lunes, 13 de noviembre de 2017

ejercicio dramaturgia

Los bebés son fáciles de matar y son una fuente muy buena de proteínas, a mí me encanta alimentarme de ellos. Cuando estás criando a los bebés para descuartizarlos, estarán listos entre las 8 a las 12 semanas de vida, es lo ideal si quieres que su carne esté tierna y al punto. Lo mejor es no darles de comer el día anterior a descuartizarlo, para que no queden restos en su interior. Me gusta poner al bebé en una cajita pequeña, me encanta ver cómo se queda quieto sobre una mesa. Me gusta matarlo con un golpe rápido y seco detrás de su orejas, usando un trozo de madera. También me gusta usar un cuchillo carnicero para cortarle la cabeza. Me encanta cogerlo de las piernas y darle la vuelta para que toda su sangre caiga dentro de un cubo. Las morcillas de bebé salen exquisitas. Después de que se desangre, me gusta cogerlo y mirarlo a los ojos. Está pálido y frío. Entonces le corto las piernas y brazos con el mismo cuchillo carnicero de antes.
Ahora que es solo un tronco sin cabeza sin cabeza ni extremidades, me quedo mirándolo de espaldas. Cojo unas tijeras y hago un pequeño agujero en la piel de la parte de dentro de sus piernas. Después voy tirando de su piel desde las piernas hasta la mitad de la barriga, y después de las extremidades. Me la como después, tostada en la sartén. Entonces llega el mejor momento, en el que más disfruto: corto el centro de la barriga, con cuidado de no pinchar ningún órgano ni de cortar su ano. Entonces, con mis manos voy sacando cuidadosamente los órganos, que quedan chorreando de sangre. Después limpio órgano a órgano y los miro cuidadosamente antes de que se deshagan en mi boca. Mis partes favoritas son el corazón, los riñones y el hígado. Después me gusta mojar lo que queda del bebé con agua corriente fría y luego lo remojo en un baño de agua helada, durante quince minutos, para que se limpie y degustarlo después.
A veces creo que la vesícula me tiende una trampa como castigo: cuanta mayor es mi ansiedad, menos cuidado llevo y se abre y la bilis contamina toda la carne del bebé. Por eso he aprendido a hacerlo despacito.

Las Iglesias son fáciles de hacer arder y son una fuente de calor en invierno, ya que por dentro están llenas de madera y materiales inflamables como el oro. Cuando quieres ver arder una iglesia, es bueno tomarte tu tiempo para planificarlo bien. Necesitas robarle la llave al cura cuando no mire, y para ello debes esperar a que vaya a cerrar la iglesia y pasar la noche dentro, para ver de dónde la coge y la deja a la mañana siguiente. Pasé mucho frío y miedo esa noche, las iglesias no tienen calefacción, solo piedra fría y bancos incómodos. Me quedé bajo la pila bautismal esperando a que se hiciese de día y dar la misa del gallo. Claro, era Nochebuena.
Cuando por fin me hice con la llave, fui a hacer una copia. Después volví, en plena Navidad, y antes de la última misa, usé gas de butano para atontar a los feligreses, y cuando por fin estaban todos dormidos, incluido el cura, me dediqué a encender, poco a poco, las telas del pórtico, y me deleité viendo la madera arder. Fui uno por uno, banco por banco, tela por tela, con ayuda de un poco de gasolina que había traído por si acaso no era suficiente con los métodos tradicionales que en un principio pensé usar.
Me encantó ver la cara de los fieles cuando despertaron, horrorizados por el humo y el calor, saliendo horrorizados de la iglesia, esa que tanto amaban. Yo me escabullí pasando desapercibido, y desde una esquina miré arder esa iglesia, con muchas sombras que corrían y corrían, buscando y pidiendo auxilio.

viernes, 27 de octubre de 2017

El Silencio

Tengo una relación extraña contigo; tal vez sea porque siempre me ha costado acercarme a esa parte de mí que creo que jamás he llegado a conocer del todo... Y así naciste tú, que te vuelves ensordecedor cuando hay algo en mí que grita, porque no sabe convertirse en voz, en sonido; en comunicación.

Me das miedo, tanto que te esquivo entre conversaciones que intentan llegar a algún puerto, donde no existas; donde, por fin, ya no me sienta desterrada y mi identidad adquiera forma. Conversaciones donde permanezco oculta, bajo tu mirada inquisidora amenazando con ser mi única compañía en un futuro próximo. Para mí eres un domingo por la tarde. Un sábado a mediodía. Yo, con las paredes amenazando con caérseme encima. Teniendo tanto que hacer, mi jardín sin cuidar, mi alma sin florecer, y buscando, antes que nada, que tú desaparezcas, para poder ocuparme  después de mí. Buscando llenar ese vacío que me pesa en el cuerpo, esa densidad, esa quietud donde mi vida entera se muestra ante mis ojos. Mi vida, la que no me gusta, en la que me juzgo y me juzgo y todo se vuelve catastrófico. Donde no puedo concentrarme ni leyendo, ni escribiendo. Contigo no me sereno. Me das demasiado vértigo. Cuando estás, tan puro y auténtico, la vida me da un vuelco.

Y, sin embargo, también me envuelves cuando necesito paz. Me envuelves cuando me adentro en el mundo de los sueños; cuando vuelvo al infinito espacio entre mi infancia y el otro lado del universo, donde reaparecen los cuentos que leía de niña en forma de arrullo y poema. Donde quería hacerme tan pequeña que pudiese caber entre las grietas de los muros de camino al colegio, y poder colarme por ellas. Cuando soñaba con un mundo que se abría en medio de la carretera y era sólo para mí.

Me envuelves cuando en mi mente no hay nada. Cuando cierro los ojos y el mundo muere. Me envuelves cuando me siento sola y también me envuelves cuando me siento plena y feliz. Me envuelves cuando miro a los ojos de mi padre. Cuando miro a mis amigos y se me encoge el corazón, sin decirlo, pensando en cuán importantes son para mí, en la melancolía de no poder inmortalizar ese momento en el que estamos juntos y somos felices. Me envuelves cuando siento a mi abuela conmigo, cerca de mí. Me envuelves cuando voy conduciendo, y desde ahí puedo ver nichos que antes estaban vacíos. Flores que antes no estaban y huecos que se van llenando. Me envuelves mientras escucho música, mientras leo los libros que me gustan, cuando veo buenas películas bajo una manta. Me envuelves cuando me das tregua.  Me envuelves en primavera, contemplando el mar y recordando al mismo tiempo, inevitablemente, los versos de Machado cuando perdió a su esposa: "Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar".

Odio cuando apareces sin ser llamado. Odio cuando temo que vengas, odio temer que vengas y no saber adaptarme a ti. Odio que seas un abismo que me separa de mí misma. Odio cuando los demás te imponen entre ellos y yo. Como un huracán que, cuando ya ha arrasado con todo, deja a su paso la paz del cansancio. La tregua que no es tal. El tiempo que ha de pasar para conseguir adaptarse a una nueva situación, tras la borrasca.


Me encanta que me acompañes mientras leo, que me inunde esa paz que tú tanto conoces, que vengáis los dos juntos, la paz y tú, a hacerme compañía. Porque entonces me siento a salvo contigo, y te vuelves la mano amiga.
Me encanta que te tornes viento que acaricia mi rostro mientras el sol me calienta; que te tornes ladera de montaña en la que sobrevuelan alimoches y quebrantahuesos junto a un lago calmo, con una barca solitaria. Acordarme de Casona y su barca sin pescador y del abismo que creaste entre el corazón de Antonio Machado y el mar. La jaula que tuvo que hacerse pájaro, sin saber qué haría con el miedo, de Alejandra Pizarnik. De Ernesto Sábato y sus demonios ciegos.

Y son dos silencios tan distintos, que uno me encoge la garganta y me aprieta la cintura, mientras que el otro ensancha mi alma y desata mi risa y el nudo en mi estómago, y las lágrimas se vuelven de alegría.

martes, 26 de septiembre de 2017

El hombre había...

Desoído el arrullo del mar que, cercano, quería avisarle de la pronta tempestad que iría a acecharle.
Era un mar salvaje, del atlántico norte, entre Tarifa y el otro lado del estrecho. Allí el olor era distinto. Los atardeceres, de intensos colores; y no sabía bien lo que andaba buscando allí, perdido como estaba en medio de su propia vorágine.
Desde Francia todo se veía distinto; de allí venía y no quería volver. Marruecos le había hechizado sin atinar a entender por qué; sentía que era allí donde debía estar, embebido del néctar del té ardiendo, rodeado de abejas hambrientas, de las caras desconocidas pero amables, de la belleza extrema del crepúsculo y las mujeres que le miraban con timidez.
Y allí, escribiendo, pensando, tan cercano a la orilla, no se percató de aquella ola que de repente le trajo de vuelta a la vida.


Ejercicio para Fulgencio Moreno Lax, escritura en 5 minutos. 26 de septiembre de 2017.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Y el encanto se duerme en mi boca

Como un cofre enterrado en el mar, el que me pertenece y el que brilla; que no es mío y puedo sentir cerca; suenan los Smiths y yo me pregunto qué dibujan las cuarenta palabras de tu papel. Tus guiones de cine y las historias que se ocultan bajo tus pies. Y tengo tanto por descubrir, por desenterrar, que voy poco a poco, pasando cada día, porque es verdad que la vida puede ser una aventura.


martes, 4 de agosto de 2015

Jonás



A veces los demás se vuelven un desafío que nunca hubiera esperado. Que me oyen como un arrullo lejano, que me ven pero como a través de una pantalla. Y yo me pregunto cuál es el mecanismo que lleva a ese ensimismamiento, a ese complejo de Jonás y esa piedra-losa de Sísifo. No puedo evitar hermanarme con toda esa ciénaga, pero me protejo. No puedo quedarme cerca porque me destrozaría si estuviera tan pegada que pudiera sentir aún más la incapacidad para ver, para estar ahí de verdad. Yo también necesito seguir mi propia senda, porque en la tuya, o en medio de las dos, me hago daño. Y no voy a seguir pensando en las posibilidades, si podrías ser de otra manera, dejar de hablar del pasado como tu tesoro más preciado, si podrías tratarme como yo quisiera, si antes, con otros, has sido de otra forma, y estabas ahí de verdad. Voy a quedarme sólo con el amanecer, aunque eso suponga dejar  de lado una parte de mí, esa que puedo compartir con todos, menos contigo. Y es que a veces no sé si lidio con un monstruo, con un pobre ser, o con un genio frustrado; o todas esas cosas a la vez. 


Julio contaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.

viernes, 31 de julio de 2015

Benerice

Hay sueños reparadores y sueños que te despiertan desconcertada y sin entender por qué aparecen personas sin sentido, que te hablan con una familiaridad que ya no existe. Pero ayer decidí que voy a hacer muis deberes, y aunque voy lento y despacio, voy cumpliendo mi palabra. Me sigue costando explicar algunas cosas, como el impacto y todo lo que se me viene leyendo un libro; lo bueno es que ahora sé que eso es por culpa de mi cerebro derecho, o del izquierdo; que lo boicotea. Y sabiendo todo esto de una forma mucho más concisa y clara, cómo funciono y cómo a veces intento procesar datos desde dos sistemas distintos, ya puedo ver sin juicios por qué tantas veces he dicho "estudiando emociones, sintiendo mentes", como Benerice de Allan Poe; intentando hacerlo todo al revés. Por suerte la imaginación me ha importado siempre, y por fin puedo centrarme en desarrollar esa parte, mía y de los adolescentes que pasen por mis manos. Con muchas ganas de desarrollar, extender y modificar mi cerebro "elástico y joven" y que por fin sus derroteros y enfoques cambien y siembren la muerte y el gemido en un lado, y la creación y la belleza de otro.

jueves, 30 de julio de 2015

En el nombre de la Ira

Ojalá con esta rabia que siento pudiera derribar muros, construir otros, darte a ti con ellos, y aprender a no necesitar nada más que eso que llevo dentro y que aún no he explotado, esa mina que me alienta y por la que siento tanta ira, por no haberle prestado atención, por no ser más clara, por estar escondida, por no haber encontrado su camino por sí sola. Este orgullo que hace que me resista a aceptar que no importa el tiempo perdido, que aún puedo hacerlo, pero para mí no es suficiente, porque hubiera querido tomarla de la mano, y de qué me sirve, cuando los demás tampoco me gustan, me parecen cobardes, egoístas, ególatras, y eso debiera hacer yo; no tener escrúpulos, pensar sólo en mí, decir la verdad aunque duela, aunque piense que no es justo y me puedo equivocar. Pero qué puedo decir yo, si no me aprovecho, no me reinvento, que voy a morir potencia, pudiendo ser acto.
Pero esto no es una elegía, ni un romance ni una promesa. Porque lo que se promete, se duda.  

Y es que con tanta porquería
la que nos mandan desde arriba
levantamos paraísos 
de inmundicia y alegría.