lunes, 19 de mayo de 2014

El faro de mi isla

Érase una vez una laguna donde se encontraba desterrada una criatura de la naturaleza. El tiempo era húmedo allí, siempre estaba nublado y no había nadie más. Pero, a veces, la criatura encontraba espejismos que le hablaban y ella los escuchaba atentamente. Les contaban cuentos que la transportaban, le hacían olvidar esa laguna que habitaba no sabía desde cuándo. Ellos le hablaban de soles, de lunas, de estrellas, de castillos, de arenas, de paraísos no tan artificiales.
A ella le encantaba imaginárselo todo porque pensaba que nunca los volvería a ver, ya hacía mucho tiempo que su mundo cambió de color y se había vuelto gris. Había caído en la desesperanza, no podía esperar más, y no paraba de llorar. La laguna se iba inundando poco a poco con sus lágrimas. Las voces que escuchaba siempre le llegaban como lejanas resonancias, y sentía que sus gritos eran silenciosos y nadie más podía escucharlos.
A pesar de estar tan sola, no había aprendido a construir ni a defenderse, vivía entre palmeras y hojas secas, y cuando llovía, siempre se mojaba. Estaba indefensa y desolada. Y tan enfadada con el mundo, y consigo misma, que todos los días eran iguales para ella. Tiempo atrás, sus amigos habían acabado por abandonarla porque decían que no escuchaba, que no quería, que no reía, que se había desterrado a esa laguna ella misma pero que ni siquiera lo sabía.
Un día, esta criatura encontró por fin a alguien, un niño que la miraba ilusionada.
- ¡Hola!
"Inocencia es el niño..." pensó la criatura, recordando las palabras de Nietzsche.
- Me has olvidado -me dijo-. Ya no recuerdas quién soy, desde que aprendiste a verme como un enemigo, me rechazaste.
- ¿Cómo voy a conocerte, si no eres más que un niño? -dijo ella.
Al acercarse a él, vió que sus ojos tenían un brillo especial. El niño estaba rodeado de dibujos, de historias expresadas en garabatos. Había dibujado todo con lo que ella soñaba. La luz, el  mar, el cielo azul.
- Todo eso me resulta familiar...
- Claro, lo hicimos nosotros.
Ella no entendía nada, y le preguntó de qué se conocían. El niño se levantó y le mostró miles de lugares recónditos que a ella le provocaban nostalgia. Vio tantas imágenes, algunas dolorosas, las más certeras, y otras muy hermosas, que había olvidado.
- ¿Qué vas a hacer conmigo, ahora que me has recuperado?
- No volver a abandonarte.
- ¿Y cuando llueva y tengas frío? ¿Te olvidarás de mí?
- Nunca más me olvidaré de ti. Te arroparé con mis brazos para que no vuelvas a pasar frío.
- ¿Por qué te has sentido siempre tan sola? ¿No sabías que yo estaba contigo?
- No, no lo sabía. Perdóname.
- Y los días difíciles, los días en que decidas volver a esta laguna, abandonar nuestro arco iris, ¿volverás a huir de mí?
La criatura del universo comenzó a llorar
- Nunca he sabido cuidarte, ya lo sabes. Pero sí he sabido cuidar a los demás. Así que te cuidaré tan bien como siempre he hecho con el resto, con todo el mimo, todo el amor, toda la atención y la fe que he puesto en otros. Y aprenderé que eres lo más importante. Que sólo te necesito a ti. Que eres el faro de mi isla.

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