viernes, 11 de abril de 2014

Desde la otra orilla, otra vez

Ayer aprendí, entendí o creí entender una lección muy valiosa.
Creer, sentir, es estupendo, siempre y cuando eso no vaya en nuestra contra. Siempre y cuando el hecho de que yo sienta no me haga daño. Porque no puede quedar por delante de mí ese sentimiento, no puede ganarme, yo debo seguir siendo lo más importante.
Está bien mirar a otro y admirarle, desearle, pero cuando esa conexión no es recíproca, no tengo que fustigarme, ni que forzarme, ni que enfadarme. Esa persona no tiene la culpa de no querer lo mismo que quiero yo, mi orgullo no debe manifestarse.
Lo más importante es la claridad. Claridad con uno mismo, y después, con  los demás. Me perdono por  no gustarte, me perdono por no haber sido clara contigo, me perdono por haber sido cobarde, me perdono por haber sacado mi orgullo. Y me perdono por no haber estado en la misma conexión que tú, por no haber llegado a tu corazón de la forma en que me hubiese gustado. Me perdono por no haber sido clara y haberte alejado de mi vida. Y te perdono a ti, por no haber querido verme.