada paso, cada movimiento cuando te lo recuerdas cada día al despertar, después de la tormenta en la que no sabes lidiar con las olas, que siempre parece nueva y distinta, y te recreas en ella esperando que se calme, preguntándote por qué no lo hace, por qué los demás no son como esperas, por qué hay tantas cosas que no entiendes. Pero una vez que te adentras en ella, más allá de la superficie donde te quejas, empiezas a colarte bajo las olas, evitando que choquen contigo, junto a los arrecifes coralinos y las estrellas de mar.  Y recuerdas que tú puedes quedarte fuera de la tormenta, coger un paraguas, o bucear en las aguas.
Todos llevamos dentro la belleza y el horror, la fuerza y el miedo, los arrecifes y las ruinas. En cada uno cobran una forma, tienen un nombre. Lo que nos diferencia es nuestra manera de relacionarnos con cada una de esas partes, el control y el despliegue. Y sabemos lo que hemos aprendido, las ventajas que tenemos, y las que aún nos quedan por saber, para ir agudizando nuestra mirada, ir esculpiéndonos cada día, aunque cueste y sea arduo, y adelantar el camino hacia el paraíso artificial.

martes, 7 de mayo de 2013

Camina Conmigo

Si quieres, puedes caminar conmigo,  te invito a dar un paseo fugaz, de las nubes violetas hasta las estrellas, cuando se van. Desde el comienzo del día, justo antes del amanecer, cuando Beethoven huía de casa y se tumbaba boca arriba en el bosque, junto al arrullo del río, a mirar el manto estrellado en verano. Donde nació el himno de la alegría. Cerraba los ojos y aún podía escuchar el canto de la noche, de aquellas noches, cuando ya no podía oír a nadie.
Desde que llegamos hasta el momento en que nos paramos acontemplar el metatiempo, el metalenguaje, la geopoesía que te perdiste cuando tú tampoco escuchabas.
¿Que no te acuerdas? Claro que sí, sólo tienes que cerrar los ojos, como hacía él. Antes de que la tierra fuese tierra, y el agua fuese mar. Antes de que a nadie se le ocurriese llamar Precámbrico a la edad sin nombre, al principio, antes de los glaciares, las heladas y de las orogenias. Al principio de todo, ese que dicen que fue el verbo.

lunes, 6 de mayo de 2013

El jinete

En el fondo, hay tan pocas cosas...
¿Cómo podría la muerte abrazar la vida de un joven que se deja morir? como si desde pequeño se hubiese dejado arrastrar por una corriente, una corriente inmensa, de esas que nosotros no conocemos, los que hemos tenido suerte y no hemos visto el cariño de lejos. ¿Qué puede hacer sentir, qué puede valer ese pequeño instante de paz, cuando se pone fin a todo lo demás? cuando se ha nacido en el lado oscuro, y ese pequeño jinete no ha tenido quien le levante cuando ha caído al suelo, que ha tenido que sobreponerse a sus pasos solo, y no podía llorar cuando se hacía daño, cuando le hacían daño, porque estaba prohibido caer.
No recuerda casi nada de cuando era un bebé, de cuando tenía tres años. Si piensa en eso le viene una imagen de una habitación oscura, hedionda y desordenada, de donde procedían gritos. Una vez tuvo un sueño, una vez. Empezó a ir al colegio porque así los padres podían librarse por unas horas de él. Allí no hacía caso a nadie, era el peor de todos. Pero estaba ella. 
- ¿Qué te pasa, por qué siempre estás enfadado? ¿Quieres dibujar conmigo? sólo sé hacer paisajes, personas. Dibujo los sitios donde me gustaría ir, las personas que me gustaría conocer. ¿Me ayudarías? quiero dibujar el mar. Y no sé hacerlo.
- Nunca he dibujado nada.
- Pero, ¿hay algo que te guste mucho?
- Los caballos...
- Dibuja uno, por favor. ¿Por qué te gustan los caballos?
- Me gusta pensar que puedo subirme a uno y llegar con él donde quiera. De las estrellas al fondo del mar.
Pero nada de esto está pasando de verdad. Es lo que él imagina mientras ella está dibujando. Piensa que ella le tiene miedo y nunca le habría hablado. 
 De fondo se escucha:
- Lo siento, mi pequeño. Siento tanto no haberme quedado contigo, separarme de ti, permitir que te hayan hecho creer que nada importa.
Aparecen todas las imágenes, peleas, hurtos, cárcel, gritos, policía. Mientras todo eso pasa, el sólo piensa en aquella niña por la que se hubiese perdido, por la que lo habría dado todo, la corriente por la que se habría dejado arrastrar.
Pero todo ha llegado a su fin, esta vez se ha pasado con la dosis, está enfadado hasta con esa niña, porque nunca se acercó, porque sólo le sonreía de lejos, le ofrecía colores para dibujar, los días que le levantaban el castigo.
Déjame quedarme contigo, déjame abrazarte. Ya ha pasado, ya estoy contigo. Ahora todo irá mejor. Tranquilo. Ya queda poco. Dentro de poco te habrás dormido.
- Tu trabajo... debe ser espantoso.
-No creas, a veces es hermoso. Hace poco visité a un enfermo de Alzheimer... dicen que algunos solo recuerdan su infancia... otros imágenes sueltas... Este no recordaba nada y antes de irse me dio las gracias.
- Me gustaría cerrar los ojos, dormirme y olvidarme de todo.
- (Abrazándolo más fuerte) Hace ya tiempo que los tienes cerrados.

domingo, 5 de mayo de 2013

Le Petit Mort

Siempre hay tiempo para mirar la lluvia desde la ventana, para abrazarse las piernas, y entrar en una melancolía constante y como forma de vida. Pero estoy mintiendo: no siempre hay tiempo. El tiempo no es eterno. Tiempo es lo único que tenemos, o no tenemos. No tiene sentido pararse, mirar atrás, dolerse del pasado. Por eso Nietzsche dice que esa es la peor venganza, la voluntad más horrenda: la que mira hacia atrás, a lo que ya fue. Y que lo hacemos como si fuese un deber, que somos adictos a mirar atrás. Pero tampoco se trata de hablar como los libros de autoayuda y decir que de un día para otro puedas cambiar todo aquello que no te gusta. No podemos cambiar de golpe, pero sí reaccionar, comenzar a mirar hacia adelante, combatir las cadenas imaginarias. "Mucha gente se cree que es un trabajo cualquiera, que paras a comer y se acaba. Pero esto dura las veinticuatro horas. Tengo que cogerlo todo y afrontarlo sobre la marcha. A veces la gente necesita un poco de ayuda. A veces la gente necesita que la perdonen...Pero, se puede perdonar a alguien. Eso es lo más duro. Que podemos perdonar. Es lo más duro del trabajo. Lo más duro de ir por la vida".
Todo va tan rápido, tan deprisa, para los que nos gusta mirar desde las gradas como Cicerón, analizar cada cosa que ocurre, el riesgo que existe en cada paso, que nos quedamos atrás. Porque queremos saber hasta el momento exacto en que se cometió el primer crimen, el primer extracto, el origen de la tragedia. No sabes por qué eres como eres, cuál es la causa de que pienses más de lo que vives, y necesitas poner fin al motín de tu mente, porque mientras te pierdes en esa maraña, tienes personitas cerca, las mismas que crees que son el origen de la tragedia, que estaban ahí y te la contagiaron, pero que hoy están los primeros para ayudarte a volar, a hacerte saltar cada día desde lo más alto, con ese único objetivo, que tú vueles cada día más arriba, que sepas que están contigo. Los mismos que ven, que saben que te has quedado atrás, que te estancaste porque no supiste avanzar, y que lo único que te salva, donde encuentras sentido, es en poder ayudar a los demás, en la belleza que encuentras y reconoces en las cosas, y en esa obra de teatro que cuenta contigo, donde eres la Muerte, le petit mort, y puedes acariciar la herida de otra persona, empatizar con su dolor y darle un beso de despedida para que al menos pueda irse en paz.

viernes, 3 de mayo de 2013

¿Y si hubiese sido verdad?

Estatura media, rubia, de veinte a treinta kilos, siete añitos, quizá menos. Con una mochila cargada a la espalda, después de dar un beso de despedida para ir al colegio. A veces se encontraba cachorros abandonados en las acequias que rodeaban el colegio, y se los llevaba a casa. A veces jugaba con las mariquitas del suelo, con los bichos de bola, los saltamontes, el chinarro y los toboganes. Algunos compañeros llegaban al colegio con la boca color violeta porque se habían subido a las moreras y se las habían comido todas. Tenía un compañero gitano con el que nunca hablaba, pero se miraban de lejos, de soslayo, y tenían que reír. Sin burla, sin prejuicio, desde un respeto sagrado, limpio y desconocido en todos los demás ámbitos, entre el resto de los compañeros. Se miraban y reían de inocencia. Había una caja de cristal en las paredes del colegio, que guardaba una manguera, junto al extintor. En ella había palabras escritas sin tilde, donde ella leía: Rompase en caso de incendio. Y ella creía que tenía el acento en la a, que era como una frase sin terminar, hasta que se hizo mayor y entendió que "rompase" es una conjugación que no existe. Recuerda los recreos en el sol, observando a las madres que veían en bici para dos a dar el almuerzo a sus ajetreados hijos. Recuerda las mañanas frías en que llegaba al colegio, más temprano de lo normal, y hablaba con la conserje, que venía en moto al colegio, y mientras ésta barría las hojas caídas de los árboles, con una especie de rastrillo enorme, le preguntaba cuántos años llevaba allí, y cuántos años tenía el colegio. El único colegio que ella había visto. Un colegio público, rojo, ancho pero bajo, lleno de pintadas y olor a orines en las esquinas. Recuerda al barrendero Jesús, que les decía que era el niño Jesús y daba siempre los buenos días. A veces venía una carretilla llevada por un hombre del que ella no puede acordarse. Se montaban todos en ella, como si fuesen ganado. En una inocencia que sólo se explica en el seno de un barrio atávico, cruel pero confiado, triste pero familiar. Esa carretilla les transportaba a sus sueños. Al menos así lo recuerda ella. Comía vinagrillos y soñaba con poder volar, con que existiesen capas que permitiesen poder mirar el mundo desde arriba. El mundo debía esconder algo más. Después llegaba la noche de san juan, antes de que ella supiese lo que era la mentira, y pensaba que las brujas podían venir de verdad, que podría hermanarse con ellas, y aliarse a un espejo guardado bajo la cama. Cuando sonaba la campana su padre la estaba esperando en la puerta, ella quería salir la primera. Recuerda los gritos y los enfados de su profesora, rubia y vieja. Recuerda las figuras de plastilina, las barras de plastidecor, los dibujos. Recuerda todos los cuentos, el libro de 1º de EGB, Pancete, cuántas veces pudo leer ese libro. Cuántas veces  había soñado con vivir en medio de los Fraggle. Las vecinas le decían que era la niña más guapa del mundo. Sus compañeros le decían que los reyes magos no existían y que ella era tonta. Recuerda el día en que tras coger hojas de morera para sus gusanos, detrás del colegio, en medio de una huerta abandonada, vio a un hombre mayor, sentado en una silla, en la puerta de su ruinosa casa, solitario, desapegado, triste. Tenía una gran barba, larga y blanca. Vestía con harapos y tenía un bastón. Ella le preguntó si él era Papá Noel. Aquél hombre se limitó a mirarla, no dijo nada, y ella insistió. Lo estaba preguntando de verdad. Volver a casa y dibujar, explorar, pintar sobre el cuento sobre el mono ambulante, la Blancanieves negra. las cintas de casset de cuentos, escuchandolos sobre la vieja cama, con el edredón de los aristogatos, con las figuras de plástico de la sirenita, el reloj con una cajonera violeta, la lámpara de tela naranja. Pero luego están los días, esos que tu memoria prefiere borrar, quedarse con esto que te emociona, que hace que exista el mundo que recreas en tu interior y que hoy sacas a la luz. Los días en que tu imaginación sublima aquello que no te gusta, y te imaginas siendo pequeñita, casi invisible, y puedes colarte por las grietas de las pareces para escaparte de ir al colegio. Un sitio donde todo ese mundo se estropea, donde todo se vuelve vano, viscoso y vulgar. Lo malo de los recuerdos, es lo que olvidas, lo que te gustaría recordar, pero ya no puedes. Y no saber la razón. Y aún así, recuerdo ser feliz. Recuerdo una profesora que nos contaba cuentos para dormir, todos en el suelo, recuerdo panderetas, triángulos de música. Recuerdo una profesora que tocaba canciones con una flauta.
Algunas cosas producen verdadera nostalgia. La gente ya no te conoce, no te reconoce en esa personita que fuiste. No te han visto salir, encontrar tu propio sitio. No han visto los pasos que tuviste que dar sola, a ciegas, para poder salir.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Y que Schopenhauer diga lo que quiera

No se nace para estar quieto, ni para estar aburrido. No se nace para soñar delante de unos apuntes, o mientras pones copas en un bar. No hemos nacido para pedir paella para uno en Formentera, (dime que es domingo...), ni para ir a la ciudad de Sylvia. Yo no he nacido para mirar desde fuera, para saludar con educación, para callarme lo que me parece el mundo y lo que puedo conocer de él. Ni para ignorar el abismo que sé que existe aunque yo intente concentrarme entre climas cálidos y revoluciones industriales. Porque entonces me viene el océano profundo y oscuro, el ancho mar que encuentro desde la orilla, desde un avión, un barco, y desde tus ojos. Se nace para temblar, para tambalearse, como los arrecifes que se mueven al compás del agua, como el trance que lleva a cerrar los ojos en un segundo en el que nadie se da cuenta de la combustión que un día, de repente, explota. No hemos nacido para no querer gritar cuando nadie nos oye, para no explorar los propios límites. Para dejar de jugar, ni de llorar de risa hasta que el estómago duele. Para no correr tirando de una cinta de tela en el desierto hasta acabar mareado y exhausto. No se puede ser Eva cuando se ha nacido Lilith. Y que Schopenhauer diga lo que quiera.