domingo, 9 de diciembre de 2012

Un jardín en el Mar

Érase una vez una princesa solitaria, una princesa que vivía en un castillo oscuro, triste, empantanado. Los días de la princesa pasaban sin saber exactamente cómo, encerrada, pensativa, rodeada de un silencio absoluto. Y el tiempo se escurría entre sus dedos.
A veces, algunos reyes venían a visitarla. Pero ella nunca quería ver a nadie. La tristeza del pantano había inundado su corazón. .
Pero, un día, se coló un duende en la corte. Un duende que venía de muy lejos de allí, un duende que vivía entre los setos más lejanos y florecidos. Pero, a diferencia de la princesa, éste era un duende feliz, lleno de lontananza y de entusiasmo por vivir.
El duende no buscaba a la princesa, él vivía para hacer reír a los demás, y para ello había aprendido cinco idiomas: élfico, alemán, princesil, cortesal y portugués. Era un duende entrañable, muy divertido. Pero tenía una máscara que ocultaba su verdadero rostro. El duende, como la princesa, también tenía algo que quería ocultar. Y es que le resultaba cansado tener que estar siempre feliz para los demás, y, de vez en cuando, también tenía ganas de llorar.
La princesa vivía entre libros y canciones, pero no le quedaban fuerzas, y las lágrimas habían acabado con el brillo de sus ojos. Y así se encontraba, llorando en un rincón, cuando el duende la descubrió. Le dijo:
-Pero, princesa, ¿por qué lloras?
Y, justo en ese instante, una ardilla pasó entre los dos, de tal suerte que asustó a la princesa, que se levantó de un salto. Pero esta inquieta ardilla ni había reparado en la princesa, y se quedó allí, parada, porque se había prendado de los encantos del duende, lo cual divirtió mucho a la princesa, que volvía a reír, entusiasmada, tras años de total apatía hacia el mundo y su devenir. Los dos empezaron a hablar a causa de esta traviesa ardilla que se había cruzado entre ambos.
Hablaron hasta que se hizo de día. La princesa comenzaba a recordar cosas de cuando aún se sentía viva, alegre y feliz. Le contó al duende cuánto le gustaban las ardillas, cómo ella siempre había soñado con convertirse en una, y así poder vivir entre las ramas, y hacerse un escondrijo dentro de un árbol. O ser un pez, y vivir escondida en un barco fruto de un naufragio. También le contó que cuando era pequeña había soñado con poder volar.
Y el duende, a su vez, le contó cómo una vez estuvo enamorado de una ardilla, y que por eso no le gustaba que se le acercara ninguna, y, desde entonces, ya no creía en el amor.
Así pasaban las horas. "Baila una vez más para mí, por favor" le decía la princesa, cuando el duende anunciaba su retirada.
El duende, atrapado dentro del castillo, iba a visitar a la princesa todas las noches. Los dos cobraban vida cuando se encontraban cerca. Un día de entre los días, el duende le dijo:
- Pero,  princesa... ¿qué me está pasando?
Y es que, lo que el duende no podía imaginar, es que se estaba enamorando.
- Princesa, tú y yo tenemos que casarnos... Yo me voy a enamorar de ti. Voy a escribirte un poema... y mañana volveré, y lo leeré para ti.
Dicho esto, el duende desapareció.
La princesa, cuyos ojos aún seguían apagados, no creyó nada de lo que el duende le había dicho. Pensó que en el fondo era un duende que siempre estaba actuando, que vivía de eso, y que era la  manera en que conquistaba los corazones de la gente y se ganaba la vida.
Pero había algo que le pasaba al duende y que la princesa aún no había sido capaz de percibir.
Cuando los dos se encontraban juntos, se encendía una luz en los ojos del duende, que venía desde la Luna, y su máscara se derretía ante la voz de ella.
Como si aquella ardilla que se cruzó la primera vez que la vio, hubiese conjurado un hechizo. Y con ella se quitaba ese manto de ficción, y le decía la verdad.
La princesa, que seguía en su pantano de cieno y tristeza, pensaba que el duende ya no volvería a visitarla, que no tendría un poema que regalarle, porque le había mentido. Pasaron los días, y, efectivamente, el duende no aparecía.
Pero, un día, volvió. Repitiendo las mismas palabras de la última vez que estuvo con ella:
-Princesa, yo me tengo que enamorar de ti. Nosotros nos vamos a casar.
La princesa empezó a reír, incrédula pero divertida ante la insistencia del duende.
- Es tan triste, princesa, que no me creas... Voy a llevarte lejos de este castillo de tristeza, a las alturas de mi montaña, a los setos de mi morada. Princesa, tú y yo vamos a casarnos. Voy a construir una casa de árbol para ti. Para nosotros.
Ella no quería ni podía creer nada. Pero, un día, poco a poco, se fue imaginando la vida que él le proponía, y su corazón comenzó a tener ilusión de nuevo. Y le llamó, desde las alturas de su castillo.
-Duende, llévame contigo...
Y esto le hizo el duende más feliz de su reino. Saltó y cantó de felicidad ante la petición de la princesa, los dos lloraron de la emoción.
La princesa volvía a creer en el amor. Estaba dispuesta a volar, a enamorarse, a irse lejos, a vivir, a su lado.
Pero, entonces... como si le hubiese contagiado los miedos...
El duende desapareció. Ahora era él el que no quería, el que no confiaba, el que se encontraba dentro del pantano de la tristeza.
Ahora eran los ojos de la princesa los que echaban fuego de pasión, de ganas, de valor, de voluntad, de anhelo. Y ahora era ella la que tenía que convencer al duende de que sí, de que era lo mejor, de que habían nacido para perseguir ardillas, para construir casas en el cielo y jardines en el mar.

(Fuentes: Neverending story y Momo, de Michael Ende, Tiempo y Silencio, Gabriel Muñoz, Maldita Dulzura de Vetusta Morla, el enano y la princesa de Oscar Wilde)

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