viernes, 13 de junio de 2014

El cielo de Lima

A veces no importa que nos despierte la angustia, que nos posemos en ella con un café en la mano y la voluntad en la otra, siempre que procuremos con ella entendernos para poder salir a flote, salir a flote de ese mar que imaginó Juan Ramón Jiménez cuando aún ni lo había visto por primera vez, y apenas sabía de su existencia. Porque hasta los más grandes poetas, que, casi se diría, designados antes de nacer por las estrellas, saben lo que es el desconsuelo, el deseo y los sueños dentro de un corazón que sienten incompleto e insatisfecho.
Y tiene que imaginarse y estar dispuesto a dejar todo atrás para irse con su desconocida Georgina, su espejismo de felicidadad, a la cual no conoce, no ha visto en su vida. El pobre Juan Ramón que no entiende, no sabe que no es ella quien le escribe realmente, que ha sido burdamente engañado, le dicen que ella ha muerto, y tiene que aceptarlo como viene. El dolor de la pérdida, y la humillación del engaño.
Y yo que leo su desesperación, me la quedo por dentro, y mi angustia se siente menos sola.
Porque siempre me quedará este mujeriego que se enamoró de un fantasma, y que luego no pudo superar la muerte de su mujer. Siempre me quedarán cosas por hacer, libros por leer, sitios por ver.
Los sueños son amigos cuando los sientes realizables, cuando  puedes compartirlos con alguien.
Pero se vuelven tristes cuando te despiertas como si te hubiesen engañado, como a él. De repente se tiñen de gris, como en unas fotos viejas y descoloridas que te da miedo mirar. Y te duele volver a esas fotos, o ver los colores en las de los demás.
Y tienes que reinventarte de nuevo, encontrarte de nuevo, rehacerte otra vez. Y ya no queda el calor de la compañía, sólo quedan las miradas vacías, el temor latente, la incertidumbre creciente. Las voces al otro lado, que te dicen que pasará, pero tú las escuchas desde lejos, como desde un mar sin faro, con un faro apagado.
Pero tienes que seguir nadando, buscando los siempres en los jamases.
Hoy lo haré por Juan Ramón. Mañana, no lo sé.



“CARTA A GEORGINA HÜBNER EN EL CIELO DE LIMA”
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner
[ha muerto”...
¡Has muerto! ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué día?
¿Cual oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rosar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?
...Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente inflamará los chuparrosas...
¡Ya está más fría y más solitaria La Punta 
 que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
“¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!”...
¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras...
¿Morena? ¿Casta? ¿Triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme “amigo”... o algo más...no sé...
algo que sentía tu corazón de veinte años!
—Me escribiste: “Mi primo me trajo ayer su libro

—¿Te acuerdas? —Y yo, pálido: “Pero... ¿usted
[tiene un primo?”.
Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama, Georgina... ¡En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca...
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!...
Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares,
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla...
¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas!... mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos... tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren...
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvado el amor, lo demás son palabras...
¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias
¿pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?
¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos... ¿Para qué? ¡Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos...
para tener la frente caída entre las manos,
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
ah, Georgina, Georgina! ¡Para que tú te mueras
una tarde, una noche... y sin que yo lo sepa!
El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina Hübner
[ha muerto”...
Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?

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