martes, 27 de diciembre de 2011

Historia de unos Héroes


Érase una vez, hace ya más de seiscientos días, apareció en mi camino un pequeño Cosmonauta. Al principio no le reconocí. Quizá, porque llevaba en el hombro una rata de goma. Llamadme rara, pero no acostumbraba yo a cruzarme a Cosmonautas de triste figura, y menos disfrazados de noche de Halloween.

Además, me asustó un poco, porque nada más verme me señaló con el dedo, y parecía hacer conjuras amenazantes y profecías que, curiosamente, un día se cumplirían.
En aquel entonces yo era un pobre cervatillo disfrazado de princesa, y claro, salí huyendo, como buen Bambi asustado.
Creo que el pequeño Cosmonauta no se percató en ese momento de que yo tenía más de cervatillo que de princesa, y como buen caballero andante, anduvo tras la princesa siempre que tuvo ocasión.
Yo no lo sabía, pero este Cosmonauta no era como los demás. Estaba cargado de historias del pasado, de sueños y de regalos. Pero no nos engañemos, él también era asustadizo; y cuando tenía cerca, muy cerca, como para poder sentirlo, el aliento de la princesa, sin quererlo, él se acobardaba. Y como si de una pesadilla de Galeano se tratase, no podía hablar. Se le acababan las palabras.
La princesa Bambi, al verle así, no lo entendía; y se indignaba: “¡Pero si yo soy una princesa de lo más normal, de lo más cercana! –se decía-. ¿Por qué me tendrá tanto miedo?”. Pronto el Cosmonauta descubriría que eso de indignarse era algo muy común en la princesa cervatilla; que su simpatía posterior por el 15-M, no vino por casualidad.

No obstante, la princesa era más lista de lo que todos creían; y la primera vez que tuvieron una cita, le dejó serenarse, hablándole de música de Alberto Iglesias y de los arrecifes coralinos que se movían bajo del agua al compás. -Ella no sabía en ese momento, que llegaría el  día en que contemplaría esos mismos arrecifes, y escucharía esa misma música en su cabeza, debajo del mar, junto a él-. 
Pero ella sabía desde muy dentro que aquel caballero, bien escondido bajo su armadura, tenía mucho de qué hablar, y mucho que decir, aunque lo hiciera siempre en voz baja y entrecortada.
Con esfuerzo, la princesa Bambi descubrió que aquél chico del espacio había bajado a la tierra para irse a una pequeña ciudad a buscar mundo, a dejar su ciudad natal atrás, a probar suerte; porque era muy valiente, y tenía mucho que mostrar al mundo.
Los más sabios dicen que todos venimos al mundo para dos cosas: para enseñar todo lo que sabemos, y también para aprender. A dar y recibir.
Durante mucho tiempo el pequeño cosmonauta se dedicó a aprender, y también a aportar. Empezó a ilusionarse mucho, porque toda su labor y esfuerzo se veían  compensados con miradas de orgullo y aprobación por parte de todos los que tenía a su alrededor.
El caballero de la triste figura se volvió todo luz, todo talento y,  lo que escribía, cobraba vida propia. Estaba cargado de sueños, de vida y de ilusiones. Y rebosante  de pasión. De mucha pasión.
El caballero era muy tímido. De hecho, una de sus mejores amigas tuvo que gritarle ¡Deja de hablarle a tu hombrooooo! Y eso le hizo reaccionar. Pero no nos engañemos. El caballero sería todo lo tímido que queramos; pero  también sabía cómo apañárselas para no ir a pedir una ensalada al burger king, ya sabéis a lo que me refiero.
Era un romántico sin remedio, porque si no, por que buscar una princesa?. Y no la buscaba solo para una ensalada… ni para un abrazo en un burdel… ni para una única noche.
Rascando rascando, la princesa descubrió que el pequeño Cosmonauta tenía un día mundial de la melancolía, y hasta una oficina en Varsovia; que era trágico y lunar, que era un niño en un cuerpo de hombre. Tenía una revista de cuando era muy joven, llamada Mi Derrota. Irónico título, teniendo en cuenta que para la princesa era el mayor de los héroes que se había encontrado en mucho tiempo.
Ella se prendó de toda esa ilusión que desparramaba el caballero, de todas esas ganas de vivir, de luchar, y de mostrarse al mundo. Tanto que de un beso la despertó de su sueño dogmático, para hacerle ver que ella podía dejar esa cama tan aburrida y salir del castillo, probar suerte y convertirse en la novia de Aladín, corriendo por los zocos para robar unos melones sin que les pillara la guardia. Para ella eso era vivir peligrosamente, ya que nuca había salido de su castillo, y mucho menos de su ciudad.
Estaba acostumbrada a los caballeros que se enamoraban de su belleza, y ya no tenía que esforzarse más, porque los príncipes encontraban en ella todos sus sueños hechos realidad.
Pero este pequeño asteroide la iba a perturbar, hablándole de paraísos perdidos, héroes olvidados y ciudades aún sin explorar. Ella estaba deseando subirse a la alfombra mágica, pero también le daba mucho temor. “¿Y si me caigo? -Se preguntaba-. ¿Y si él, que es un Cosmonauta, y se desenvuelve bien entre las estrellas, me abandona en medio de un cometa? ¿Cómo haría para volver a mi seguro y plácido castillo? Ella ya soñó una vez que iba saltando de planeta en planeta, hasta que llegó al Sol, y se le caía un niño al que llevaba de la mano. Luego volvía al patio del colegio, y un rayo que vino de las alturas la castigó con no volver a soñar con volar. Y empezó a mirar al suelo, a la tierra, sin rechistar. Las cosas que vienen del cielo no se pueden cuestionar, ya se lo habían enseñado desde muy chiquitita.
Ella solo se permitía soñar desde la pantalla de un cine, desde una canción, desde los libros y las historias. Hasta que llegó este amante tropical. ¡Con lo a gusto que estaba la princesa en su castillo de hielo!. Sin canciones de Kiko Veneno y sin saber que con un “Como desees, princesa” de verdad, de verdad de la buena, se podía llegar a las estrellas.
Pero para cuando lo supo, ya era demasiado tarde. El Cosmonauta se había marchado dando un portazo a su paso. Y no era de extrañar. Cualquier pájaro acostumbrado a volar se deprimiría en una jaula durante un tiempo prolongado. Él no sabía que no es que la princesa no quisiera flotar sino que, el abismo, le daba demasiado vértigo. Y para cuando ella se quiso rebelar contra su castigo, ya no quedaban sueños entrelazados, ni danzas compartidas, ni arrecifes al compás.
Así que un día la princesa convirtió en furia todo a su alrededor, la noche se llenó de truenos, relámpagos y centellas, y con los puños apretados, dijo en alto que no. Desafió, como Shakespeare, al destino, al bufón inmundo, que la había llevado a las profundidades del subsuelo, a las alcantarillas… “¡Pero si yo soy un signo de aire! ¡Necesito volar! ” Esa noche llovió a cántaros, nadie pudo dormir a causa del llanto de la princesa, encerrada en su castillo. Sus lágrimas colmaron de nuevas cosechas la tierra. Como diría Sabina, hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Y entonces ella hizo un pacto con el cielo: aquel rayo la perdonó, a cambio de que pagara un precio que no le quiso desvelar;  ella aceptó sin pensarlo, y quedó liberada. Todo con tal de vivir su vida de verdad, y despojarse de ese miedo a volar, que solo le había traído amargura, soledad y desengaño.



Al pequeño Cosmonauta tampoco le fue mucho mejor; fue dejando sus sueños repartidos por las aceras, se le caducaron los polvos mágicos que Campanilla le había regalado; y fue sumiéndose en una profunda melancolía. El planeta Melancolía es peligroso, siempre amenaza con acercarse demasiado, pero rara vez lo hace de verdad. Muchas veces nos confunde, nos hace ver que va a llegar,  nos va a coger y a arrasar con todo; pero los estudios demuestran que no es así, que nosotros somos más fuertes.
Pero al pequeño Cosmonauta esto no le consolaba. Se sentía frustrado, desconsolado, y profundamente cabreado. No podía ver la luz que había dejado a su paso el planeta, porque ahora siempre miraba al suelo. Pensaba que había dejado de brillar, aunque todos se paraban a mirarle siempre. “¿Qué hace este pequeño ser tan brillante y tan triste? No debería estar  así. A todos nos encantan sus historias, llenas de pasión.” –se decían-.
Se fue haciendo cada día más y más pequeño, para él casi invisible, pero no contaba con que tanto la princesa como sus amigos le veían tal como era en realidad.
El caballero de la triste figura se convirtió en un Atreyu en el pantano de la Tristeza, y creía de verdad que nunca conseguiría atravesarlo del todo. “¡No dejaré que te hundas!” le gritaba la princesa desde el otro lado del mundo. Él no la oía ni sabía lo cerca que estaba de traspasarlo, tan pronto como mirase al horizonte y se desprendiera de ese cieno pegajoso que le invadía. Era normal, el pantano hacía bien su trabajo, haciéndole creer que él no tenía valor, y que nunca había sido realmente un Cosmonauta de verdad.
A él se le olvidó que en ese pantano todo se ve negro y triste, pero que era el camino que irremediablemente tenía que surcar para llegar a su destino: El Espejo.
La princesa, desde su melancolía, sabía que él llegaría a ese Espejo. Le había conocido el tiempo suficiente para probar su esencia, asimilarla, hacerla formar parte de ella; y sentía muy dentro cómo él iba a salir del pantano e iba a encontrar su camino, pero sufría viéndo su desconfianza.
Ese Espejo era una prueba, y sólo tenía que mirarse en él, frente a frente. Mirarse tal y como era, y no como él se veía, cada vez más apagado, encolerizado y pequeño. Pero el pequeño Cosmonauta necesitaba tiempo. No se perdonaba ni perdonaba a la princesa por haber dejado de volar, pero no sabía que esos polvos mágicos podían resucitar, en cuanto resucitase su Fe. Sí, exactamente como Peter Pan. Todo está en Creer. En Confiar en que llegaría a Nunca Jamás, en que él podía volver a volar, y solo tenía que esperar el momento, y saber dónde aterrizar.
No son tiempos para soñadores, dicen por ahí; pero eso nunca le había frenado hasta ahora. Solo necesitaba recuperar su vieja fe, tener paciencia, y el momento llegaría. El Peter Pan adulto era un aguafiestas que siempre le decía que no iba a ser capaz, que ya era demasiado mayor, demasiado alto, demasiado bajo, que las entrevistas nunca iban a llegar. Y el Peter Pan pequeño, escondido y miedoso del mayor, se mantenía calladito en un rincón. Pero estaba pugnando por salir, por gritarle a su Yo mayor que no, que estaba equivocado, que hoy es siempre todavía, y que, además, no era tan mayor (y bien sabe el cielo que eso era verdad).
La princesa sabía que volvería a verle volar, aunque fuese desde abajo,  mirando al cielo y deseándole suerte. Mientras el niño y el hombre Pan discutían, la princesa iba aprendiendo a dar pequeños pasitos, a aguantar el equilibrio, a hacer todas esas cosas que siempre había podido hacer pero que siempre había temido. En su soledad, tuvo mucho tiempo para pensar en sí misma, para saber que ella llevaba dentro la magia, que era capaz de volar, y ahora solo había que aprender poquito a poco, e intentarlo.
Ironías de la vida, el caballero había volado y ahora no recordaba cómo, y actuaba como si nunca lo hubiese hecho; y ella estaba aprendiendo ahora… ¡y él se consideraba demasiado mayor! “si tú te vieras como te veo yo…” -pensaba la princesa.
Ella se dio cuenta de que aquel castigo se lo había impuesto ella sola, y no aquel rayo, en su sueño; y ahora tenía que pagar el precio de ese error. Así, empezó a salir de su castillo, a mirar el mundo y a mirarse a sí misma: ¿Qué quiero yo? Se preguntaba en el  Espejo. Y el Espejo le respondía: “Quieres ser feliz. Quieres creer en ti. Quieres dejar de estar bloqueada por tu falta de confianza. Quieres hacer todo lo que te gusta. Quieres brillar. Quieres ser filósofa, escritora, artista. Quieres viajar. Quieres vivir. Quieres amar. Quieres dar y recibir. Quieres ganar y que todos ganen, y no llevar razón. Quieres ver el Planeta Melancolía sin miedo, porque sabes que pelearás si se acerca demasiado.”
Todo eso se propuso la princesa, y todo eso iba a hacer. Solo a veces, de vez en cuando, se le encogía el corazón pensando en el caballero. Y pensaba y pensaba y sentía y volvía a sentir, y desde su castillo, algunas noches, le mandaba al señor Pan todo el amor, todo el apoyo y toda la confianza que el Pantano de la Tristeza le había arrebatado. Ella sabía que un muro impedía que eso le llegara al caballero, pero no tenía prisa.
Los corazones con alas nunca dejan de latir, solamente cuando abandonan sus alas. Y ella quería verle de nuevo volar, porque así lo había conocido.
Otras noches, se imaginaba a sí misma, en su propia alfombra mágica, encontrándose con él, ya devuelto a las estrellas. Y aunque nunca se puede adivinar el mañana, sí se sabe es que todas las estrellas conspiran y bailan a su alrededor cuando ellos se encuentran cerca y se superponen sus almas.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Pensar, Vivir, Soñar, Comprender, Compartir...

Pensar, Vivir, Soñar, Comprender, Compartir......Y seguir.


Pero ya no importa
que las balas me alcancen
ni que yo te lance claveles
que tú nunca vas a oler
y papeles
en los que nunca voy a escribir,
mientras me toquen
los dedos del viento.
Ahora me dedico a escucharle
-a través de tus ojos, tal vez-.
Pero morir llena, no vacía
Y yo voy sumando cadáveres
en esta dramática comedia
que alguna vez espero convertir
en arte y poesía.


Esto no es una elegía,
ni es un romance, ni un verso
Más bien una acción de gracias
Por darle a mis ansias
razón para un beso
Una modesta corona encontrada en la aurora.

Tú me recuerdas el mundo de un adolescente
Un seminiño asustado, mirando a la gente
Un ángel interrogado, un sueño acostado
La maldición, la blasfemia de un continente,
y un poco de muerte…
Y un poco de muerte.

La ley del Deseo

La ley del deseo

Ya lo dijo Kundera: Sólo tenemos una vida, ojalá pudiéramos vivir dos veces, o ver, desde una mirilla, qué habría pasado si, en vez de una decisión, hubiésemos optado por otra... El origen de la Tragedia.
...Que la primera vez marca el destino de las personas. O que es señal de lo que son. De lo que quieren. De lo que esperan. De sus desengaños e ingenuidades.
Pensar tanto no debe ser bueno. Pero no conozco otra forma de relacionarme con el mundo. Con la vida. La balsa de la medusa.


Premisas equivocadas.
Pruebas de casos.
Reducciones al absurdo.
Derivadas perdidas.
Secuentes inconclusos.
Lógica truncada, menor y desafinada...

Eros&Tánatos

A veces me gusta que Eros y Tánatos converjan. Que no todo sea luz y buenas palabras (…o apariencias).
No quiero lo que estoy esperando oír. Me gusta ver lo que sale de las entrañas de una persona, porque me parece lo más auténtico. Lo genuino, inefable y crudo.
Pero por eso, también, las mariposas ya no me llaman. Ya no bailan para ti. Ni te hablo de lo que me gusta de la luna, del caos, de los sutiles olores, ni de todo lo que nos queda por hacer.
A ti me une lo que nadie ve. Lo que nadie conoce de nosotros, porque es nuestro.
Pero ahora el encanto no existe. Ni tan siquiera duerme. Queda el Desencanto, y el deseo de la sangre. La vista nublada. Risas compartidas, y engaños fingidos, cómplices. Lo Vulgar.
Cambié el Verso, lo Sublime, por la Prosa vil de la vida (sucia eficacia...).
Porque aposté por el Abismo, ya no tengo Vértigo.
Libre de mostrarme, de la forma en que antes ansiaba.
Y ahora, desde el vacío, te miro. Y ya no duele.
Juntos, esperamos a Godot, entre suspiros.

Y no quiero saber nada de lo que te pasa. De lo que sufres. De lo que recuerdas. De tu vida antes de conocerme. Porque he aprendido las reglas del juego, y este es mi Último Tango en París.
Me has convertido en una autómata. En un Malentendido de Camus. Que no miente. Que no sufre. Pero, sobre todo, que no siente.
Ahora que te has ido, que volé (y volaste) lejos de mi nido, y sabes que no lo necesito, que aprendí a cuidarme mucho, ahora que conoces, que sabes de mi fuerza, no me sueltas.
Pero el autómata no olvida. Ni el existencialismo es un humanismo, ni París era una fiesta. Ni más ni menos de lo que ves (ni tan arrepentida, ni encantada…) y pongo mi alma al revés.
Pero mi esencia es la misma. Ávida de conocimiento y experiencia (sólo así, decía Cicerón, puede ser sabio el filósofo) Contemplando. Escuchando.
Pero desde las gradas, ese es tu legado. Y jugar a jugar. Y mirar sin ver. (Felices los que son felices...)
Porque esta vez, tu tiempo, tu tiempo, es el que se agota para hacer(m)e sentir.
Mientras yo lleno de tardes mi tranquilidad
para adornar mis pensamientos.
Y estoicamente sé
que puedo vivir así.
Sin Ulises en Ítaca
y sin alquimistas.
Sin altruismos enmascarados
ni regalos envenenados
...

Fuentes: Freud, Federico García Lorca, El último de la fila, Kierkegaard, Esperando a Godot, Ernest Hemingwa; Sartre, Uva de la vieja parra de el último de la fila

Anacrónica Madame Bovary

Dicen que todo sucede por alguna razón… El problema es saber cuál.
Mientras tanto, yo sigo sorprendiéndome a mí misma, abriendo nuevos horizontes… o eso me gustaría creer. Haciendo cosas impensables hace un tiempo. Abriéndome paso entre la maleza, que antes, simplemente, habría ignorado, porque me asustaba.
Por intentar conocerme, casi caigo al abismo, en un equilibrio inestable donde apenas me reconozco, donde me encuentro extraña (y ya decía Freud: que no somos dueños ni de nuestra propia casa…) pero en el que siento que debo estar, que es necesario para mí.
La curiosidad me puede, en todo lo que me queda por vivir.
No dejo de apostar, de abrir puertas que ni tan siquiera sabía que existían.
Otras veces, en cambio, siento que me protejo demasiado, en un caparazón pre-púber, para no hacerme daño. Pero intento, procuro, no hacerlo. Porque quiero que todo esto sirva de algo. Y no despertar una mañana sintiendo que realmente voy andando a tientas, en sinsentidos y malentendios de Camus, en oscuros túneles inventados por Ernesto Sábato, pintados por Juan Pablo Castel, y pensados por María Iribarne.
Sigo anclada en ideales anacrónicos, en pensamientos que no me conducen a ninguna parte, pero que son el único recordatorio de lo que un día fui. Pero sé que el hipnotismo es igual a desasosiego, y la esperanza igual a desengaño. (Y un año, igual a trescientos sesenta y cinco días de desengaños...)
Sólo queda, como diría Woody Allen en Desmontando a Harry, -en un lenguaje existencialista postmoderno-,
"Nihilismo
Cinismo
Sarcasmo
Y Orgasmo".

Porque la Emma Bovary de hoy, no se suicidaría con un triste matarratas.

Fuentes: Kierkegaard, Freud, El Túnel de Ernesto Sábato, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Desmontando a Harry, y una época de búsqueda y camino a la perdición.

Siempre perdidos, buscamos el fin

Pasado, presente, futuro.
 “Quién nos iba a decir. Cómo adivinar…”
Cómo escapar de esta marea humana que nos consume, que necesitamos tanto como nos aflige. Salimos a
la calle con nuestros temores hechos costra, tan vulnerables a lo que nos rodea, tan ignorantes sobre los escudos de los demás, y buscamos nuestro propio cobijo, dando por hecho lo que todos sienten, y opinando sobre lo que deberían sentir. Sin acertar al creernos poderosos, ni tampoco al sentirnos débiles.
Probando, como los científicos, induciendo verdades del pasado, intentando acertar, definiendo tácticas, disimulando el dolor y la decepción que nos acompaña.
Engañando a los demás, y a nosotros mismos, o siendo engañados por otros. La tragedia del tiempo. Del
azar. De probar a jugar, y de jugar a probar. Víctimas de víctimas, verdugos de verdugos.
¿Que "el tiempo pone a cada uno en su sitio"? ¿Que “esa persona no te merecía”? ¿Que "has tenido mala suerte", o "no te han sabido valorar"? 
Frases superpuestas, que pierden su valor en el devenir, en el río que hoy es y mañana no será.
De qué vale sentir, apostar, perder, temer, amar, odiar.
Todo fluye, nada es. No hay respuestas en los libros, ni en la ciencia. Permanecemos en la misma caverna, aunque sepamos que estamos en ella, porque no podemos salir. Los que queremos, aunque duela, nos
llenamos las uñas de tierra intentando estar fuera. Y nada cobra sentido después.
Tan sólo nos adaptamos y nos convencemos con esas frases superpuestas.
Algunos juegan a ser dioses imponiendo unas reglas establecidas. No se dan cuenta de lo lejos  que están del limbo, cuando no se paran a pensar, a ver, .que estás en un medio en el que aún no logras desenvolverte, donde no entiendes nada y juegas al ensayo y error, como si aprendieras a vivir. 
Y quien sepa vivir, que me lo diga. 

Fuentes: desengaños y vivencias mal planteadas, creyendo que eso era lo correcto e inteligente.
 

La Caminante y su Sombra

Desde que dejé de correr por las calles, de inventar mundos mejores, de imaginarte cuando aún no existías…
Desde que dejé las ganas que tenía de poder hacerme muy pequeña, casi invisible, y esconderme por las grietas de las paredes, para no tener que ir al colegio…
Desde que dejó de gustarme mirarme al espejo y en los ojos ajenos,
Desde que dejé de creerme que los míos reflejan mi alma, y que a través de ellos se puede ver todo lo que quisiera decir, pero no sé hacerlo.
Desde que dejé de encontrar el sentido en los libros antiguos, en el aire que me envuelve, en las canciones que me conmueven, en los cuadros que me inspiran y me transportan, en las palabras de un desconocido, en las miradas aún sin descifrar, en los enigmas sin resolver, en mi pobre Heráclito, que se atrevió a admitir que nunca conseguiremos salir del círculo: que la vida es aporía, aforismo. Y nadie le hizo caso, y encima le llamaron “el Oscuro”.
Desde que encontré la plenitud en todo eso, en eso que no te puedo explicar, porque me llega tanto por dentro, y nunca lo podrás entender, porque tendría que salir de mí para contártelo. La felicidad cuando caigo, cuando vuelvo a hacer como-si fuera niña otra vez, ganándome la confianza de los locos, subiéndome a las moreras, y observando la magia de todo lo que se ha movido siempre…
Pero nada ha sido nunca como yo hubiese querido. Jamás viví las historias que leía, que sentía, que escuchaba. Y ya no me hago pequeña e invisible, sino que todo se vuelve pequeño a mi alrededor. Mi ciudad no me cobija. Las grietas se han cerrado, no me dejan entrar, y ya no tengo sueños en los que el aire no me deja avanzar, o donde hay casas en medio de la carretera, que me transportan al infinito, y cuando despierto no lo puedo ni nombrar.
El mundo no me acompaña. Y no sé si fui yo quien abandonó todo eso, o si todo eso, un día, me abandonó a mí.
Observo mi mundo: hostil, sucio, oscuro, cerrado, vacío, incierto, decepcionante, desconfiado, insatisfecho, solitario: la caminante acompañada de su sombra.


Fuentes: Friedrich Nietzsche: El caminante y su sombra, mi imaginación y recuerdos de la infancia, los sueños que tenía de pequeña, en un baño de pesimismo

La Hormiga

Aun cuando todas las miradas del mundo… Pudieran escrutarme.
Tendría que encontrar la forma de decirte que lo sé. Entonces tendría que poder hacerlo, tendría que materializar lo informe.
Aristóteles debió hablar sólo de la potencia, de la semilla, del posible árbol de mil hojas y tres mil millones de frutos. Con toda la belleza, con toda la sabiduría, con la verdad intrínseca que se oculta porque no necesita mostrarse, gusta de ocultarse, y no se le pregunta.
Cómo describir lo que no tiene identidad ni nombre.
Lo que solo puede contemplar, admirar, sentir, simplemente sentir, tan dentro que no puedo, que no sé, y ahora profesora, y tal vez, lo siguiente, quién sabe. La buscadora de Ulises, perseguidora de Ítacas aún por inventar. ¿Toda una vida para encontrarme?
Imaginar una hormiga que preguntara por qué ser obrera, por qué reina, por qué guerrera, si acaso no podría recorrer todos los hormigueros, todos los árboles, de todo el universo.
A veces siento tanta nostalgia, me siento tan cerca y tan lejos de todo el mundo, tan lejos de mí, como si no me dejara acercarme.


Fuentes:  Aristóteles, Heráclito, Ángeles Costa, mi profesora de filosofía, Homero, y mi propia búsqueda.
Verano de 2011.