martes, 20 de mayo de 2014

No Tomorrow

And I find it kind of funny
I find it kind of sad
The dreams in which I'm dying are the best I've ever had
I find it hard to tell you,
I find it hard to take
When people run in circles it's a very, very
Mad world

But, I will...

lunes, 19 de mayo de 2014

El faro de mi isla

Érase una vez una laguna donde se encontraba desterrada una criatura de la naturaleza. El tiempo era húmedo allí, siempre estaba nublado y no había nadie más. Pero, a veces, la criatura encontraba espejismos que le hablaban y ella los escuchaba atentamente. Les contaban cuentos que la transportaban, le hacían olvidar esa laguna que habitaba no sabía desde cuándo. Ellos le hablaban de soles, de lunas, de estrellas, de castillos, de arenas, de paraísos no tan artificiales.
A ella le encantaba imaginárselo todo porque pensaba que nunca los volvería a ver, ya hacía mucho tiempo que su mundo cambió de color y se había vuelto gris. Había caído en la desesperanza, no podía esperar más, y no paraba de llorar. La laguna se iba inundando poco a poco con sus lágrimas. Las voces que escuchaba siempre le llegaban como lejanas resonancias, y sentía que sus gritos eran silenciosos y nadie más podía escucharlos.
A pesar de estar tan sola, no había aprendido a construir ni a defenderse, vivía entre palmeras y hojas secas, y cuando llovía, siempre se mojaba. Estaba indefensa y desolada. Y tan enfadada con el mundo, y consigo misma, que todos los días eran iguales para ella. Tiempo atrás, sus amigos habían acabado por abandonarla porque decían que no escuchaba, que no quería, que no reía, que se había desterrado a esa laguna ella misma pero que ni siquiera lo sabía.
Un día, esta criatura encontró por fin a alguien, un niño que la miraba ilusionada.
- ¡Hola!
"Inocencia es el niño..." pensó la criatura, recordando las palabras de Nietzsche.
- Me has olvidado -me dijo-. Ya no recuerdas quién soy, desde que aprendiste a verme como un enemigo, me rechazaste.
- ¿Cómo voy a conocerte, si no eres más que un niño? -dijo ella.
Al acercarse a él, vió que sus ojos tenían un brillo especial. El niño estaba rodeado de dibujos, de historias expresadas en garabatos. Había dibujado todo con lo que ella soñaba. La luz, el  mar, el cielo azul.
- Todo eso me resulta familiar...
- Claro, lo hicimos nosotros.
Ella no entendía nada, y le preguntó de qué se conocían. El niño se levantó y le mostró miles de lugares recónditos que a ella le provocaban nostalgia. Vio tantas imágenes, algunas dolorosas, las más certeras, y otras muy hermosas, que había olvidado.
- ¿Qué vas a hacer conmigo, ahora que me has recuperado?
- No volver a abandonarte.
- ¿Y cuando llueva y tengas frío? ¿Te olvidarás de mí?
- Nunca más me olvidaré de ti. Te arroparé con mis brazos para que no vuelvas a pasar frío.
- ¿Por qué te has sentido siempre tan sola? ¿No sabías que yo estaba contigo?
- No, no lo sabía. Perdóname.
- Y los días difíciles, los días en que decidas volver a esta laguna, abandonar nuestro arco iris, ¿volverás a huir de mí?
La criatura del universo comenzó a llorar
- Nunca he sabido cuidarte, ya lo sabes. Pero sí he sabido cuidar a los demás. Así que te cuidaré tan bien como siempre he hecho con el resto, con todo el mimo, todo el amor, toda la atención y la fe que he puesto en otros. Y aprenderé que eres lo más importante. Que sólo te necesito a ti. Que eres el faro de mi isla.

viernes, 16 de mayo de 2014

Si no te aferras

“Recordar es el mejor modo de olvidar”

Sigmund Freud


Una cosa es estar juntos y conectados, en una relación de pareja donde él o ella pueden irse, acercarse o quedarse y yo puedo también hacer lo propio, y otra cosa es estar enganchados.

Engancharse no es estar juntos, porque no sirve para conectarse con el otro, sino para tironear, para retener, para atrapar al otro y que no se pueda ir. Para escaparse va a tener que lastimarse y lastimarme, porque estamos atrapados. Esto no es estar juntos, ni tiene que ver con amor. Esto es un disfraz de la manipulación y del intento de controlar tu vida. Y a pesar de la gravedad de este planteo, nos seducen estas situaciones de control, nos encanta tener estos vínculos "seguros". Vivimos de alguna manera viendo cómo hacemos para tener al otro atrapado, para que el otro no se escape, para que no se vaya y dimensionamos las relaciones de pareja como relaciones en las que: "Los dos somos uno". "Somos una sola carne". "Yo para el otro y el otro para mí".

De alguna manera nos encanta este símbolo infame de nuestra condena al sufrimiento garantizado, que es: "No puedo vivir sin vos". ¡Qué pesado que suena!

Un poco más tibio pero igualmente condicionante es “Me haces tan feliz". Y yo digo siempre: no acepten, porque si aceptan tener ese poder van a tener que aceptar “Me arruinas la vida".

Pero lo cierto es que no tenés ese poder, nunca lo tuviste, aunque yo quisiera concedértelo. Me puede lastimar algo que hagas, algo que digas, eso sí, ¿pero hacerme sufrir?, la verdad que no.

¿Qué puede hacer el otro? “Puede hacer todo lo que a mí no me gusta" Muy bien, bárbaro. Pero si hace todo lo que a mí me disgusta ¿para qué me quedo? "Me quedo porque lo quiero" Bueno, si vos te quedas porque lo querés ¿es el otro el que te está haciendo sufrir? De ninguna manera. Entonces digo que soy yo el que me hago sufrir. ¡Claro que sí! Y posiblemente no sea sólo yo, pero seguro que tiene que ver más conmigo que con vos. Y lo que tiene que ver más conmigo que con vos es aquello que al principio llamamos el "sistema de creencias" de cada uno. Si me creo que para ser feliz vos tenés que hacer tal cosa y tal otra. Que para ser feliz vos tenés que conducirte de tal manera. Que para que yo sea feliz vos no tendrías que decir tal cosa o tal otra. Que para que yo no sufra vos deberías querer exactamente lo que yo quiero, en el exacto momento en que yo lo quiero. Y que no tendrías que querer ninguna otra cosa, porque si vos querés alguna otra cosa en un momento que no es el momento en que yo lo quiero, entonces yo sufro por tu culpa.

Y si no tenés el poder de hacerme sufrir mientras estés conmigo, menos aún tendrás ese poder si nos separamos. Pero no me voy, me quedo. ¿Para qué me quedo? Para cambiarte. Para conseguir que seas diferente. Para lograr que quieras exactamente eso que yo quiero. Y sobre todo porque no soporto la idea de perderte. ¡Eso! Para no perderte, te voy a cambiar. Lo cual significa en la práctica primero martirizarte y después de todas maneras perderte. Dos dramas al precio de uno. Y yo sostengo que este es un camino que nosotros tomamos para intentar evitar la pérdida, para esquivar la elaboración de un duelo.

¿Quién quiere estar al lado de alguien que ya no te ama? Yo no, vos tampoco y seguramente ninguno de los que leen esto en este momento. Entonces dejo de pretender agarrarte, dejo de querer engancharte. Y abro las manos y permito que te vayas. Y soporto el dolor sabiendo que una vez que elabore el duelo, una vez que trabaje con ese dolor, voy a quedar libre para poder amar a otra persona.."Sí, pero ¿quién me va a querer a mí ahora...?" Ah, entonces no te retengo por lo mucho que te amo, te retengo por mi propia inseguridad. Me quiero quedar en el confort de la tranquilidad de lo que tengo. No quiero conocer lo que sigue. No está mal, pero no tiene nada que ver con el amor.

Cuando veo infinitas parejas que sufren por estas cosas, me dicen que hacen todo esto porque no soportarían el dolor de la pérdida, que viven cagándose la vida porque no soportarían vivir durante seis meses el dolor que les ocasionaría no estar más con esa persona.

Casi todos preferimos tratar de ver cómo hacemos para manipular la conducta del otro para que haga lo que nosotros queremos, antes que pasar por el camino de las lágrimas y dar lugar, después de llorar, a que aparezca una persona que sea más afín con mis gustos y principios. Parece que obtuviéramos más placer en establecer nuestro poder, que en buscar otro que quiera lo que yo quiero.

En un divorcio el duelo significa aprender que la pérdida de este vínculo puede conducir a un encuentro mayor después. Con mi mejor amigo, mi hermano, mi hijo, mi pareja, lo mejor que me podría pasar es que cada uno de nosotros haga lo que en realidad tiene ganas de hacer y encontrarnos después, posiblemente para compartir aquello que más te gustó y aquello que más me gustó a mí. Pero para esto hay que soltar. Hay que dejar de temerle a la pérdida.

En la mesa del café, en la peluquería, en los vestuarios de los clubes, uno escucha una y otra vez comentarios como estos: "Ah, no! ¿Y si ella sale a tomar algo con un amigo y resulta que el amigo le gusta más que yo? Mejor que no salga con ningún amigo, mejor que no vea a ningún hombre, mejor que use anteojeras por la calle, mejor que nunca salga a la calle."

"¡Ah, no! ¡Y si él sale con sus amigos y se encuentra con otra chica, y si después los dos...? Vaya a saber... mejor lo controlo, mejor lo celo, mejor me le cuelgo encima para que no haya ninguna posibilidad de que me abandone".

Este es un martirio persecutorio y siniestro producto de mi propia dificultad para enfrentarme con la pérdida.

¿Y digo que lo hago porque te quiero mucho? ¡¡¡¡Mentiras!!!! Esto lo hago porque no he aprendido de verdad a soltar, porque no me di cuenta de que el único camino al crecimiento es elaborar los duelos de las cosas que no tengo; de que el único camino en realidad necesario para mi propio crecimiento es que yo viva mi historia como el pasaporte para lo que sigue.

Si de noche lloras porque el sol no está, las lágrimas te impedirán ver las estrellas. R. Tagore.

Seguir llorando aquello que no tengo me impide disfrutar esto que tengo ahora. Aprender a enfrentarse con el tema de la pérdida es aceptar vivir el duelo, saber que aquello que era es aquello que era y que ya no es más o por lo menos que ya no es lo mismo que era. De hecho nunca es lo mismo. Decía Heráclito: imposible bañarse dos veces en el mismo río. Ni el río trae la misma agua ni yo soy el mismo. Hay una pérdida necesaria. Cuando me doy cuenta de que algo ha muerto, de que algo está terminado, ese es un buen momento para soltar. Cuando ya no sirve, cuando ya no cumple, cuando ya no es, es el tiempo de soltar.

Lo que seguro no voy a hacer, si te amo de verdad, es querer retenerte. Lo que seguro no voy a hacer es tratar de engancharte, si es verdad que te amo.

¿Te amo a vos, o amo la comodidad de que estés al lado mío? ¿Estoy relacionado con vos, individuo, persona o estoy relacionado con mi idea de que ya te encontré y no quiero salir a buscar más a nadie?

La verdad es que la pregunta que hago a todos es la que me hago a mí. Si mañana yo llego a mi casa y mi esposa, después de 26 años de casados, me dice que no me quiere más...¿qué pasa? Primero dolor, angustia, tristeza y luego más dolor. Y después las dudas.

Me pregunto: ¿quiero yo seguir viviendo con alguien que no me quiere? Yo, no ella. Yo ¿quiero seguir?

La quiero enormemente ¿Alcanza? ¿Puedo yo quererla por los dos? La verdad...¡que no! Y la verdad es que esta es la historia: como sé que no puedo determinar que me quieras ni quererte por ambos, entonces...te dejo ir. No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono. Y no te dejo ir porque no me importe, te dejo ir porque me importa.

“Pero, Jorge, hay situaciones, momentos, donde una pareja pelea y lucha por el vínculo y después de un tiempo de roces se vuelven a encontrar". Sí, hay miles de parejas que antes de encontrarse debieron separarse y otras que se separaron y nunca se volvieron a encontrar y hay miles más que no se separaron nunca y vivieron cagándose la vida para siempre, y hay toda la serie de variaciones que se te ocurran. Pero seguramente el final de la historia de una pareja no pasa por cuánto consiga alguno de los dos mantener prisionero al otro. Cuando una pareja en problemas viene a consultar a un terapeuta, basta que uno de los dos sienta que se terminó, que no quiere más, que no tiene emoción, que se acabó el deseo, basta con que uno sostenga que agotó todos los recursos pero no le pasa nada, basta eso para saber que no hay mucho para rescatar.

Si hay deseo, si se quieren, si se aman, si les importa cada uno del otro, si creen que hay algo que se pueda hacer, aunque no sepan qué, los problemas se pueden resolver (mejor dicho, se puede intentar resolverlos) Pero si para alguno de los dos se terminó verdadera y definitivamente, se terminó para ambos, y no hay nada más que hacer... Por lo menos en esta vuelta de la calesita. Quizás en la próxima te saques la sortija montada en el mismo pony, pero en esta vuelta no hay más premios para repartir.

Y entonces habrá que decirle al que ama: tengo malas noticias para vos. Lo siento, se terminó.
¿Y ahora? No lo sé. Seguramente te duela. Pero te puedo garantizar que no te vas a morir. Si no te aferras no te vas a morir. Si no pretendes retener al otro, no te vas a morir. Salvo, como dije, que vos creas que te vas a morir.

Pérdidas

Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio...Todos estaban allí.
Un día el Conocimiento convocó una reunión y dijo:
-Tengo una mala noticia que darles: la isla se hunde.
Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:
-¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!
El Conocimiento repitió:
-La isla se hunde.
- ¡Pero cómo puede ser! ¡Quizá estás equivocado!
- El Conocimiento casi nunca se equivoca- dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad-. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.
- ¿Pero qué vamos a hacer ahora?- se preguntaron los demás.
Entonces, el Conocimiento contestó:
- Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla...Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.
- ¿No podrías ayudarnos?- le preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.
- No -dijo el Conocimiento-, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.
Las emociones dijeron:
-¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros?
Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.
Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero... Todas... salvo el Amor.
Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:
-Dejar la isla...después de todo los que viví aquí...¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahhh...compartimos tantas cosas...
Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra...y acarició cada rama...
Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:
Quizá la isla se hunda por un ratito...y después resurja...¿por qué no?
Pero la isla se hundía cada vez más...
Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.
Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta... Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él.
Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla...y se arrastró por la arena...y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme...
Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hasta la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada...
Y la isla se hundía cada día un poco más...
Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño...
- Después de tantas cosas que pasamos juntos...- le reprochó a la isla.
Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.
Justo en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no la dejaba, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra...
Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.
Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco entre sus ojos.
Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros le comprendiera y le llevara.
Observando el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La Riqueza de acercó un poquito a la bahía.
-Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote...
Y la Riqueza le contestó:
- Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento...- y siguió su camino sin mirar atrás.
El Amor siguió observando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.
El Amor se estiró un poco y gritó:
-¡Vanidad...Vanidad... llévame contigo!
La Vanidad miró al Amor y le dijo:
- Me encantaría llevarte, pero...¡tienes un aspecto!...¡estás tan desagradable... tan sucio y tan desaliñado!...Perdón, pero creo que afearías mi barco- y se fue.
Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.
- Tristeza, hermana- le dijo-, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo...¿Me llevarás contigo?
Y la Tristeza le contestó:
- Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy tan triste....que prefiero estar sola- y sin decir más se alejó.
Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas que tanto amaba, él y la isla iban a hundirse en el mar hasta desaparecer.
Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final...
De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:
- Chst- chst-chst...
Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos.
El Amor se sorprendió:
-¿A mi?- preguntó, llevándose una mano al pecho.
- Si, si- dijo el viejito- a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.
El Amor le miró y quiso darle explicaciones:
- Lo que pasó fue que me quedé...
- Entiendo- dijo el viejito sin dejarle terminar la frase-, sube.
El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.
No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecería para siempre.
- Nunca volverá a existir una isla como ésta- murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito le contradijera y le diera alguna esperanza.
- ¿No? dijo el viejito-, como ésta, nunca.
Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo.
Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.
Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.
Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:
-¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó...Nadie comprendía que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo no ni siquiera sé quién es...
La Sabiduría lo miró a los ojos un buen rato y dijo:
- Él es el tiempo. Y el Tiempo, Amor, es el único que puede ayudarte cuando el dolor de una pérdida te hace creer que es imposible seguir adelante.