viernes, 27 de junio de 2014

jueves, 26 de junio de 2014

Ana me ha abandonado

Desde que Ana me abandonó, me siento un poco extraña, como si me tuviese que volver a construir, pero ahora lo acepto con resignación y curiosidad, no pataleo ni pienso en lo desgraciada que soy, ni echo de menos sus pinturas con cera ni las canciones de Évora, ni su Caos.
Es la primera vez que pienso en mí misma, que me he vuelto una cínica y mi lado romántico queda en un discreto segundo plano: es lo de menos. Lo de más es descubrir este vasto mundo con mis ojos recién estrenados.

sábado, 14 de junio de 2014

Deseada

- PEDRO: Siéndote fiel, nunca me fui más fiel a mí mismo. Pero busco una explicación a este parar del tiempo.

- DESEADA: ¿Tienes la sensación de perderlo?

- PEDRO: Lo reencuentro en ti. Frente a ti no tengo intenciones, ni buenas ni malas. Me rindo, me entrego sin condiciones. Me dejo ir tal cual soy. No tengo ganas de volver a correr por las calles del mundo.

Max Aub, Deseada


viernes, 13 de junio de 2014

Viaje al fin de la noche...

"Viajar es muy útil, hace trabajar la
imaginación. El resto no son sino decepciones y
fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A
eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales,
ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una
novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré,
que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer
igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida".

 Y siempre repites la Piedad inacabada. Mientras, la Pietà perfecta espera, paciente y silenciosa. Y por eso le das la vuelta al espejo. Mirarlo te desborda, te marea. Pero debes estudiarlo, cuidarlo, cada día. Leerlo, como un libro. "Los libros son como un hogar. En los libros podemos refugiar nuestros sueños, para que no se mueran de frío". Y Despedirte del resto de espejos. Llorar si es necesario por ese que hubieses querido que se quedase contigo. Y puede que así, descubramos un único camino. El nuestro.

El cielo de Lima

A veces no importa que nos despierte la angustia, que nos posemos en ella con un café en la mano y la voluntad en la otra, siempre que procuremos con ella entendernos para poder salir a flote, salir a flote de ese mar que imaginó Juan Ramón Jiménez cuando aún ni lo había visto por primera vez, y apenas sabía de su existencia. Porque hasta los más grandes poetas, que, casi se diría, designados antes de nacer por las estrellas, saben lo que es el desconsuelo, el deseo y los sueños dentro de un corazón que sienten incompleto e insatisfecho.
Y tiene que imaginarse y estar dispuesto a dejar todo atrás para irse con su desconocida Georgina, su espejismo de felicidadad, a la cual no conoce, no ha visto en su vida. El pobre Juan Ramón que no entiende, no sabe que no es ella quien le escribe realmente, que ha sido burdamente engañado, le dicen que ella ha muerto, y tiene que aceptarlo como viene. El dolor de la pérdida, y la humillación del engaño.
Y yo que leo su desesperación, me la quedo por dentro, y mi angustia se siente menos sola.
Porque siempre me quedará este mujeriego que se enamoró de un fantasma, y que luego no pudo superar la muerte de su mujer. Siempre me quedarán cosas por hacer, libros por leer, sitios por ver.
Los sueños son amigos cuando los sientes realizables, cuando  puedes compartirlos con alguien.
Pero se vuelven tristes cuando te despiertas como si te hubiesen engañado, como a él. De repente se tiñen de gris, como en unas fotos viejas y descoloridas que te da miedo mirar. Y te duele volver a esas fotos, o ver los colores en las de los demás.
Y tienes que reinventarte de nuevo, encontrarte de nuevo, rehacerte otra vez. Y ya no queda el calor de la compañía, sólo quedan las miradas vacías, el temor latente, la incertidumbre creciente. Las voces al otro lado, que te dicen que pasará, pero tú las escuchas desde lejos, como desde un mar sin faro, con un faro apagado.
Pero tienes que seguir nadando, buscando los siempres en los jamases.
Hoy lo haré por Juan Ramón. Mañana, no lo sé.



“CARTA A GEORGINA HÜBNER EN EL CIELO DE LIMA”
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner
[ha muerto”...
¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué día?
¿Cual oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rosar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?
...Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente inflamará los chuparrosas...
¡Ya está más fría y más solitaria La Punta 
 que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
“¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!”...
¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras...
¿Morena? ¿Casta? ¿Triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme “amigo”... o algo más...no sé...
algo que sentía tu corazón de veinte años!
—Me escribiste: “Mi primo me trajo ayer su libro

—¿Te acuerdas? —Y yo, pálido: “Pero... ¿usted
[tiene un primo?”.
Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama, Georgina... ¡En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca...
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!...
Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares,
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla...
¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas!... mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos... tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren...
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvado el amor, lo demás son palabras...
¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias
¿pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?
¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos... ¿Para qué? ¡Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos...
para tener la frente caída entre las manos,
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
ah, Georgina, Georgina! ¡Para que tú te mueras
una tarde, una noche... y sin que yo lo sepa!
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner
[ha muerto”...
Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?

jueves, 12 de junio de 2014

En busca del tiempo perdido

Me he prometido y te prometí que escribiría, que buscaría la belleza en este mundo, que no voy a volver a vivir en el mundo de espinas pudiendo habitar el de la mano amiga, los sueños compartidos, y la esperanza por encima de todo. Me prometo y te prometo, que no voy a seguir empeñándome, que voy a aceptar lo que me ha pasado, lo que me pasa, y que cada día es mi nuevo comienzo. Perdonar y perdonarme, leer hasta dormida, tener fe aun cuando no vea la salida. Confiar y sacar lo mejor que llevo dentro, estar preparada para las oportunidades que se me presenten.


Nubes extrañas

He echado de menos esas conversaciones, esas reflexiones que mantenía conmigo misma y con quien quisiera leerme. Nunca lo he valorado mucho, pero son voces viejas, como éstas, que acompañan. Echo de menos la calidez de mi voz, la belleza de mis pensamientos, las yemas de mis dedos cuando tecleaban mis ilusiones. Echo de menos mi alegría, mi corazón en paz, mis defensas relajadas. Echo de menos mi esencia, que no suele salir del todo, pero últimamente no aparece. Y no lo digo triste, ni desde el reproche. Me gusta echarme de menos. Es señal de que en el fondo no debo caerme tan mal, no debo estar tan enfadada conmigo misma siempre. Debe ser que hay una parte de mí que no está enfadada, ni en pugna constante con el mundo y todo lo que de él no me gusta. Una parte calladita que me mira y sonríe, paciente, esperando que me canse, que me agote y me rinda. Una parte de mí que quiere abrazarme, entenderme, consolarme, una parte de mí que sabe que soy la única que puede hacerlo y que está esperando, sentada, a que vuelva, para arroparme. Una parte de mí que está dispuesta a no poner resistencia, a no empeñarse en nada, aun cuando sienta que a su alrededor los demás se empeñan. Que no teme que le hagan daño. Que no necesita tener razón, dormir con un ojo abierto, ser más lista que el resto. La misma que me perdona por seguir en el camino equivocado, tal vez el de Swamm, ese que he elegido que ahora me acompañe.
Y a veces me pregunto cómo alguien con tanto amor puede dejarlo tan de lado. Puede que tenga la misma capacidad de sentir su contrario. Y sufro como nadie se imagina. Y entro en ese bucle porque no puedo perdonarme pensar que soy yo la que peor sufrimiento se autoinflige. Pero hay que salir del bucle, más cuando sé que no soy eso. Más cuando sé que tengo el coraje. Más cuando sé que puedo hacer lo que yo quiera, que lo que decido es porque quiero, y mis motivos tendré, y no sólo es el miedo.

Hamlet no duda: busca la solución auténtica y no las puertas de la casa o los caminos ya hechos -por más atajos y encrucijadas que propongan. Quiere la tangente que triza el misterio, la quinta hoja del trébol. Entre sí y no, qué infinita rosa de los vientos. Los príncipes de Dinamarca, esos halcones que eligen morirse de hambre antes de comer carne muerta.
    Cuando los zapatos aprietan, buena señal. Algo cambia ahí, algo que nos muestra, que sordamente nos pone, nos plantea. Por eso los monstruos son tan populares y los diarios se extasían con los terneros bicéfalos. ¡Qué oportunidades, qué esbozo de un gran salto hacia lo otro!
    Ahí viene López.
    -¿Qué tal, López?
    -¿Qué tal, che?
    Y así es como creen que se saludan. 





A veces, los días se despiertan nublados, como hoy. En el último sábado de Agosto. Y no sabes si es una suerte o una desgracia, pero ya no eres la misma. El futuro sigue apareciendo como una marea, como un obstáculo que no sabes descifrar, que te ilusiona pero en el que no terminas de confiar. El presente sigue incompleto... pero ya no piensas tanto en todo eso. Ni tampoco te juzgas igual. Ya sólo quieres una mano amiga que te serene, y sobretodo, la tuya propia, que te apoye cuando otros no lo hacen. Y ya no duele tanto que los demás te decepcionen. Claro que duele. Pero entiendes que aquellos que te juzgan, llevan su propio lastre. Y que si estuvieran en paz, no tendrían la necesidad de hacerlo. Y sólo quieres quedarte con lo bueno. Con las personas que te inspiran, que llevan el camino que tú quieres seguir. Que se ríen de sí mismas, y que han leído tanto que tienes que mirar la wikipedia cada vez que hablas con ellas. Que no ponen tantas condiciones a su amor, y que cumplen con su palabra. Aunque eso suponga quedarme un poco más sola. Menos de los demás, y más de mí.
Cada vez, necesito menos cosas...

domingo, 1 de junio de 2014

Para no olvidar

No debería escribir ni escribirte, pero algo tengo que hacer este domingo gris de mayo, estresada entre la vida que palpita dentro y la obligación de quedarme entre papeles que puede que algún día me sirvan para llenar clases, cumplir metas, y pagarme viajes.
Así que debo desterrarme y desterrarte. La vida es estupenda desde todos los ángulos, aunque viva en una pequeña ciudad con más huerta que cadáveres, aunque en ella se me caiga el mundo y yo tenga que levantarlo cada día para seguir creyendo, para seguir recordando que eso no soy yo. Por eso se lo prometo a tus ojos oceánicos, y sobretodo me lo prometo a mí.
Pues sí, no sé plantearme nada sin esta magia necesaria, y no basta con conocerla, hay que sacarla y aplicarla, no abandonar la esencia ni los propios sueños. Y me escribo para no olvidarlo.
Ahora sí, vuelvo a agachar la cabeza...