sábado, 24 de noviembre de 2012

La llama que quería ser cerilla

Los fueguitos saltaban y bailaban, reían sin cesar, conscientes del río de la vida que iban dejando pasar. Así que, mientras tanto, al observarlos, la llamita, -el fuego pequeñito-, se dio cuenta de que no podía seguir esperando, soñando... y fue consciente de que tenía que jugar. Que de nada servía pararse y mirar, deseando otras fogatas, otras hogueras compartidas donde poder acabar convertida en cenizas de felicidad. No veía cuánto necesitaba dejar de imaginar, de pensar... y aceptar su destino, fuera el que fuera, sin esperar nada, sabiendo que éste estaba lleno de sorpresas, aunque ella aún no pudiese verlas. Pero era justo para el mundo que dejara que su llama brillara como las demás. No tenía que tenerla reservada para un futuro, próximo o lejano, para un mundo que ni siquiera sabía si existía. La llama quería aprender a jugar, de nuevo, como cuando aprenden los niños pequeños. Siempre había estado muy ansiosa por jugar, sin entender que cada uno tiene su momento, y que no podía programar el suyo. Te llama sin avisar. Por eso, mientras tanto, y por si nunca llegara, la llama decidió no dejar de saltar, de bailar, de cantar. Y el resto de fogatas, de fogones, no puedieron dejar de admirar su brillo, en todo su esplendor.


Inspiración: Fueguitos de Eduardo Galeano, la historia de Palillo y Cerilla de Tim Burton, Heráclito y su río, una noche en Shantí Vasundhara, el río de mi vida, y la elegancia de mi amiga Veronica

martes, 13 de noviembre de 2012

El Pájaro Sin Caparazón

Cuando se encontraron, ella no supo qué hacer con él. De repente, se preguntó si sería capaz de almacenar tanto afecto, y tantas aventuras aún por descubrir. No se lo quería reconocer a sí misma, pero el pasado había dejado en su interior un poso de amargura, una sombra de desconfianza que la acompañaba allá donde fuera... y pensaba que no sería capaz de volver a crear una historia a su medida. Y, además, se sentía muy culpable. sólo se daba cuenta al final de cada suspiro de despecho, de rabia, que ella no se estaba dejando sentir, no se dejaba confiar. Y toda la realidad la dejaba insatisfecha, le parecía poco lo que el mundo, o su mundo, era capaz de ofrecer. Sabía que eran sus sueños, los que le impedían disfrutar de esa realidad, que también estaba compuesta de esa belleza, pero silenciosa, escondida, que debía buscar, y darle sentido, así, a cada uno de sus días.
Sabía que tal vez pedía mucho. Al final, su vida se volvía como esos sueños en los que el viento no la dejaba avanzar. Pero no sabía parar ese viento
Quisiera que aquél al que espera fuese de verdad el cuento lleno de ventajas en el que sumergirse para siempre. Con el que hacer de su vida una obra de arte. Y quisiera estar en paz con aquél, el pájaro que había dado lo que podía, más que nada, amor. Un amor apagado, cansado y triste. Quería acariciar esas heridas, y que él la perdonase, por no quedarse tan cerca. Ella, que le admiraba, que hubiese querido levantarle con sus propios brazos. Pero no podía. Ella veía su alma. Él había visto la de ella. Y los dos adoraban el alma del otro, y querían darse fuerzas, y armarse de valor, para seguir adelante. Pero no podía quedarse cerca. Le hubiese encantado que fuese su cuento, el suyo, la casualidad que estaba esperando. Y no podía. Se hacía daño intentando disfrazarlo, hacerlo más bonito. Como disfrazar a un perro de mago. Como ponerle caparazón a un pájaro. Ella estaba intentando lo que no podía ser, lo que no era su naturaleza. Y él, el hombre-pájaro, lo intentaba, quería ponerse ese caparazón para agradarla, para hacerla feliz.
Y ella de repente lo vio claro. Se echó las manos a la cara. Le miró con ternura, le acarició las alas, rotas de haber volado tanto, y tan alto. "Venimos de tierras tan distintas", pensaba ella...
Y eso que le hubiese gustado estar cerca, antes.
Los pájaros de ala rota vienen de países muy lejanos, han visto cosas que los demás jamás imaginaríamos. Pero ahora están cansados, tristes, desolados. Porque han dejado todo ese mundo atrás. Y los erizos que se cruzan, le reciben con los brazos abiertos, viven y sienten su vida como si estuviesen ante una pantalla de cine, se fascinan y ven toda esa luz proyectada en sus retinas. Y quieren estar cerca, confían en que esa melancolía desaparecerá con el tiempo. Porque un pájaro así ha de brillar. Los erizos son muy curiosos, y persistentes, y preguntan, e insisten, y sacan fuerzas de donde no las tienen cuando dan con un pájaro que viene de las alturas. El erizo siempre se queda cerca, cuidándole, haciéndole salir del nido y volver a volar. Mientras, el erizo iba escuchando todo eso que atormentaba al pobre pájaro, las pesadillas de crías caídas del nido, de pájaros que habían abandonado su camino, de tormentas que habían dejado sin resguardo a su corazón, y los nidos que con tanto amor él había construido. Con toda la creatividad de que era capaz. Y ahora, el pobre pájaro, estaba dispuesto a amar, a enmendar su vida. A darle a la vida, y a sí mismo, una oportunidad. Después de haber dejado en el pasado de confiar en las dos. Pero llegó ese pequeño erizo, lleno de cuentos y con el corazón abierto. Pero ni el pájaro podía vivir bajo tierra, ni el erizo sobre el cielo. Los dos lo intentaron. Y, siempre que podía, el erizo salía de su madriguera, para reunirse con el pájaro, que seguía inventando mil maneras de construir nidos, de todas las maneras que nadie más era capaz de pensar. Sólo a él se le ocurrían las formas más disparatadas, divertidas e inteligentes de crear formas de vida entre las aves. Algunos lo tomaban por loco. Otros le admiraban. Pero a nadie dejaba indiferente este pajarillo.

Fuentes:  Nietzsche, Lucía y el sexo y Los amantes del círculo polar de Medem, pequeño vals vienés de Federico García Lorca, Blade Runner, melancolía de Lars Von Trier, y El erizo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

-¿Por qué está tan Oscuro? -Al principio siempre está Oscuro...

Como queriendo ordenar mis pensamientos... Una vez que han pasado años. Que llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, y se supone que soy más fuerte. Pero lo cierto es que aún despierto por las noches sin aliento, sin entender qué es lo Importante.
Ni si es bueno o normal que la fatalidad del presente en un mundo gobernado de forma que no he elegido sea estrictamente la causa de que yo haya perdido el norte. Y no saber, por ello, en qué debo centrarme. Pensar, pensar y pensar, sin dejar hueco a sentir de forma genuina.
Y, así, dejarme llevar por la corriente de la inercia. Siendo incapaz de saber lo que realmente quiero. Porque son demasiadas cosas con las que tengo que lidiar. Pero la culpa y la falta de lógica en un mundo desquiciado perturban mi sentido común, a mi Yo esencial.
Y así no puedo centrarme, sin que pasen los días sin saber exactamente cómo, en una espiral de lo que ayer no hice, y dejé para un mañana que nunca llega. En el que todos los días son arrepentimientos y futuras promesas, porque nunca sé cómo, ni por dónde, empezar.
Ojalá supiera cómo hacer un reset en mi cabeza para poder ponerlo todo en orden de nuevo. Lo vuelvo a dejar todo desordenado, esperando, esperanzada, que llegue un nuevo día que me de la luz, la lucidez suficiente para, en un instante, saber lo que tengo que hacer. A qué he venido a este mundo, y tener el valor para hacerlo.
Mientras el tiempo se me escurre entre los dedos y yo sólo busco una anestesia diaria. Lo difícil que puede llegar a ser, simplemente, cambiar un hábito, una rutina, una pauta. Y yo, que siempre me he burlado de las personas que no sabían hacerlo.
Y querría saber cuál es la mejor pauta, la mejor rutina, para mí.

- ¿Por qué está tan oscuro?
- Al principio, siempre está oscuro...

Fuentes: Jean-Paul Sartre,: la vida auténtica, la libertad sin excusas, el concepto de Culpa, el final de La historia interminable, Maldita Dulzura