jueves, 12 de junio de 2014

Nubes extrañas

He echado de menos esas conversaciones, esas reflexiones que mantenía conmigo misma y con quien quisiera leerme. Nunca lo he valorado mucho, pero son voces viejas, como éstas, que acompañan. Echo de menos la calidez de mi voz, la belleza de mis pensamientos, las yemas de mis dedos cuando tecleaban mis ilusiones. Echo de menos mi alegría, mi corazón en paz, mis defensas relajadas. Echo de menos mi esencia, que no suele salir del todo, pero últimamente no aparece. Y no lo digo triste, ni desde el reproche. Me gusta echarme de menos. Es señal de que en el fondo no debo caerme tan mal, no debo estar tan enfadada conmigo misma siempre. Debe ser que hay una parte de mí que no está enfadada, ni en pugna constante con el mundo y todo lo que de él no me gusta. Una parte calladita que me mira y sonríe, paciente, esperando que me canse, que me agote y me rinda. Una parte de mí que quiere abrazarme, entenderme, consolarme, una parte de mí que sabe que soy la única que puede hacerlo y que está esperando, sentada, a que vuelva, para arroparme. Una parte de mí que está dispuesta a no poner resistencia, a no empeñarse en nada, aun cuando sienta que a su alrededor los demás se empeñan. Que no teme que le hagan daño. Que no necesita tener razón, dormir con un ojo abierto, ser más lista que el resto. La misma que me perdona por seguir en el camino equivocado, tal vez el de Swamm, ese que he elegido que ahora me acompañe.
Y a veces me pregunto cómo alguien con tanto amor puede dejarlo tan de lado. Puede que tenga la misma capacidad de sentir su contrario. Y sufro como nadie se imagina. Y entro en ese bucle porque no puedo perdonarme pensar que soy yo la que peor sufrimiento se autoinflige. Pero hay que salir del bucle, más cuando sé que no soy eso. Más cuando sé que tengo el coraje. Más cuando sé que puedo hacer lo que yo quiera, que lo que decido es porque quiero, y mis motivos tendré, y no sólo es el miedo.

Hamlet no duda: busca la solución auténtica y no las puertas de la casa o los caminos ya hechos -por más atajos y encrucijadas que propongan. Quiere la tangente que triza el misterio, la quinta hoja del trébol. Entre sí y no, qué infinita rosa de los vientos. Los príncipes de Dinamarca, esos halcones que eligen morirse de hambre antes de comer carne muerta.
    Cuando los zapatos aprietan, buena señal. Algo cambia ahí, algo que nos muestra, que sordamente nos pone, nos plantea. Por eso los monstruos son tan populares y los diarios se extasían con los terneros bicéfalos. ¡Qué oportunidades, qué esbozo de un gran salto hacia lo otro!
    Ahí viene López.
    -¿Qué tal, López?
    -¿Qué tal, che?
    Y así es como creen que se saludan. 





A veces, los días se despiertan nublados, como hoy. En el último sábado de Agosto. Y no sabes si es una suerte o una desgracia, pero ya no eres la misma. El futuro sigue apareciendo como una marea, como un obstáculo que no sabes descifrar, que te ilusiona pero en el que no terminas de confiar. El presente sigue incompleto... pero ya no piensas tanto en todo eso. Ni tampoco te juzgas igual. Ya sólo quieres una mano amiga que te serene, y sobretodo, la tuya propia, que te apoye cuando otros no lo hacen. Y ya no duele tanto que los demás te decepcionen. Claro que duele. Pero entiendes que aquellos que te juzgan, llevan su propio lastre. Y que si estuvieran en paz, no tendrían la necesidad de hacerlo. Y sólo quieres quedarte con lo bueno. Con las personas que te inspiran, que llevan el camino que tú quieres seguir. Que se ríen de sí mismas, y que han leído tanto que tienes que mirar la wikipedia cada vez que hablas con ellas. Que no ponen tantas condiciones a su amor, y que cumplen con su palabra. Aunque eso suponga quedarme un poco más sola. Menos de los demás, y más de mí.
Cada vez, necesito menos cosas...

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