lunes, 7 de mayo de 2012

Y la Luna se Llama...


Érase una vez dos amantes que no podían estar juntos. Cuando alguna vez estaban cerca, sentían tal electricidad que salían disparados al vacío. Los dos se miraban desde lejos, con pena, porque se atraían tanto como se repelían.
Ella le había visto por primera vez en un parque, a plena luz del día.
Mientras él leía sentado en un banco, abstraído, ella paseaba a su perro y observaba los patos del lago y los niños jugando.
Cuando el perro de Luna se acercó a olerle, se puso a ladrar y llorar desconsolado, a ella le extrañó tanto que se acercó a ver lo que le pasaba a su pobre perrito, acostumbrado a ser siempre simpático con los desconocidos.
Pero algo pasó. Él la llevaba mirando ya un rato, mientras hacía como que leía la elegancia del erizo. Ella solo había visto la película y no sabía de la existencia del libro. –una pena- habría pensado él de haberlo sabido.
Mientras disimulaba leer este gran clásico, la veía andar, acercarse, observaba la suavidad de su piel brillante, su pelo liso y negro, y quedó paralizado. Se le vino aquella imagen de la ardilla roja de Julio Medem: “Yo soy su ángel. Sin el amor de Sofía no existo. Mi cabeza se ahueca Mis huesos se doblan Y deja de correr sangre por mis venas. La quiero desde mis entrañas. La necesito igual que a mi vida,  a mi cerebro, a mis ojos. Sin ella se me rompen los huesos, se me derriten los pulmones, y no puedo respirar.”
Y realmente, era así, él no podía respirar y casi se ahoga cuando ella se fue acercando para ver a su perro. Luna se fue alarmando a medida que se acercaba, de verle tan rojo y asustado, pero a partir de ahí todo fue a peor. Él se fue corriendo, (a Carlos no le gustaba perder el control), y ella le siguió, decidida a ayudarle, pero cual fue su sorpresa cuando al hacerlo, sintió una punzada en las puntas de sus dedos, de los pies y de las manos. Y sólo por un segundo, antes de salir disparada, pudo mirarle a los ojos. Y entonces vio el infinito, y el universo, y más allá. Sintió como si toda su vida pasase ante sus ojos. Como si él hubiese rozado su alma con la punta de sus dedos, sólo con mirarla.
No pudo desprenderse por días de esa sensación. Llegaba a casa, al trabajo, y ya nada era igual. Se preguntaba qué había sido aquello, si la naturaleza había tenido algo que ver, si la biología, si la química, si la física cuántica… o vete tú a saber. No podía comer ni dormir, tan intenso había sido el sentimiento, que nada parecido había vivido en su vida.
Hasta que pensó en volver a aquel parque, a encontrarle, para ver si eso se repetía y cuál era el su significado. Las primeras veces no lo encontró. Luna se sintió como Juan Pablo Castel en el Túnel, y como Martín en Sobre héroes y tumbas, siempre persiguiendo a María, o a Alejandra. Sigilosa, atenta e infeliz.
Hasta que el día llegó. Se vieron de lejos. Él también parecía ansioso cuando la vio, y ambos, de nuevo, se acercaron. Los dos se sonreían y avanzaban lentamente, pero fue inútil. Esta vez, Luna sintió mucho más profundamente la huida, que la cercanía. Y se asustó. Los dos, para sorpresa de los transeúntes solitarios, volaron por los aires, una vez más.
Ambos quedaron boquiabiertos y tristes, en el suelo, y se miraron. Él acertó a sacar un papel de su cartera, y escribió algo en él, y se lo lanzó a Luna por los aires, hasta que le llegó.
En él le proponía mandarse aviones de papel, y hablar desde ventanas contiguas, de edificios cercanos.
Encontraron el modo de escribirse cartas desde lejos.
Los lugares ahora le parecían vacíos, siniestros, faltos de sentido. Ella se convirtió en Luna, o la que no podía llorar. Toda su vulnerabilidad e ilusiones se convirtieron en algo escondido, muy pequeñito, en lo más profundo de sus entrañas. Lo único que podían acertar a percibir los demás era un poso de desengaño y de amargura en su mirada. Pocas personas, las que estaban cerca de verdad, se daban cuenta de la fuerza que albergaba su interior, que pugnaba por salir a cada desengaño que ella experimentase. Esas personas le hablaban de su fuerza. De que era capaz de hacer tronar cuando todo estaba mal a su alrededor. Y de hacer salir el sol cuando estaba ilusionada y contenta. Las pocas veces que eso pasaba, causaba la alegría y el amor a su alrededor, de repente todo el mundo que quería parecía llevar carteles donde pusiera que se regalaban abrazos.
Pero Luna no veía nada de esto, y se encogía, cada vez más, en su guarida. No quería ver el sol, no quería que nadie la tocara, que nadie pudiera sospechar de esa vulnerabilidad que la embargaba
No obstante, algunas noches, al dormir, soñaba. Normalmente no tenía sueños dormida, y menos despierta. Pero cuando alguna vez los tenía, encontraba paraísos desiertos donde sobrevolaban alimoches y quebrantahuesos. Donde el sol se escondía sólo cuando ella lo deseaba y donde el arrullo del viento estaba ahí para acariciarla. Un lugar solitario en el que se permitía sacar todo lo que llevaba dentro. Y el viento la mecía para que durmiera, y le decía, a ella y al mundo, estas palabras, en silbidos: “Sus ojos son un mar de gran profundidad, que guardan un secreto aterrador. Su cuerpo es un volcán donde algo ocurrió, y el fuego se apagó en su interior. Déjame quedarme junto a ti. Yo vigilaré mientras te duermes. Yo te ayudaré a vencerlos, déjame quedarme junto a ti, nadie vendrá a robar tus sueños. 
Ella quiere marchar. Irse a otro lugar. Y no volver jamás la vista atrás. No puede entender que ya no puede ser, no queda ningún sitio a donde huir. Una fuerza oscura dentro de tu mente, algo dentro espera para salir. No me tengas miedo. Cruza la barrera. Sabes que yo creo en ti.”
Pero cuando despertaba daba lo mismo, no podía creer que ese, su gran amor, no pudiera estar cerca de ella. Cuando tenía dieciséis años, había escrito para un trabajo de clase que lo que le hacía feliz era Amar. ¿Cómo voy a privarme de esto? Pero, a veces, se ayudaba. Y se decía cuánto amor podía albergar hacia sí misma, hacia su vida, hasta que encontrara la manera de poder estar cerca de su amante.
En esas notas que se mandaban, Luna le decía cuántas ganas tenía de abrazarle, de admirarle, de sentirle. Sus notas siempre estaba mojadas con lágrimas, porque para ella, todo a su alrededor era oscuro. Así que cuando él las leía, no entendía la mitad de las palabras, emborronadas siempre con esas gotas saladas que ella le dejaba de recuerdo. Carlos al principio tampoco sabía encajarlo, tampoco aceptaba que el universo, o lo que fuera, no les dejase estar juntos, y como buen romántico, se acordó de la historia de Abelardo y Eloísa. Los dos amantes que no podían estar juntos. Cada uno, encerrado en sus aposentos, como lobos esteparios, y escribiéndose cartas que nadie podía leer, porque de ser así, recibirían un castigo humano, y otro divino. Y Carlos le hablaba de esta historia contada en algunas películas con marionetas, y, de esa forma, secar sus lágrimas, acariciar sus entrañas, y dar cobijo a su corazón.



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