domingo, 27 de marzo de 2016

Demasiada Confusión

El error
no es suyo, es de otros; pero ella siempre dice que la casa es cualquier sitio,
si hay amor...
A veces el miedo la persigue; no duerme.
A veces, las pesadillas son terribles, y no duerme,
se esconde
en la oscuridad.
 Allí no hay nada más
 que un rebaño
de ovejas negras.

He dejado que mi lobo se escape, acostumbrado como está a acampar a sus anchas en mi corazón, devorando cualquier sentimiento puro a su paso.
Ya no podía lidiar con la realidad y el espejo, me he rendido, y le he dejado salir. No quería herir a nadie, pero su aullido me ha dolido hasta  a mí. Siento que esté ahí, siento que exista, siento no poder expresar mis temores sin que él aparezca. Pero estoy intentando domestircarlo, y quisiera que estuvieras ahí para ver que puedo llegar a hacer que desaparezca; o, al menos, acostumbrarme a que esté ahí, no hacerle mucho caso, aprender sus costumbres, sus puntos débiles. Hermanarme con su negatividad y hacer de ella mi bandera. Expresarte así la paradoja de la vida, por qué a veces me asfixio y necesito salir, y cuando me rindo, vienes y acallas esa parte que no acepto, pero tú le tiendes la mano, y mi lobo, avergonzado, se aleja.

El despertar

Me acurruco entre las sábanas; ya estoy despierta, pero no quiero abrir los ojos, me protejo dando la espalda y mi energía gris hace que no de un vuelco en la cama, a pesar de que el sol brilla desde mi ventana. Una mezcla entre la defensa, el miedo a decidir borrarte, la resignación ante una realidad que no me convence me corroe; pero la existencia auténtica llama a mi puerta; es Sartre diciéndome que debo construir desde dentro, no esperar nada; y entonces vuelve la vorágine de la mansedumbre y la vida inauténtica, la angustia y las dudas. y tal vez es que sea sólo un culo inquieto, o tal vez no sé exigir lo que realmente quiero, no sé gritarle al mundo como un niño lo que necesito sin pensar en las consecuencias. Será por el miedo a que tu figura se borre del todo; será el miedo a perder esto que tengo. Observar la tranquilidad en los ojos ajenos y preguntarme por qué yo no la encuentro; por qué, aunque cambie el retablo, no cambia mi mirada. Y sentir por un lado que mi percepción está distorsionada, y también que debería seguirla, porque es mía, y abandonar mi presente. Atreverme tal vez a no ser, a abandonarme, a estar a solas, y dejar de buscar. Y saber que será para bien. O tal vez atreverme a aceptar lo que tengo, desde el amor infinito que sé que siento, que sé que soy, obligarme a silenciar mis dudas, y perdonarme también por permitir que se empañe del miedo del que no sé prescindir, por esta, al parecer, maldita autoexigencia que impide que me relaje. Y mientras tanto, no perderme el hilo, seguir leyendo sobre aquello que necesito; decírmelo, aunque lo que escriba no me guste, ni por lo que es ni por lo que representa. Será el precio por buscar siempre lo humano que hay detrás.