domingo, 2 de septiembre de 2012

El Extraño Tesoro


Érase un niño que tenía un tesoro. Pasara lo que pasara, jamás dejaba que nadie lo viese. Lo ocultaba con su vida, con uñas y dientes, siempre temeroso de que, al sacarlo a la luz, una ráfaga de viento se lo llevara, o se derritiera con los rayos de sol. Además, los demás niños siempre eran crueles, rompían los sueños y juegos de otros, y se los daban de comer a los perros.
Mario era un niño solitario. A veces, imaginaba cómo los naranjos brillaban en medio de una danza de luces al atardecer, con Antonio López aprovechando la ocasión para inmortalizar el momento... y una pareja de enamorados, de esos que sí que existen, aunque a Mario, sus padres separados, le contasen lo contrario.
Mario quería nadar con su tesoro, hablarle debajo del agua, arroparlo por las noches. Pero su madre le decía que eso no podía ser... así que los deseos de Mario se fueron marchitando con los años. Y con ellos, su tesoro. Intentaba alejarse de él. Pero no podía ni sabía poner el mar entre los dos, ni tampoco sabía cómo dar a conocer su tesoro, cómo presentarlo en sociedad, sin lastimarlo. "Demasiada responsabilidad para un niño pequeño" -pensaba él.
Con el tiempo, Mario acudió a psicólogos, hechiceros, visionarios, magos, pero nadie podía ayudarle. Su tesoro seguía ahí, invisible para sus ojos, sin saber para qué servía ni qué hacer con él. Siempre cargado con su lastre, mientras los demás le decían lo afortunado que era por tenerlo. Porque ellos sí podían verlo, aunque no lo viesen. No sabían decir para qué servía, pero todos daban ideas a Mario:
- "Podrías hacerte un vestido de lentejuelas con él". Pero a Mario le horrorizaba la idea. "Sería una granja estupenda" o incluso un "arrecife coralino sin igual".
A veces se convertía en su escondite perfecto. Porque en su tesoro se refugiaba y no tenía que explicar nada, sólo esconder la cabeza y no tener miedo desacar toda la ansiedad acumulada que llevaba dentro; de cómo mostrar el tesoro, dónde, cuándo, y ante quién. Y sobre todo, descrubrir qué era. Y hacerlo bien.
Allí metía su cabecita y se convertía en una pequeña avestruz, para diversión de su tesoro... -¡No te rías! -le gritaba Mario. Pero su tesoro no le hacía caso.
A veces, parecía que Mario estaba loco. Porque hablaba con él por la calle, y nadie sabía con quién. Le veían reír, jugar, gritar... Y, cuando parecía normal, era porque estaba enfadado con su tesoro, y no le hablaba.
A veces, Mario no sabía si llevárselo de paseo o si dejarlo en casa, y al final se cabreaba, se cruzaba de brazos y se quedaba en casa sin salir. El tesoro, de nuevo, se divertía muchísimo. Nunca le decía nada, porque era el niño quien tenía que descubrir cuál era la misión; el tesoro no podía desvelarle su cometido, y además, tampoco habría sabido hacerlo.
Otras veces, Mario lo dejaba solo en casa, y se iba a pasear, a meditar, y volvía lleno de ilusiones pensando que iba a descubrir el método, la fórmula del escondite perfecto, de una vez por todas.
Pero todo era en vano. Mario acababa yéndose de farra, ahogando sus penas en alcohol. Con su tesoro calladito en el bolsillo, que sólo le daba pellizcos, de vez en cuando, cuando se pasaba de ,a raya con las chicas, o cuando les mentía. Pero Mario nunca le hacía caso. Y por las mañanas se miraba al espejo, hecho un despojo, y su tesoro le miraba, sin juzgarle, calladito.
Y como decíamos al principio, los dos cayeron, con los años, en un profundo sueño de un Dios ebrio.
La vida para Mario se había convertido en algo que, simplemente, pasaba a su alrededor. Ya no recordaba las noches en las que acababa sentado a la luz de una farola, como un melancólico chico-ostra. Y es que Carlo había desaprendido a hablar consigo mismo. Y ya nmo recordaba que tenía un tesoro, escondido. Había entrado en un permanente olvido del ser, del que ni Heidegger habría sabido sacarle. Olvidó a los osos, los cuentos polares, las ballenas que aún no había visto, los misterios que ocultaba el fondo del mar. Y se olvidó de que un día había querido borrar las señales del vuelo, para que los pájaros fuesen dueños del cielo.
Tanto había añorado, deseado, ansiado todas esas cosas y su hueco en el mundo, que entró en un profundo sueño por agotamiento, en una inercia de bacanales y noches sinsentido, donde los días eran un letargo que pasaba lento.
Las tardes pasaban, y la útima anunciaba tormenta. Corría una ráfaga de aire solitario, y entonces la vio. Ella se confundía entre los pinos y los abetos. El aire se escurría entre sus dedos y las lágrimas desafiaban la gravedad, bailando con el viento, al son de las sedientas hojas de los árboles.


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