lunes, 29 de diciembre de 2014

cosas por las que estoy agradecida

1. Mi familia. Mis padres, mis tías, mi abuela.
2. Mis amigos: juanjo, que me ayuda y me enseña. Carmen, que me quiere. Mariano que me inspira. Jose Ramón, que no tendría por qué.
3. mi capacidad, mi cuerpo, mi tesón, mis piernas
4. La belleza, el arte,
5. la naturaleza
6. los libros
7. el teatro
8. la música
9. mi belleza
10. mi alegría
Nos amenaza el sufrimiento desde tres direcciones distintas: desde nuestro propio cuerpo, que está condenado al deterioro y la descomposición, y que no puede siquiera subsistir sin la presencia del miedo y de la ansiedad como señales de advertencia; desde el mundo exterior, que puede lanzar enfurecido contra nosotros toda clase de apabullantes e implacables fuerzas de destrucción; y, finalmente, desde nuestras relaciones con otros hombres. El sufrimiento que emana de esta última fuente es, quizá, más doloroso que ningún otro. Tendemos a considerarlo como una especie de añadido gratuito, pero, sin embargo, no puede ser menos fatídicamente inevitable que el sufrimiento de cualquier otra procedencia.

Sigmund Freud
El malestar en la cultura
"Si después de mi muerte, quisieran escribir mi biografía,
No hay nada más sencillo.
Sólo dos fechas tiene -la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra cosa todos los días son míos.

Soy fácil de definir.
Vi como un maldito.
Amé las cosas sin ningún sentimentalismo.
Nunca tuve un deseo que no pudiera realizar, porque nunca me cegué.
Incluso el oír nunca fue para mí sino un acompañamiento del ver.
Comprendí que las cosas son reales y diferentes las unas de las otras;
Comprendí esto con los ojos, no con el pensamiento.
Comprenderlo con el pensamiento sería encontrar todas las cosas iguales.

Un día, me entró el sueño como a un niño pequeño.
Cerré los ojos y dormí.
Aparte de eso, fui el único poeta de la Naturaleza."

Alberto Caeiro, heterónimo de Pessoa

"Entiendo por Utopía la belleza irrenunciable, y aún la espada del destino de un ángel que nos conduce hacia aquello que sabemos imposible, como el autor de estas líneas ha sabido siempre que Filosofía, ella, y no por ser mujer, nunca la podría hacer. Y la coincidencia se revela hasta en las palabras, pues en mi adolescencia alguien me preguntaba, a veces con compasión, a veces con ironía un tanto cruel, ¿y por qué va usted a estudiar Filosofía? Porque no puedo dejar de hacerlo, y en este libro he escrito, en aquel precioso otoño de 1939, qué utópico me parecía, en el más alto grado, poderlo escribir. Y a las Utopías, cuando son de nacimiento, no se las puede discutir aunque uno se rebele contra ellas."

María Zambrano
Filosofía y Poesía

"Por lo demás, cuando hago yo mismo discursos filosóficos o cuando se los oigo a otros, aparte de creer que saco provecho, también yo disfruto enormemente. Pero cuando oigo otros, especialmente los vuestros, los de los ricos y hombres de negocios, personalmente me aburro y siento compasión por vosotros, mis amigos, porque creéis hacer algo importante cuando en realidad no estáis haciendo nada. Posiblemente vosotros, por el contrario, pensáis que soy un desgraciado, y creo que tenéis razón; pero yo no es que lo crea de vosotros, sino que sé muy bien que lo sois." (Platón, el Banquete)

Parece que la ira oye en parte a la razón, pero la escucha mal, como los servidores apresurados, que, antes de oír todo lo que se les dice, salen corriendo y, luego, cumplen mal la orden, y como los perros que ladran cuando oyen la puerta, antes de ver si es un amigo. Así, la ira oye, pero, a causa del acaloramiento y de su naturaleza precipitada, no escucha lo que se le ordena, y se lanza a la venganza. La razón, en efecto, o la imaginación le indican que se le hace un ultraje o un desprecio, y ella, como concluyendo que debe luchar contra esto, al punto se irrita. El apetito por otra parte, si la razón o los sentidos le dicen que algo es agradable, se lanza a disfrutarlo. De modo que la ira sigue, de alguna manera, a la razón, y el apetito no, y por esto es más vergonzoso; pues el que no domina la ira es, en cierto modo, vencido por la razón, mientras que el otro lo es por el deseo y no por la razón.

Aristóteles, Ética Nicomáquea, Libro VII, 6. (1149a 25)


 "Littré señala en una discreta apostilla de su diccionario y es la embriedad, una mezcla de embriaguez y ebriedad, si doy crédito a la factura del concepto, un mixto de fascinación por los abismos y las prácticas de aproximación. La palabra nueva descontaminaría la embriaguez de las ocurrencias adoptadas, desde la revolución industrial, por el lado del alcoholismo. La embriedad permitiría la experimentación de una línea divisoria, que es la mejor invitación a no caer de manera habitual más allá de los límites descubiertos. La embriaguez del alcohólico supone un hombre convertido en objeto, incapaz ya de abstenerse de bebidas inquietantes. A menudo, su dependencia debe relacionarse con una incapacidad para encontrar en él lo que permitiría la firmeza, la resistencia para con los dolores del mundo. La necesidad de consuelo imposible de saciar mediante fuerzas mentales a menudo conduce a buscar la ayuda de sustancias psicotrópicas, portadoras de alma, si se me permite una distorsión etimológica. Ese alcohol no es tanto el signo metafísico de una riqueza como el testigo de una miseria grande, de una pobreza de temperamento"

 Hay dos verdades ineludibles. La soledad y la muerte.

El saber popular dice que la muerte es lo único que no tiene remedio. Pero yo creo que la soledad es más irremediable aún, porque además de ser universal se presenta palpable. La muerte es un horizonte que, por qué negarlo, está allí para nosotros en la forma de un final que puede intentar ser olvidado, ignorado o negado, pero que nuestro fuero más íntimo conoce con certeza. Es la soledad definitiva para con uno mismo.

El saberse mortal y el saberse solo son dos sentimientos distintos. Está claro que el saber constituye un tipo particular de sentimiento. Y no son pocos los artilugios con los que, de manera heroica, intentamos evitar estas verdades. El arte, el sexo, la religión, el trabajo, la televisión, el amor. Todo es válido y nada es suficiente. Uno es uno. En esa frase está resumida la historia. Uno puede comunicarse, unirse, abrazarse, rebelarse, inmolarse, abandonarse a lo ajeno. Nada nos puede librar definitivamente de nuestro destino de ser uno. Nada salvo la muerte.

Ella es liberación de la soledad o la soledad definitiva. Si estar esencialmente solos es un problema, lo es en tanto los puentes que tendemos de alguna manera crean espacios donde las soledades se encuentran y se consuelan mutuamente. Cuando algún puente cae, la soledad vuelve a presentarse palpable y nos golpea en la cara sin tapujos.

Es la intermitencia de la soledad la que hace de ella un problema mayor que el de la muerte. De todas maneras, lo que más me importa de ambas es que plantean un desafío. Llegamos al mundo con estos dos mandatos "estás solo" y "vas a morir". Pues ¿qué hacer con tremendo destino? Pues el arte, el amor, la religión, la sociedad, gigantescas pirámides, la danza, los poemas de Pessoa. Y aprender la arquitectura de los puentes que nos permitan trasponer las fronteras, a veces tan profundas, a veces tan cercanas, que nos separan de las otras soledades mortales que nos rodean.

Yo admiro a los hombres más que a nada en el mundo. No hay nada que pueda compararse a cada uno de nosotros intentando hacer de nuestra fatalidad algo que nos trascienda.
Me emociona profundamente saberme parte de este innumerable destino común. Me emociona y me sirve como puente. Si nuestro encuentro es fugaz, es porque es la condición de todo encuentro. Y está bien que así sea, pues no hay otra cosa que la fugacidad.

Todos bailan y yo también.

Hacen así, así me gusta a mí.

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