domingo, 17 de abril de 2016

El Abismo Bostezante

 "Yo soy su ángel. Sin el amor de Sofía  no existo" (La ardilla roja, Julio Medem)


- No quería tener que escribirte. Pensé que podría quedarme en este domingo soleado y tempranero, perdida dentro de mí misma; buscando el consuelo en la música lacónica que quisiera protegerme de las calles llenas de ceniza y soledad asfixiante. Claro, ya sabrás lo que estoy escuchando. Pero el impulso que me lleva a dirigirme a ti, es el deseo envolvente de que formes parte de mi historia. Últimamente no hacen más que venirme recuerdos de vidas que no viví. Me viene a la mente un parque en otoño, y una música en escala menor de piano; una chica disfrazada de mimo. Quién sabe. Podría haber sido yo.

Pero, en ese momento, deja de escribir. Y es ahora cuando sabe que él -que cualquiera- pensaría que ésta es una mala historia. Que su estilo es siempre trágico y carente de hilo conductor. Así que, ¿para qué seguir? 
"Voy a salir a la calle", -se dice- y cuando lo hace, busca ese parque.
Con esa música en su cabeza. Pero no encuentra.
 Porque, en el fondo, sabe que todo lo que ansía hallar, no está fuera.
Pero no puede dejar de buscar. De mirar sin tocar. De tocar sin poseer. De poseer sin valorar.

Se ha acabado el paseo solitario, pero, antes de irse, se vuelve a mirar. Y ríe, porque se acuerda de Lost in translation, y se siente arropada por Charlotte, la estudiante de filosofía, acompañante eterna de un marido con la vida hecha. Humilde y trágica, piensa que no sabe hacer fotos, que escribe mal; nunca se encuentra. Y por suerte, sabe que a ella también la acompaña Bill Murray, en la distancia.

- Esa sonrisa me va a matar. A veces me siento tan estúpida. Es como si el tiempo no pasara, la ingenuidad no termina, sigo siendo capaz de emocionarme en unos ojos aún por abrirse del todo, que solo tienen fe, una fe hermosa. Y exteriorizan en sí esa belleza. Y yo me siento partícipe. Todavía. Pero soy una cobarde. Un abismo separa el pecho que se me abre de par en par cuando miro esos ojos tan familiares. Porque si se hiciese real, se estropearía. Y los contadores de historias, prefieren pensarlas, sentirlas, escribirlas. Y yo sólo quisiera tener el valor de  sobrepasar un día esa barrera, o hacerle jurarme que su vida estará a la altura de lo que promete.

Han pasado tantos días que el abismo bostezante ha dormido catorce veces; se acumulan las lecciones que aprender, pero el calor va llegando, los días son largos y soleados. Leer medio Rojo y Negro de Stendhal en un suspiro de dos días. Los dibujos se acaban y cada vez le gustan más. Y no se puede quejar.  Y aquí está, con un presente prometedor y vivo entre las manos; tanto que se le escurre. Aunque el porvenir no se vislumbre, y sea como nubes extrañas desde el horizonte.




martes, 12 de abril de 2016

Calma perdida

Y hay días que no aguanto el ajetreo, que me gustaría poder quedarme en casa,leyendo los mil libros que me están esperando, o ponerme al sol, para recuperar la calma perdida por este presente del que soy afortunada, pero no me tranquiliza, porque siempre tengo la sensación de no llegar a tiempo, de no estar a la altura, de no tener lo que merezco, y culparme por no haber hecho las mil cosas que ahora querría hacer, y, como Proust, estar cada día en busca del tiempo perdido.
Sentir que no estoy donde debería, y aún así saber que tengo suerte, pero la calma no me invade, no me consuela esto que tengo que algún día se marchitará. Y tú no me ayudas, porque tampoco te ayudas a ti, y te reprocho dejarme sola sin que te des cuenta, no poder contar contigo, sentir que me haces perder el tiempo, ese que para mí es tan valioso.
y ya no puedo esperar ni seguir lamentándome, porque fuera hace demasiado sol. Odio quejarme, odio sentirlo todo, hasta lo más nimio; pero por suerte entonces caigo, caigo y me levanto, me perdono por las cosas que no están en mi mano, me animo por las que sí lo están, e intento tener esa fe tan necesaria, en que no tiene por qué salir mal.

jueves, 7 de abril de 2016

Qué me pasa, doctor

Ojalá bastase sólo con esto que siento cuando imagino las mil historias que no me atrevo a vivir;
ojalá la belleza que envuelvo en tu silueta te llegara en forma de poema, de rayo de luz;
ojalá esta emoción que llena mi pecho tuviese la fuerza de detener el tiempo, el tuyo y el mío, y nos hiciera olvidar el lenguaje, y nos obligara a ser honestos sólo desde la mirada.
Ojalá bastase con compartir este entusiasmo, que la realidad no se impusiera,
 y el encanto, de nuevo, no tuviera que volver a dormirse en mi boca.