lunes, 29 de diciembre de 2014

Por mí

Ni siquiera los semáforos funcionaban en esas calles desiertas y frías. Me recordaron una noche de primavera en Águilas, donde por las noches no alumbran los faroles y la gente deja las bolsas de basura en la puerta de su casa. La mayor soledad que he visto. Lo mayor nostalgia que he visto. Y fue ese día cuando decidí que debí haberla conocido mucho antes, cuando yo todavía creía en lagos desiertos y cuentos que nunca han sido acabados.
Ojalá ahora hubiese sabido dónde se encontraba. Pero no es que quisiera parecer un psicópata, ni perseguirla por las calles mientras ella va a un café y no se da cuenta de nada, como una vez me contó que hizo mi amigo Gabriel. Y es que por entonces ya me había dado cuenta. Ya sabía que era una perla inexplorada, una gema preciosa que no conocía su perfume. Y qué mejor inspiración para un saltimbanqui como yo, que se dirigió hacia una sola dirección en su vida, y acertó. Ahora que me aburren las personas que son como yo, que sólo hablan de sí mismas, desde una identidad sólo verdadera a medias, de la que han hecho su sino. Sé que no me entiendes, lector, pero no te preocupes, yo tampoco lo hago.
Pienso todo esto mientras sigo paseando, en una de tantas noches en las que no consigo dormir, y la gente piensa que me las paso enteras escribiendo. Porque nadie sabe realmente lo que hay dentro de mí. Creo que ella es la única que lo supo, nada más verme. Como María Iribarne, en la novela El Túnel, con el cuadro de Juan Pablo Castel. Ella salió huyendo, porque había entendido, pero no quería saber más. Y él sintió una punzada dentro, como nunca antes. Exactamente igual me sentí yo, sin odiar a los ciegos, sin querer matar a mi María. No, a la mía la dejo tranquila. Por ser la única que desnudó mi alma, y ni tan siquiera lo sabe. Y tal vez por eso no huyó, aunque tampoco se quedó.
Pero no estoy siendo justo. En mis recuerdos intento justificarme, intento dar razones para mi comportamiento, librarme del peso que supone saber que la dejé ir, porque aún no había sabido salir de su cascarón. Yo que tanto he viajado, que tanto he visto, que tanto conozco, no podía hacer nada con una mujer así. Que tenía la llave más valiosa en su mano, pero no había aprendido a usarla.
Y ahora me siento como Dostoievsky en Memorias del Subsuelo, tengo ganas de pelearme contigo, lector, porque sé que me estás juzgando, sé que no me entiendes, sé que piensas que me enredo, que soy un pesado y que las cosas son más sencillas. Pues no, no lo son. No en mi mundo, ni en el reflejo que recibo.
Y por qué escribir sobre mi María. En realidad no lo sé."Porque te crees un escritor desengañado y frustrado del Siglo de Oro" tal vez, no es la primera vez que me lo dicen. "Porque te crees un bohemio fatal y eres tan ególatra que piensas que esto puede interesarle a alguien". Sí, también es posible.
Pero permitidme que os de mi opinión, y me presente: Nadie puede salir de la experiencia subjetiva. Se puede cambiar el enfoque, pero no el telescopio. Sé que no escribo importantes obras científicas, sé que nadie me recordará por ser un genio político, por erradicar el hambre en el mundo, ni por descubrir un remedio a una gran enfermedad. En el abismo que da vértigo del que hace años me hablaron Sartre y Kierkegaard, yo ya elegí un camino diferente, y tal vez menos valioso. El camino no tan seguro de la ciencia, el camino de la subjetividad y el egoísmo. Ni Henry Miller, ni Thomas Mann.
Dicen que tengo talento, que mis novelas tienen éxito y enganchan. Pero ésta es la novela que nunca pude escribir, y que siempre supe que finalmente acabaría escribiendo. Porque no vende desnudarse por dentro. Venden las novelas que hablan de orgasmos de los pezones. Y Dios, no quiero hablar de las Cincuenta Sombras de Grey ni  cómo ha calado de esa forma, sobretodo entre las mujeres, que deben saber que ninguna de ellas tiene un orgasmo a la primera embestida, ni al primer roce. Y claro, también puede que simplemente yo sea un mal escritor, y para colmo un mal amante, pero me indigna que venda tanto la mentira.
Con esto puede que ya os hayáis hecho una idea del tipo de persona que soy. Primer mundo, de buena familia, afortunado en la vida, con sueños que he ido materializando, por una mezcla de suerte y mucha voluntad y trabajo por mi parte.
Por qué escribir sobre María. Sobre cómo supo verme, sobre cómo dejé que se fuera, y sobre cómo ahora es lo único que me motiva cuando cojo una pluma...

Miro el reloj, las 2 de la mañana. Llevo dos horas paseando y dándole vueltas a María. Acabo de pasar por el bar donde la conocí por primera vez, cuando ella no sabía nada de escritores frustrados ni de ciudades de más de un millón de cadáveres. Hubiese querido verla, encontrármela igual que aquella vez, por puro azar. Pero en lugar de eso, es la madrugada de un martes y me siento como un Chico Ostra exiliado en las aceras. Sólo falta que llueva y que me convierta en un vibalbo.  
Ella no sabía nada de mí, no me había visto, y fui yo quien se acercó a hablarle. La vi tan sola en medio de tanta gente... bueno, en realidad no estaba sola, pero me pareció que sí que debía sentirse así. Al principio no hablamos de nada especial, ni siquiera recuerdo qué fue lo primero que le dije, pero entablamos conversación de una forma muy natural, como si ya nos conociéramos. El alcohol ayudó, pero creo que también el hecho de que éramos, y somos, de naturaleza afín. "Y yo que soy amigo de las mariposas y las pompas de jabón, creo que los hombres de naturaleza afín son los que mejor conocen la felicidad". Enseguida comenzamos a hablar de los intereses compartidos que nos unen, la literatura, los libros, el cine. Descubrimos que los dos escribíamos, que habíamos estudiado lo mismo, y que nos gustaban la misma clase de películas. Así que decidimos darnos nuestros teléfonos, nuestro correo electrónico, y también vernos al día siguiente. Pero nunca la llamé. Eso fue hace dos años.
Hasta que me reconoció. Esa noche ella no supo quién era yo, no era consciente, pero sí lo sabía. No sólo me había calado en mis libros, también lo había hecho en persona. Fue ella quien se puso en contacto conmigo, y las palabras salieron solas de mi boca. - He leído algunos de tus libros, no sabía que eras tú. No reconocí tu cara, pero ahora te reconozco a ti. "No te acerques, no me conozcas", -pensé-. -¿Sales con alguien?- Sí, salgo con alguien. -Podrías habérmelo dicho anoche. Sí, tienes razón, debí decírtelo.
Pero no pude. No había podido.
Cómo era posible que ella existiera. Cómo era posible que hubiese estado conmigo sin darse cuenta. Y sin darme cuenta yo.

La rosa con su olor a cuestas. No es fácil dar con alguien así, que brilla tanto, pero no lo sabe. Normalmente das con gente que brilla menos pero se creen más. Gente vulgar. Pero ella era distinta. Me acordé de Los Puentes de Madison, porque yo entendí que aquel fotógrafo del nacional Geographic perdiera la cabeza por un ama de casa perdida en medio de ninguna parte. Podía ver el mundo en sus ojos. Como yo podía ver el océano y la luna en los ojos de María.


Pero no os he contado toda la verdad. Esta noche salí a pasear porque había recibido noticias de ella. No suele escribirme nunca, hacía tiempo que no sabía nada, pero de casualidad ella se enteró de que yo había escrito otro libro, y quería felicitarme. Y yo que no paro, que viajo, que voy y vengo, que lleno salas con mis conferencias a una edad mediana, no puedo reconocer que cambiaría eso por tenerla cerca, por volver atrás y no haberla rechazado, por no haber dejado pasar el tiempo sin darle ninguna señal. Y le he dicho que escriba, y que me escriba.
Como dije antes, María me había visto. Ella sabía lo que yo era. Lo que pasa es que me había idealizado, como todos los que no se saben mirar. Ella estaba perdida en su propio laberinto, queriendo salir, y cuanto más intentaba encontrar la salida, más se perdía buscando. No era capaz de contar una historia completa, no era capaz de saber qué quería contar. Se perdía en divagaciones y al final, como ya le decían sus allegados, no escribía historias, sino retórica. Y quién mejor que ella, para dormir en el desierto…
Una vez terminó sus estudios, sus ilusiones cayeron en un sueño profundo, arropado por la desesperanza, y se sintió como si tuviese que dormir hasta que la solución llegara, la solución en rostro de hombre. Y claro, María era más lista que eso. Pero María, como digo, había caído en la desesperanza, y cuando se olvidó de quién era, se volvió débil, indefensa, insegura. Y por qué sé todo esto… porque yo también la vi a ella. Aunque ahora sólo me atrevo a decirle que me acuerdo mucho de ella, que cuando voy al bar donde la conocí, la siento cerca. Y sé que está saliendo de su laberinto. Sé que va a salir. Y cuando eso ocurra, no sé lo que va a pasar.
Así que, voy a terminar mi paseo. Son las tres, y debo escribir. Mi editorial me ha dado un año de margen para volver a escribir un libro. Pero esto es mentira, me voy a soñar que me encuentro con María, y que hace como Lucía con Lorenzo, en esa película de Julio Medem, donde ella se acerca a Lorenzo, un escritor, en un bar, se le declara, y se van a celebrar que esa misma noche se van a vivir juntos. Ya no te llego al corazón. Claro, como vivo en él… 

Capítulo 2

Lo que Juan no sabía era que María sí que vivía en el suyo, un corazón delator que no la dejaba tener una vida normal, una vida en la que nunca pensara que algo podría ir mejor, donde estuviese tranquila, serena, contenta. Pero María estaba siempre nerviosa, siempre a la defensiva, porque no aceptaba su vida tal como era, no de la manera en que pasaba sin ningún kairós u oportunidad que pintan calva. María no era feliz, Juan tenía razón, pero lo estaba intentando. Cada día aprendía a saber desenvolverse poco a poco en ese laberinto, y no le resultaba fácil. Pensaba que la vida de Juan debía ser más excitante que la suya, y que por eso ella no cabía. (Y a esto se refería Juan: María estaba equivocada al idealizarle). Pero qué importa, pensaba ella. Probablemente sólo ha tenido suerte, probablemente si lo tuviese cerca vería que es inmaduro, voluble, inestable. Que se refugia en sus libros, y además los usa para ligar. Así que ella continuó con su vida insatisfecha, sus relaciones tóxicas con personas que, de seguro, eran maravillosas, pero estaba siendo demasiado duro para ella. Sentía que ya estaba todo roto, y que nunca podría volver la ilusión. Por eso soñaba con ser como Juan, escribir y realizar los sueños que ella quería para sí. No quería volver a ser la primavera que descuida su propio jardín. No otra vez. 

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