lunes, 7 de mayo de 2012

Te veré en mis Sueños

La Vida es Sueño...
Y, los sueños, sueños son.
Era una noche fría, de esas en las que lo único que apetece es quedarse en casa, arropados bajo una manta. Pero yo estaba trazando un camino, un camino forzado pero necesario, que no podía dejar de seguir. Salí de casa y me dirigí a mi zona favorita, donde el tiempo se detiene cuando es de madrugada y las calles están desoladas y vacías. Mi escondite perfecto, sentarme en un muro, frente a la Catedral. No lo había premeditado, pero siempre huyo de quedarme a solas conmigo misma, y mi interior quería enfrentarse a su propio espejo; así que decidí quedarme allí, parada, y mirar esa catedral que un día, en sueños, me había perseguido por toda la ciudad, arrasándolo  todo a su paso, para terminar delante de mí, con una risa tétrica, cayéndoseme encima. Porque desde ese día todo fue a peor. Lo veía todo oscuro, y mi única reacción posible, era la misma que tuve en ese sueño: tumbarme en el suelo a esperar que pasara; aceptar mi destino, mi derrota. Como estar dormida, debajo del mar. Con el susurro del agua y el murmullo de los peces. Con la culpa de mi subjetividad, y con la del universo entero, a mis espaldas.
Cuando quise despertar, me di cuenta de todo lo que había soñado: Soñé con héroes vencidos, con noches antiguas, con música lejana. Soñé con todos los libros que había leído, con todos mis miedos, con todo el viento que no me dejaba avanzar cuando intentaba llegar a mi destino. Soñé con los sucesos que simplemente pasaban a mi alrededor, con mi vida sin mí. Soñé con bohemios, sabios y escritores que, desde el centro de la tierra, mandaban mensajes cifrados que yo no sabía interpretar. 
Y entonces, desperté. Pero lo que me encontré al hacerlo fue algo muy raro; me veía como desde una pantalla, sólo que, esta vez, haciendo todas esas cosas que la Catedral y el fondo del mar siempre me habían impedido hacer. Desperté en esa noche oscura y fría, y me vi huyendo de las sombras, pensando en la vida y la muerte. Con una versión de mí que tenía algo que decir. 
“Los muertos no necesitan zapatos, supongo. Pero tal vez sí necesiten un hueco donde dormir” decía Bukowski. Los filósofos no buscan ser felices, solo buscan aprender, saber, conocer. “No es sueño la vida… ¡alerta, alerta, alerta!” gritaba García Lorca." ¿Por qué -me preguntaba- los antiguos hablaban de aprender a morir? ¿Qué era eso? Para ellos, todo lo que necesitamos saber, se encuentra dormido en nuestro interior, y solo hemos de atrevernos a conocernos de verdad. Un universo eterno, sin principio ni fin. Una inmutabilidad perfecta, un motor inmóvil.
Bajo estas reflexiones, seguí andando, sola; al ver el caos, el mundo de la locura y la locura del mundo, no supe cómo encajarlo, todo me parecía demasiado complicado para mi pequeño cascarón. 
Me sentía responsable de todas las injusticias que ocurrían, pensaba que debía dar respuesta a todas las dudas acerca de las grandes preguntas del hombre, de los grandes enigmas sin resolver. Quería ser una pequeña Amêlie Poulain, y ocuparme de la vida de los demás. Porque ya de niña, me encerraba en pequeños cuartos y buscaba rincones para leer, y para imaginar, y en mi cabeza pasaba toda mi vida, todas las cosas que no pasaban de verdad; todos los compañeros del colegio formaban parte de esos libros que leía, todos tenían identidad dentro de ese universo ficticio que me daba vida, lejos del mundo, y cerca de los sueños. 
Veía, dentro de un libro, a esa compañera acomplejada del colegio, que siempre era desagradable, mirándose al espejo y, de repente, descubriendo la belleza que había detrás de su acné juvenil... Y yo me veía en un cuadro de Renoir, observadora eterna de las desgracias y desdichas de los demás. “Y de ella… ¿quién se ocupará?” le preguntaba el hombre de cristal. Y mis amigos de verdad.

Y así habían pasado sus años, viviendo como Schopenhauer: mirando siempre a través de una ventana, observando caer la lluvia. Sin voluntad, o escondida y reprimida. Nietzsche me daba demasiado miedo. Pero había llegado el momento de enfrentarme al Amor Fati... y de hacer de mi vida... una Obra de Arte.

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