viernes, 3 de mayo de 2013

¿Y si hubiese sido verdad?

Estatura media, rubia, de veinte a treinta kilos, siete añitos, quizá menos. Con una mochila cargada a la espalda, después de dar un beso de despedida para ir al colegio. A veces se encontraba cachorros abandonados en las acequias que rodeaban el colegio, y se los llevaba a casa. A veces jugaba con las mariquitas del suelo, con los bichos de bola, los saltamontes, el chinarro y los toboganes. Algunos compañeros llegaban al colegio con la boca color violeta porque se habían subido a las moreras y se las habían comido todas. Tenía un compañero gitano con el que nunca hablaba, pero se miraban de lejos, de soslayo, y tenían que reír. Sin burla, sin prejuicio, desde un respeto sagrado, limpio y desconocido en todos los demás ámbitos, entre el resto de los compañeros. Se miraban y reían de inocencia. Había una caja de cristal en las paredes del colegio, que guardaba una manguera, junto al extintor. En ella había palabras escritas sin tilde, donde ella leía: Rompase en caso de incendio. Y ella creía que tenía el acento en la a, que era como una frase sin terminar, hasta que se hizo mayor y entendió que "rompase" es una conjugación que no existe. Recuerda los recreos en el sol, observando a las madres que veían en bici para dos a dar el almuerzo a sus ajetreados hijos. Recuerda las mañanas frías en que llegaba al colegio, más temprano de lo normal, y hablaba con la conserje, que venía en moto al colegio, y mientras ésta barría las hojas caídas de los árboles, con una especie de rastrillo enorme, le preguntaba cuántos años llevaba allí, y cuántos años tenía el colegio. El único colegio que ella había visto. Un colegio público, rojo, ancho pero bajo, lleno de pintadas y olor a orines en las esquinas. Recuerda al barrendero Jesús, que les decía que era el niño Jesús y daba siempre los buenos días. A veces venía una carretilla llevada por un hombre del que ella no puede acordarse. Se montaban todos en ella, como si fuesen ganado. En una inocencia que sólo se explica en el seno de un barrio atávico, cruel pero confiado, triste pero familiar. Esa carretilla les transportaba a sus sueños. Al menos así lo recuerda ella. Comía vinagrillos y soñaba con poder volar, con que existiesen capas que permitiesen poder mirar el mundo desde arriba. El mundo debía esconder algo más. Después llegaba la noche de san juan, antes de que ella supiese lo que era la mentira, y pensaba que las brujas podían venir de verdad, que podría hermanarse con ellas, y aliarse a un espejo guardado bajo la cama. Cuando sonaba la campana su padre la estaba esperando en la puerta, ella quería salir la primera. Recuerda los gritos y los enfados de su profesora, rubia y vieja. Recuerda las figuras de plastilina, las barras de plastidecor, los dibujos. Recuerda todos los cuentos, el libro de 1º de EGB, Pancete, cuántas veces pudo leer ese libro. Cuántas veces  había soñado con vivir en medio de los Fraggle. Las vecinas le decían que era la niña más guapa del mundo. Sus compañeros le decían que los reyes magos no existían y que ella era tonta. Recuerda el día en que tras coger hojas de morera para sus gusanos, detrás del colegio, en medio de una huerta abandonada, vio a un hombre mayor, sentado en una silla, en la puerta de su ruinosa casa, solitario, desapegado, triste. Tenía una gran barba, larga y blanca. Vestía con harapos y tenía un bastón. Ella le preguntó si él era Papá Noel. Aquél hombre se limitó a mirarla, no dijo nada, y ella insistió. Lo estaba preguntando de verdad. Volver a casa y dibujar, explorar, pintar sobre el cuento sobre el mono ambulante, la Blancanieves negra. las cintas de casset de cuentos, escuchandolos sobre la vieja cama, con el edredón de los aristogatos, con las figuras de plástico de la sirenita, el reloj con una cajonera violeta, la lámpara de tela naranja. Pero luego están los días, esos que tu memoria prefiere borrar, quedarse con esto que te emociona, que hace que exista el mundo que recreas en tu interior y que hoy sacas a la luz. Los días en que tu imaginación sublima aquello que no te gusta, y te imaginas siendo pequeñita, casi invisible, y puedes colarte por las grietas de las pareces para escaparte de ir al colegio. Un sitio donde todo ese mundo se estropea, donde todo se vuelve vano, viscoso y vulgar. Lo malo de los recuerdos, es lo que olvidas, lo que te gustaría recordar, pero ya no puedes. Y no saber la razón. Y aún así, recuerdo ser feliz. Recuerdo una profesora que nos contaba cuentos para dormir, todos en el suelo, recuerdo panderetas, triángulos de música. Recuerdo una profesora que tocaba canciones con una flauta.
Algunas cosas producen verdadera nostalgia. La gente ya no te conoce, no te reconoce en esa personita que fuiste. No te han visto salir, encontrar tu propio sitio. No han visto los pasos que tuviste que dar sola, a ciegas, para poder salir.



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