martes, 27 de diciembre de 2011

Historia de unos Héroes


Érase una vez, hace ya más de seiscientos días, apareció en mi camino un pequeño Cosmonauta. Al principio no le reconocí. Quizá, porque llevaba en el hombro una rata de goma. Llamadme rara, pero no acostumbraba yo a cruzarme a Cosmonautas de triste figura, y menos disfrazados de noche de Halloween.

Además, me asustó un poco, porque nada más verme me señaló con el dedo, y parecía hacer conjuras amenazantes y profecías que, curiosamente, un día se cumplirían.
En aquel entonces yo era un pobre cervatillo disfrazado de princesa, y claro, salí huyendo, como buen Bambi asustado.
Creo que el pequeño Cosmonauta no se percató en ese momento de que yo tenía más de cervatillo que de princesa, y como buen caballero andante, anduvo tras la princesa siempre que tuvo ocasión.
Yo no lo sabía, pero este Cosmonauta no era como los demás. Estaba cargado de historias del pasado, de sueños y de regalos. Pero no nos engañemos, él también era asustadizo; y cuando tenía cerca, muy cerca, como para poder sentirlo, el aliento de la princesa, sin quererlo, él se acobardaba. Y como si de una pesadilla de Galeano se tratase, no podía hablar. Se le acababan las palabras.
La princesa Bambi, al verle así, no lo entendía; y se indignaba: “¡Pero si yo soy una princesa de lo más normal, de lo más cercana! –se decía-. ¿Por qué me tendrá tanto miedo?”. Pronto el Cosmonauta descubriría que eso de indignarse era algo muy común en la princesa cervatilla; que su simpatía posterior por el 15-M, no vino por casualidad.

No obstante, la princesa era más lista de lo que todos creían; y la primera vez que tuvieron una cita, le dejó serenarse, hablándole de música de Alberto Iglesias y de los arrecifes coralinos que se movían bajo del agua al compás. -Ella no sabía en ese momento, que llegaría el  día en que contemplaría esos mismos arrecifes, y escucharía esa misma música en su cabeza, debajo del mar, junto a él-. 
Pero ella sabía desde muy dentro que aquel caballero, bien escondido bajo su armadura, tenía mucho de qué hablar, y mucho que decir, aunque lo hiciera siempre en voz baja y entrecortada.
Con esfuerzo, la princesa Bambi descubrió que aquél chico del espacio había bajado a la tierra para irse a una pequeña ciudad a buscar mundo, a dejar su ciudad natal atrás, a probar suerte; porque era muy valiente, y tenía mucho que mostrar al mundo.
Los más sabios dicen que todos venimos al mundo para dos cosas: para enseñar todo lo que sabemos, y también para aprender. A dar y recibir.
Durante mucho tiempo el pequeño cosmonauta se dedicó a aprender, y también a aportar. Empezó a ilusionarse mucho, porque toda su labor y esfuerzo se veían  compensados con miradas de orgullo y aprobación por parte de todos los que tenía a su alrededor.
El caballero de la triste figura se volvió todo luz, todo talento y,  lo que escribía, cobraba vida propia. Estaba cargado de sueños, de vida y de ilusiones. Y rebosante  de pasión. De mucha pasión.
El caballero era muy tímido. De hecho, una de sus mejores amigas tuvo que gritarle ¡Deja de hablarle a tu hombrooooo! Y eso le hizo reaccionar. Pero no nos engañemos. El caballero sería todo lo tímido que queramos; pero  también sabía cómo apañárselas para no ir a pedir una ensalada al burger king, ya sabéis a lo que me refiero.
Era un romántico sin remedio, porque si no, por que buscar una princesa?. Y no la buscaba solo para una ensalada… ni para un abrazo en un burdel… ni para una única noche.
Rascando rascando, la princesa descubrió que el pequeño Cosmonauta tenía un día mundial de la melancolía, y hasta una oficina en Varsovia; que era trágico y lunar, que era un niño en un cuerpo de hombre. Tenía una revista de cuando era muy joven, llamada Mi Derrota. Irónico título, teniendo en cuenta que para la princesa era el mayor de los héroes que se había encontrado en mucho tiempo.
Ella se prendó de toda esa ilusión que desparramaba el caballero, de todas esas ganas de vivir, de luchar, y de mostrarse al mundo. Tanto que de un beso la despertó de su sueño dogmático, para hacerle ver que ella podía dejar esa cama tan aburrida y salir del castillo, probar suerte y convertirse en la novia de Aladín, corriendo por los zocos para robar unos melones sin que les pillara la guardia. Para ella eso era vivir peligrosamente, ya que nuca había salido de su castillo, y mucho menos de su ciudad.
Estaba acostumbrada a los caballeros que se enamoraban de su belleza, y ya no tenía que esforzarse más, porque los príncipes encontraban en ella todos sus sueños hechos realidad.
Pero este pequeño asteroide la iba a perturbar, hablándole de paraísos perdidos, héroes olvidados y ciudades aún sin explorar. Ella estaba deseando subirse a la alfombra mágica, pero también le daba mucho temor. “¿Y si me caigo? -Se preguntaba-. ¿Y si él, que es un Cosmonauta, y se desenvuelve bien entre las estrellas, me abandona en medio de un cometa? ¿Cómo haría para volver a mi seguro y plácido castillo? Ella ya soñó una vez que iba saltando de planeta en planeta, hasta que llegó al Sol, y se le caía un niño al que llevaba de la mano. Luego volvía al patio del colegio, y un rayo que vino de las alturas la castigó con no volver a soñar con volar. Y empezó a mirar al suelo, a la tierra, sin rechistar. Las cosas que vienen del cielo no se pueden cuestionar, ya se lo habían enseñado desde muy chiquitita.
Ella solo se permitía soñar desde la pantalla de un cine, desde una canción, desde los libros y las historias. Hasta que llegó este amante tropical. ¡Con lo a gusto que estaba la princesa en su castillo de hielo!. Sin canciones de Kiko Veneno y sin saber que con un “Como desees, princesa” de verdad, de verdad de la buena, se podía llegar a las estrellas.
Pero para cuando lo supo, ya era demasiado tarde. El Cosmonauta se había marchado dando un portazo a su paso. Y no era de extrañar. Cualquier pájaro acostumbrado a volar se deprimiría en una jaula durante un tiempo prolongado. Él no sabía que no es que la princesa no quisiera flotar sino que, el abismo, le daba demasiado vértigo. Y para cuando ella se quiso rebelar contra su castigo, ya no quedaban sueños entrelazados, ni danzas compartidas, ni arrecifes al compás.
Así que un día la princesa convirtió en furia todo a su alrededor, la noche se llenó de truenos, relámpagos y centellas, y con los puños apretados, dijo en alto que no. Desafió, como Shakespeare, al destino, al bufón inmundo, que la había llevado a las profundidades del subsuelo, a las alcantarillas… “¡Pero si yo soy un signo de aire! ¡Necesito volar! ” Esa noche llovió a cántaros, nadie pudo dormir a causa del llanto de la princesa, encerrada en su castillo. Sus lágrimas colmaron de nuevas cosechas la tierra. Como diría Sabina, hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Y entonces ella hizo un pacto con el cielo: aquel rayo la perdonó, a cambio de que pagara un precio que no le quiso desvelar;  ella aceptó sin pensarlo, y quedó liberada. Todo con tal de vivir su vida de verdad, y despojarse de ese miedo a volar, que solo le había traído amargura, soledad y desengaño.



Al pequeño Cosmonauta tampoco le fue mucho mejor; fue dejando sus sueños repartidos por las aceras, se le caducaron los polvos mágicos que Campanilla le había regalado; y fue sumiéndose en una profunda melancolía. El planeta Melancolía es peligroso, siempre amenaza con acercarse demasiado, pero rara vez lo hace de verdad. Muchas veces nos confunde, nos hace ver que va a llegar,  nos va a coger y a arrasar con todo; pero los estudios demuestran que no es así, que nosotros somos más fuertes.
Pero al pequeño Cosmonauta esto no le consolaba. Se sentía frustrado, desconsolado, y profundamente cabreado. No podía ver la luz que había dejado a su paso el planeta, porque ahora siempre miraba al suelo. Pensaba que había dejado de brillar, aunque todos se paraban a mirarle siempre. “¿Qué hace este pequeño ser tan brillante y tan triste? No debería estar  así. A todos nos encantan sus historias, llenas de pasión.” –se decían-.
Se fue haciendo cada día más y más pequeño, para él casi invisible, pero no contaba con que tanto la princesa como sus amigos le veían tal como era en realidad.
El caballero de la triste figura se convirtió en un Atreyu en el pantano de la Tristeza, y creía de verdad que nunca conseguiría atravesarlo del todo. “¡No dejaré que te hundas!” le gritaba la princesa desde el otro lado del mundo. Él no la oía ni sabía lo cerca que estaba de traspasarlo, tan pronto como mirase al horizonte y se desprendiera de ese cieno pegajoso que le invadía. Era normal, el pantano hacía bien su trabajo, haciéndole creer que él no tenía valor, y que nunca había sido realmente un Cosmonauta de verdad.
A él se le olvidó que en ese pantano todo se ve negro y triste, pero que era el camino que irremediablemente tenía que surcar para llegar a su destino: El Espejo.
La princesa, desde su melancolía, sabía que él llegaría a ese Espejo. Le había conocido el tiempo suficiente para probar su esencia, asimilarla, hacerla formar parte de ella; y sentía muy dentro cómo él iba a salir del pantano e iba a encontrar su camino, pero sufría viéndo su desconfianza.
Ese Espejo era una prueba, y sólo tenía que mirarse en él, frente a frente. Mirarse tal y como era, y no como él se veía, cada vez más apagado, encolerizado y pequeño. Pero el pequeño Cosmonauta necesitaba tiempo. No se perdonaba ni perdonaba a la princesa por haber dejado de volar, pero no sabía que esos polvos mágicos podían resucitar, en cuanto resucitase su Fe. Sí, exactamente como Peter Pan. Todo está en Creer. En Confiar en que llegaría a Nunca Jamás, en que él podía volver a volar, y solo tenía que esperar el momento, y saber dónde aterrizar.
No son tiempos para soñadores, dicen por ahí; pero eso nunca le había frenado hasta ahora. Solo necesitaba recuperar su vieja fe, tener paciencia, y el momento llegaría. El Peter Pan adulto era un aguafiestas que siempre le decía que no iba a ser capaz, que ya era demasiado mayor, demasiado alto, demasiado bajo, que las entrevistas nunca iban a llegar. Y el Peter Pan pequeño, escondido y miedoso del mayor, se mantenía calladito en un rincón. Pero estaba pugnando por salir, por gritarle a su Yo mayor que no, que estaba equivocado, que hoy es siempre todavía, y que, además, no era tan mayor (y bien sabe el cielo que eso era verdad).
La princesa sabía que volvería a verle volar, aunque fuese desde abajo,  mirando al cielo y deseándole suerte. Mientras el niño y el hombre Pan discutían, la princesa iba aprendiendo a dar pequeños pasitos, a aguantar el equilibrio, a hacer todas esas cosas que siempre había podido hacer pero que siempre había temido. En su soledad, tuvo mucho tiempo para pensar en sí misma, para saber que ella llevaba dentro la magia, que era capaz de volar, y ahora solo había que aprender poquito a poco, e intentarlo.
Ironías de la vida, el caballero había volado y ahora no recordaba cómo, y actuaba como si nunca lo hubiese hecho; y ella estaba aprendiendo ahora… ¡y él se consideraba demasiado mayor! “si tú te vieras como te veo yo…” -pensaba la princesa.
Ella se dio cuenta de que aquel castigo se lo había impuesto ella sola, y no aquel rayo, en su sueño; y ahora tenía que pagar el precio de ese error. Así, empezó a salir de su castillo, a mirar el mundo y a mirarse a sí misma: ¿Qué quiero yo? Se preguntaba en el  Espejo. Y el Espejo le respondía: “Quieres ser feliz. Quieres creer en ti. Quieres dejar de estar bloqueada por tu falta de confianza. Quieres hacer todo lo que te gusta. Quieres brillar. Quieres ser filósofa, escritora, artista. Quieres viajar. Quieres vivir. Quieres amar. Quieres dar y recibir. Quieres ganar y que todos ganen, y no llevar razón. Quieres ver el Planeta Melancolía sin miedo, porque sabes que pelearás si se acerca demasiado.”
Todo eso se propuso la princesa, y todo eso iba a hacer. Solo a veces, de vez en cuando, se le encogía el corazón pensando en el caballero. Y pensaba y pensaba y sentía y volvía a sentir, y desde su castillo, algunas noches, le mandaba al señor Pan todo el amor, todo el apoyo y toda la confianza que el Pantano de la Tristeza le había arrebatado. Ella sabía que un muro impedía que eso le llegara al caballero, pero no tenía prisa.
Los corazones con alas nunca dejan de latir, solamente cuando abandonan sus alas. Y ella quería verle de nuevo volar, porque así lo había conocido.
Otras noches, se imaginaba a sí misma, en su propia alfombra mágica, encontrándose con él, ya devuelto a las estrellas. Y aunque nunca se puede adivinar el mañana, sí se sabe es que todas las estrellas conspiran y bailan a su alrededor cuando ellos se encuentran cerca y se superponen sus almas.

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