martes, 13 de noviembre de 2012

El Pájaro Sin Caparazón

Cuando se encontraron, ella no supo qué hacer con él. De repente, se preguntó si sería capaz de almacenar tanto afecto, y tantas aventuras aún por descubrir. No se lo quería reconocer a sí misma, pero el pasado había dejado en su interior un poso de amargura, una sombra de desconfianza que la acompañaba allá donde fuera... y pensaba que no sería capaz de volver a crear una historia a su medida. Y, además, se sentía muy culpable. sólo se daba cuenta al final de cada suspiro de despecho, de rabia, que ella no se estaba dejando sentir, no se dejaba confiar. Y toda la realidad la dejaba insatisfecha, le parecía poco lo que el mundo, o su mundo, era capaz de ofrecer. Sabía que eran sus sueños, los que le impedían disfrutar de esa realidad, que también estaba compuesta de esa belleza, pero silenciosa, escondida, que debía buscar, y darle sentido, así, a cada uno de sus días.
Sabía que tal vez pedía mucho. Al final, su vida se volvía como esos sueños en los que el viento no la dejaba avanzar. Pero no sabía parar ese viento
Quisiera que aquél al que espera fuese de verdad el cuento lleno de ventajas en el que sumergirse para siempre. Con el que hacer de su vida una obra de arte. Y quisiera estar en paz con aquél, el pájaro que había dado lo que podía, más que nada, amor. Un amor apagado, cansado y triste. Quería acariciar esas heridas, y que él la perdonase, por no quedarse tan cerca. Ella, que le admiraba, que hubiese querido levantarle con sus propios brazos. Pero no podía. Ella veía su alma. Él había visto la de ella. Y los dos adoraban el alma del otro, y querían darse fuerzas, y armarse de valor, para seguir adelante. Pero no podía quedarse cerca. Le hubiese encantado que fuese su cuento, el suyo, la casualidad que estaba esperando. Y no podía. Se hacía daño intentando disfrazarlo, hacerlo más bonito. Como disfrazar a un perro de mago. Como ponerle caparazón a un pájaro. Ella estaba intentando lo que no podía ser, lo que no era su naturaleza. Y él, el hombre-pájaro, lo intentaba, quería ponerse ese caparazón para agradarla, para hacerla feliz.
Y ella de repente lo vio claro. Se echó las manos a la cara. Le miró con ternura, le acarició las alas, rotas de haber volado tanto, y tan alto. "Venimos de tierras tan distintas", pensaba ella...
Y eso que le hubiese gustado estar cerca, antes.
Los pájaros de ala rota vienen de países muy lejanos, han visto cosas que los demás jamás imaginaríamos. Pero ahora están cansados, tristes, desolados. Porque han dejado todo ese mundo atrás. Y los erizos que se cruzan, le reciben con los brazos abiertos, viven y sienten su vida como si estuviesen ante una pantalla de cine, se fascinan y ven toda esa luz proyectada en sus retinas. Y quieren estar cerca, confían en que esa melancolía desaparecerá con el tiempo. Porque un pájaro así ha de brillar. Los erizos son muy curiosos, y persistentes, y preguntan, e insisten, y sacan fuerzas de donde no las tienen cuando dan con un pájaro que viene de las alturas. El erizo siempre se queda cerca, cuidándole, haciéndole salir del nido y volver a volar. Mientras, el erizo iba escuchando todo eso que atormentaba al pobre pájaro, las pesadillas de crías caídas del nido, de pájaros que habían abandonado su camino, de tormentas que habían dejado sin resguardo a su corazón, y los nidos que con tanto amor él había construido. Con toda la creatividad de que era capaz. Y ahora, el pobre pájaro, estaba dispuesto a amar, a enmendar su vida. A darle a la vida, y a sí mismo, una oportunidad. Después de haber dejado en el pasado de confiar en las dos. Pero llegó ese pequeño erizo, lleno de cuentos y con el corazón abierto. Pero ni el pájaro podía vivir bajo tierra, ni el erizo sobre el cielo. Los dos lo intentaron. Y, siempre que podía, el erizo salía de su madriguera, para reunirse con el pájaro, que seguía inventando mil maneras de construir nidos, de todas las maneras que nadie más era capaz de pensar. Sólo a él se le ocurrían las formas más disparatadas, divertidas e inteligentes de crear formas de vida entre las aves. Algunos lo tomaban por loco. Otros le admiraban. Pero a nadie dejaba indiferente este pajarillo.

Fuentes:  Nietzsche, Lucía y el sexo y Los amantes del círculo polar de Medem, pequeño vals vienés de Federico García Lorca, Blade Runner, melancolía de Lars Von Trier, y El erizo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario