miércoles, 26 de diciembre de 2012

Máscaras

Y dar gracias a la vida (...que me ha dado tanto) por leer en tus expresiones, por escuchar lo que no dices, sentir lo que me ocultas, y ver tan claro lo que es tan grande.
Lo que nos perdemos entre danzas de marionetas, de vidas con disfraces, de bosques de abedules, que nos impiden ver cada árbol con toda su singularidad.
Lo que nos gusta nuestra careta, y aferrarnos a lo que no nos identifica.
Si aceptáramos que lo que ocultamos es lo más grande que tenemos.
Si en vez de elegir el miedo, la maza, el consuelo, agachar la cabeza, la frente marchita, si en vez de eso te mostraras, me mostrara, yo no tendría que quedarme sin fuerzas y tú no tendrías que echarme de menos, yo podría conocerte de verdad y tú sentirías mi mano recorrerte entre risas, llantos, la dulzura de los arrecifes, de las caricias, dedicadas a eso que escondes,  que me reprochas, y que te inhibes.

(Fuentes: Gracias a la vida de Mercedes Sosa, el árbol de la ciencia Pío Baroja, la maza de Silvio Rodríguez, utopías de infancia, y la incomunicación)

martes, 25 de diciembre de 2012

La Melancólica Muerte de Rocamadour

La arena, el asfalto, las conchas, las nubes negras. los pasos que se alejan, las voces que se apagan, las farolas que se funden. Los chicos Ostra, que se han querido morir, en la soledad de las aceras, junto a los charcos. Esos niños que no entienden nada de lo que pasa, pero piensan que tienen la culpa de todo, y se encierran en su propio abismo, de ogros que aúllan, de polvo, heridas, y escaleras de caracol. Los solitarios que no necesitan zapatos, pero tal vez sí un hueco para dormir. Y sólo esperan que el tiempo pase, que los mayores les perdonen por sufrir, por soñar, por querer permanecer en ese refugio de soledad donde no hay lucha ni competición, donde sólo hay lugar para la imaginación, los colores y los grises, las hojas cayendo de los árboles, las noches estrelladas. Donde uno puede rebelarse contra el destino de Carlo, y arroparlo debajo del mar, junto a Rocamadour..
(Fuentes: Heráclito, Charles Bukowski, Noche Estrellada de Van Gogh)

"Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa...Porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin, y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, y te quiero tanto, Rocamadour, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete..." (Rayuela, capítulo 68)


lunes, 24 de diciembre de 2012

Invierno y Primavera

Todos llegamos al mundo por alguna razón.
Aunque también puede que desde las alturas haya un Dios ebrio, carente de empatía y lleno de sentido del humor, satisfecho de que seamos marionetas con las que pasar las horas entretenido, sin tener que plantearse qué debería hacer ahora, con el mundo y con nosotros, una vez que nos ha creado, y que le seguimos mirando desde abajo, entre dudas e interrogaciones, esperando que nos diga cuál es el siguiente paso, ahora que vivimos cómodos y está todo prácticamene inventado.
Algunas personas, la mayoría, llegan sin preguntar mucho, hacen lo que creen que tienen que hacer, y se van. Sin hacer ruido, sin molestar. Otras vienen encolerizadas, rompiéndolo todo a su paso, convirtiendo la belleza en ruinas, y culpando a otros por su comportamiento.
Hay muchas maneras de cambiar el mundo.  Los hay que tienen paciencia. Los hay que no pudieron esperar, y enfermaron de tristeza. Otros, sencillamente, no saben a lo que han venido. Y de esos, algunos están preocupados por descubrirlo, y otros no. Los que no están preocupados, viven en el mundo del ajetreo, del movimiento. Los que quieren saber, son los favoritos del Dios ebrio. Esos son los que más le divierten. Y de ahí salió la que conocemos como Primavera.
Y luego, están los que viven con prisa, aunque llegaron tarde. Son viejos porque no dejan un segundo de espacio, porque a todo momento están maquinando, pero son jóvenes, porque están muy vivos, entusiasmados con la vida y todo el frente y abismo de posibilidades, aunque se apartan del resto. Y viven como lobos esteparios. El Invierno pertenece a este grupo.
La Primavera, en cambio, nació despacio, serena, tranquila, tiene tanto que vivir aún, que es como si siempe se estuviese reservando para lo nuevo que llegará, y por eso parece eternamente joven.
El Dios ebrio se frota las manos cuando dos seres como estos, se juntan. Pues ¿Cómo pueden converger, el Invierno, que mora en las cavernas, que inventó el ukelele, que hace revivir las lenguas muertas, las costumbres antiguas, los atuendos raídos, las elegantes maneras, los países de sabios? ¿Cómo puede el Invierno prendarse por la Primavera, apacible, que nace, pace y muere en el mismo estado, en el mismo sitio, con cara joven aunque de edad avanzada? y mientras el ser de las cavernas heladas ha dado cincuenta pasos, el ser de primavera florecida ha dado cinco, y a veces, ni eso. La Primavera vive enojada consigo misma, porque siempre está fuera de la caverna, y cuando vuelve, ve que lo ha descuidado todo, y se pone a llorar. Y echa de menos lo que ha dejado en el exterior. No entiende que fuera haga sol, que la vida sea preciosa, maravillosa, pero que con eso no baste. Hay que crear algo, ser Primavera no es bastante. No es suficiente la alegría, la belleza, el sol, el lobo estepario.... Y el Dios ebrio se divierte.
Y Primavera se frustra. Se rebela contra ese destino. Ella que no entiende, que no sabe lo que tiene que hacer ahora, y no le importaría morar en el frío. Mientras que el Invierno ve tan diáfano el futuro, porque el frío aclara las ideas del corazón. En cambio la Primavera siempre anda en las nubes, embriagada del pólen de las flores, siguiendo el vuelo de las avejas... y el Invierno se había enamorado de este dejarse mirar, por eso no abandonaba a la Primavera, ella que quería ser verano cuando clamaba por estar cerca de él, porque pensaba que así el frío se notaría menos.
El frío había nacido con entusiasmo, joven y viejo, queriendo hacer figuras con su hielo. Y ella, primavera, que se ponía a jugar y luego no quedaba nada, porque era intempestiva, y a veces llovía y el agua se llevaba todas sus ideas.
Cuando el invierno llegó a consolarla, la primavera se lanzó al vacío, sin pensar. Claro que sí, mi amor, iré donde tú me digas. Sus amigas, las flores, le decían que no le hiciera caso, que ellas eran expertas y sabían que el invierno es traicionero, que al principio es suave y soleado, pero luego se vuelve duro, y entonces te da escalofríos. Te acurrucas y te abrazas a tus rodillas, pero ese frío ya no se va, y te deja helado el corazón. Primavera se encerraba a llorar en su cuarto, porque Invierno la abandonaba cada dos días, y ella siempre temía que no volviera nunca. Se había acostumbrado a esa risa gélida, a ese ukelele con cuerdas de vaho. Pero el Invierno estaba tan entusiasmado con la vida, tenía tanto por hacer, y estaba tan seguro de que siempre estaría con Primavera, y que ambos tendrían Otoños y Veranos después... Pero ella estaba desconsolada, se había vuelto gris, vivía despacio y no entendía que el ritmo del sol y la tierra fuesen distintos.
Hasta que un día, ella lo entendió todo, y dejó de llorar. Era uno de esos días en los que Invierno la llamaba para decirle que la quería y que siempre estarían juntos, después de haber desaparecido unos días, cuando ella había perdido toda esperanza. Y entonces lo vio: ella estaba hecha de luz, de calor, por eso Invierno no había podido resistirse. Porque la primavera es de donde las plantas florecen y los galanes de noche encuentran su morada, donde la esencia vive y se hace perfume. El olor a frescas montañas, a ríos tranquilos donde el Invierno se baña cuando está de vacaciones.

(Fuentes: Cuadernos de viaje de Heinrich Heine, reflexiones de Cicerón, el pantano de la tristeza de Michael Ende,  Kierkegaard y el abismo que da vértigo, Herman Hesse)

martes, 11 de diciembre de 2012

Eli(s)a Cuddy



- Sentirte culpable es perverso y te hace ser mala médica... pero, está bien, para ser directora. ¿El mundo mejoraría si todos nos sintiéramos culpables? el sexo mejora... Sé que esto no fue sólo por tu tejado. Cuddy, tú ves el mundo como es, y, además, como podría ser. Lo que no ves, es lo que ven los demás. El gigantesco abismo que hay en medio. No eres feliz si algo va mal, lo que significa dos cosas: que eres una buena jefa... y que nunca serás feliz.

- ¿No será que tal vez ahora tenga demasiado futuro? no te atraía que estuviese dispuesto a morir por una causa,  te atraía, que, en efecto, se moría por la causa..
- Cierto, así de simple
 -¿Eso era simple?
-Le pongo una etiqueta y me guío por eso.
- Todo el mundo lo hace. Somos lo que creen que somos. La realidad es irrelevante.




sábado, 24 de noviembre de 2012

La llama que quería ser cerilla

Los fueguitos saltaban y bailaban, reían sin cesar, conscientes del río de la vida que iban dejando pasar. Así que, mientras tanto, al observarlos, la llamita, -el fuego pequeñito-, se dio cuenta de que no podía seguir esperando, soñando... y fue consciente de que tenía que jugar. Que de nada servía pararse y mirar, deseando otras fogatas, otras hogueras compartidas donde poder acabar convertida en cenizas de felicidad. No veía cuánto necesitaba dejar de imaginar, de pensar... y aceptar su destino, fuera el que fuera, sin esperar nada, sabiendo que éste estaba lleno de sorpresas, aunque ella aún no pudiese verlas. Pero era justo para el mundo que dejara que su llama brillara como las demás. No tenía que tenerla reservada para un futuro, próximo o lejano, para un mundo que ni siquiera sabía si existía. La llama quería aprender a jugar, de nuevo, como cuando aprenden los niños pequeños. Siempre había estado muy ansiosa por jugar, sin entender que cada uno tiene su momento, y que no podía programar el suyo. Te llama sin avisar. Por eso, mientras tanto, y por si nunca llegara, la llama decidió no dejar de saltar, de bailar, de cantar. Y el resto de fogatas, de fogones, no puedieron dejar de admirar su brillo, en todo su esplendor.


Inspiración: Fueguitos de Eduardo Galeano, la historia de Palillo y Cerilla de Tim Burton, Heráclito y su río, una noche en Shantí Vasundhara, el río de mi vida, y la elegancia de mi amiga Veronica

miércoles, 10 de octubre de 2012

Fantasmas

Otra madrugada, 3:47, y todos los miedos que me echaban de menos, esta noche han decidido venir  a hacerme compañía. Y repartirse por mi cuerpo.
Algunos han invadido mi corazón, y éste, incómodo y molesto, late cada vez más fuerte. Otros me están dejando la boca seca, hecha un trapo. Y el resto, los más antiguos y familiares, han ido directos al estómago, que me habla, siempre, como un pájaro de mal agüero.
Y mi cerebro no entiende, se resiste, porque él mantiene la imagen de cuando era pequeñito, lúcido y sano. Le pregunta a mi cuerpo cómo ha podido pasar esto, cuándo se fue por su lado,  cómo dejé de ser cuerda, y de tocar el suelo. Y eso, -se dice-, que siempre nos gustó volar. A él, y a mí.
Porque ahora mis entrañas viajan -sin boleto- a lugares que mi mente no ha elegido, a regiones que me torturan, donde sólo hay lugar para la ansiedad, el pánico, y el Corazón Delator. Donde ni siquiera nos queda el consuelo de la cercanía, de los sueños, donde antes podía sentirme cómoda, segura.
Y avanzo por laberintos de desconfianza, donde jamás había estado, y donde no quiero estar.
(Y no te quiero, y no me quiero estafar).
Cuando tus fantasmas se acercaron, no me importó recibirlos. Les preparé una taza de café, abrí mis brazos. Es cierto que al principio me asusté un poco, pues no acostumbro a familiarizarme con fantasmas ajenos, y menos, con tantas ganas. Pero esta vez era distinto. Todo era diferente. Por ser los tuyos. Despertaron en mí una curiosidad inusitada.De una manera que aún no alcanzo a entender, conseguí comunicarme con ellos, e incluso, a veces, convencerlos para que te dejasen tranquilo. Me explicaban todo el tiempo las dificultades, la lucha diaria, con fórmulas indescifrables, que yo, con una ligera caricia, desde la yema de los dedos, conseguía calmar, e incluso, a veces, disipar.
Ellos, no obstante, insistían en quedarse, y cuanto más se empeñaban, con más fuerza me sentía yo para hacerles frente, y defenderte.
Me quedé con ellos tanto tiempo, que decidí presentarles a los míos, en vez de salir corriendo. Quería acariciar cada milímetro, redimir con ese acto todos los tropiezos pasados, enfocando en esta meta todo el tiempo perdido, todo el sinsentido que nos había acompañado, todo el amor perdido en las aceras de mi pensamiento.
Y eso consiguió hacerme sentir viva, a mí y a mis fantasmas... Aunque, ellos, se llaman así por algo: Como siempre, dejé mi parte racional a un lado, prestando atención sólo a mis necesidades límbicas, y a las de tus fantasmas. Yendo directa a lo que duele. A la carne viva.
Y no sé si voy a poder lidiar con ellos. Con todos, y conmigo. No sé si lo que llevo dentro será suficiente para, si no vencerlos, al menos, conseguir que se hagan amigos.
No quiero que me destrocen. No quiero que los míos siembren la muerte y el gemido, y te destrocen a ti.
La parte viva de mi cerebro, la que aún perdura, está andando en direcciones inexploradas, pero quiere mantener el lado cuerdo, el del Cronopio pequeñito, y hacer de los fantasmas unas sábanas blancas con las que arroparnos, y comernos... el corazón delator, el estómago de mal agüero y la lengua de trapo. Para que la mente viaje, al fin, y nos deje tranquilos.

Fuentes: El corazón delator de Allan-Poe,  Galeano, Ahora yo de Mario Alonso Puig, Historia de Cronopios y Famas, de Cortázar, y el cañón llamado Rosita Wicke, que siembra la muerte y el gemido.

Fueguitos

Lo primero, fue el silencio. Luego, los disparos, los empujones, las lágrimas, y los guantazos. Por último, el desconsuelo. 
No sabía de dónde venían, ni cómo podía luchar contra ellos, o evitarlos.
Era como si perteneciese a una especie desconocida, que, por algún milagro, había logrado sobrevivir. Y como tal, las demás especies, fuertes y enraizadas, aprovechaban la coyuntura para demostrar su superioridad, intentando acabar con él. Pero, por alguna razón que sólo la mente humana podría explicar, o al menos entender, había algunas especies que no sólo lo toleraban, sino que, y sin motivo justificable, lo cuidaban. Y cuando aquél fueguito preguntaba ¿Por qué? esas especies raras le decían: "Tú no te puedes ver. Ellos sí. Por eso intentan destruirte. Ven lo peor de ellos, reflejado en tus ojos. No lo pueden soportar. Y yo te veo a ti, escondido bajo millones de capas, de llamas, y todas las máscaras."

 Luego, empezaron los abrazos. 

Fuentes: Galeano, Ibiza, el miedo, y mi lugar en el mundo.